Ha muerto un mexicano ejemplar, el ingeniero, Cuauhtémoc Cárdenas, un hombre que se dedicó a la política de manera honrada, por puro amor a su patria, y en solidaridad con los pobres y perdedores del propio México, pero, por extensión, en una solidaridad universal con los pobres y perdedores de América Latina, y del mundo entero, sin excepción.
Abogó por una democracia coherente, fuera de toda delincuencia organizada, en busca del enriquecimiento ilícito de los cuatro que ocupan el poder, y solo dejan las migajas al resto. El resto, que es la inmensa y general parte del pueblo, a la que corresponde la soberanía en cualquier país civilizado y desarrollado, según los postulados de la Revolución Francesa: “Libertad, igualdad, fraternidad”.
Porque un pueblo que no es el dueño de su nación, solo es un pueblo subyugado y esclavizado, por los que se han adueñado ilegítimamente de algo que no les pertenece en exclusiva, sino solidariamente con todos sus compatriotas.
Estamos asistiendo a la debacle de la democracia en el Occidente desarrollado, porque la democracia ha comenzado a ser solo un título, que poco tiene que ver con aquella lucha sin cuartel, que tanta sangre derramó, durante los siglos XIX y XX, en favor de los derechos humanos y la dignidad del hombre.
La democracia en la que creía Cárdenas, era aquella en la que la política y los políticos sirven a sus ciudadanos, y nunca al contrario. La nación donde los ciudadanos son siervos de los poderosos, es un régimen de poder absoluto, donde se practica la tiranía y la opresión, porque los siervos no son un pueblo libre, la libertad solo viene donde existen servidores.
La democracia derivada de la Revolución Francesa, que luego refrendó el movimiento obrero, impulsado por las ideas de Karl Marx, solo admite, al decir de la Constitución española de 1812, a una nación donde se trabaje por la felicidad de todos, sin que la marginación de las personas de buena voluntad tenga cabida.
Precisamente, las reivindicaciones del mundo obrero, tratan de actualizar la Revolución Francesa, en principio circunscrita a la nueva clase burguesa, para incluirse entre la ciudadanía con derecho a gozar de dignidad y humanidad. No se es más humano por ostentar mayores propiedades o medios de producción, y por ser el empleador de los que trabajan en mi propiedad. La igualdad propugnada por la Revolución Francesa, es una igualdad derivada del Evangelio cristiano, y a la luz del Evangelio debe interpretarse.
Cuando el Evangelio dice que todos los seres humanos somos hijos de Dios, debemos entender a la luz de la organización política, que los ciudadanos somos todos, en igualdad de derechos, y tan merecedores de un trato digno, unos como otros, burgueses y obreros, varones y mujeres.
La dignidad de toda persona, solo es posible en libertad, en el reconocimiento de los derechos humanos incluidos en la declaración de los derechos del hombre de la Organización de Naciones Unidas.
La democracia no es solo una alternancia en el poder, sino el convencimiento político de que todos somos compatriotas, y, por tanto, debemos mantener todos un rol de servicio a la nación, comenzando por la clase política, que debieran ser los primeros servidores del país, el primer ejemplo de solidaridad hacia su pueblo, como lo concibiera el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas.
FRAN AUDIJE
Fotografía Facebook
Madrid, España, 30 de octubre del 2024
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