Por Jaime Cleofás Martínez Veloz
Fotografía Facebook
Dicen que la frontera es una línea. Eso dicen los mapas. Una raya que llega al Pacífico y se mete al mar entre Tijuana y San Diego, porque alguien decidió que hasta las olas debían saber dónde termina un país y comienza el otro.
Pero quienes vivimos aquí sabemos que no. La frontera es una manera de vivir. Es despertar en Tijuana y trabajar en San Diego. Desayunar en pesos y pagar el café en dólares. Decir «voy pal otro lado» sin explicar de cuál estamos hablando. Es San Ysidro. Otay. Tecate.
Es una familia repartida entre dos países y una abuela que, sin importar dónde vivas, sigue preguntando si ya comiste. Porque la frontera puede separar gobiernos; con las familias siempre ha tenido más problemas.
La frontera es una cicatriz que aprendió a caminar. Y, para preocupación de quienes todavía creen que los mexicanos cruzan únicamente para trabajar, esa cicatriz aprendió otra cosa: aprendió a votar.
El mapa visto de cabeza
La encuesta de AIMSA puede leerse de dos maneras. La primera cabe cómodamente en un encabezado: Xavier Becerra registra 58% de las preferencias frente a 34% de Steve Hilton. Veinticuatro puntos de diferencia.
Pero desde Tijuana aparece otra lectura. Para encontrarla hay que cometer una pequeña herejía geográfica: poner el mapa de cabeza. Mirar California no desde Sacramento o Washington, sino desde San Ysidro, Chula Vista, National City y Tijuana. Entonces aparece el dato que cuenta otra historia.
Entre los latinos, Becerra obtiene 64% frente a 27% de Hilton. Entre los votantes de origen mexicano, la distancia aumenta: 66% contra 25%. Cuarenta y un puntos.
Y entonces la pregunta deja de ser solamente quién gobernará California. La pregunta es: ¿quiénes están construyendo políticamente la California que viene? Porque aquellos que durante décadas aparecieron en el discurso público como migrantes, trabajadores, minoría o problema fronterizo encontraron una respuesta profundamente norteamericana: registrarse y votar.
¿Ni de aquí ni de allá?
Durante mucho tiempo al chicano quisieron condenarlo a una especie de limbo. Ni mexicano suficiente para unos. Ni americano suficiente para otros. Ni de aquí ni de allá. Pero la frontera respondió hace mucho: No, hombre. De aquí y de allá.
Según AIMSA, 71% de los votantes latinos encuestados nació en Estados Unidos. Al mismo tiempo, 34% prefirió contestar en español y 29% dice enviar dinero a su país de origen. Resultó que tener pasaporte estadounidense no obliga a entregar la memoria mexicana en la garita.
Se puede pensar en inglés y mentar madres en español. Celebrar Thanksgiving y esperar los tamales de diciembre. Pagar impuestos al norte y recordar a la abuela al sur. Porque ninguna migra ha conseguido instalar una caseta entre el corazón y la memoria.
Ésa es la otra frontera. La que viaja en los apellidos, las cocinas, las fotografías y las palabras heredadas. Todo eso cruza. Sin pasaporte. Sin SENTRI. Sin pedir permiso.
El muro más alto es la renta
Pero California tiene otra frontera. No tiene agentes ni garitas y, sin embargo, también divide. Se llama costo de vida.
Para 38% es el principal problema del estado; 19% menciona vivienda; 12%, economía y empleo; y 11%, migración. Mientras la política discute ideologías, identidades y fronteras, el ciudadano mantiene una negociación bastante menos filosófica: la renta, la hipoteca, la gasolina y el supermercado.
Porque cada fin de mes ocurre una pequeña tragedia ideológica: las facturas no aceptan discursos como forma de pago.
De la migración al poder
California no es México. Sus elecciones corresponden a sus ciudadanos. Conviene decirlo con absoluta claridad. No estamos hablando de votos mexicanos, sino de ciudadanos estadounidenses ejerciendo un derecho estadounidense, muchos de ellos con raíces e historias familiares mexicanas.
Podríamos llamarlo: voto estadounidense con memoria mexicana. Y eso cambia la conversación. Porque una cosa es que hablen de ti. Otra, que decidan sobre ti. Y otra muy distinta: que tú puedas decidir quién gobierna.
Cruzaron los abuelos. Después cruzaron los padres. Los hijos nacieron del otro lado. Unos conservaron el español. Otros apenas el apellido. Pero todos heredaron alguna forma de memoria.
Y con el paso de las generaciones ocurrió algo que ningún muro había previsto: la memoria se volvió ciudadanía. La ciudadanía se volvió voto. Y millones de historias distintas adquirieron un nombre electoral: el voto latino.
No es un voto uniforme. No pertenece a ningún partido. No piensa de una sola manera. Porque detrás de esa categoría existen historias mexicanas, centroamericanas, caribeñas y sudamericanas profundamente distintas. Pero el voto latino ya no puede ser tratado como una nota al pie de la política estadounidense.
Y dentro de ese inmenso mosaico, California guarda una presencia mexicana particularmente profunda. Los números de AIMSA ofrecen una fotografía: entre los latinos, Becerra supera a Hilton por 37 puntos. Entre quienes se identifican como de origen mexicano, la distancia alcanza 41 puntos.
Es más que una preferencia electoral. Es una historia de generaciones. De migración convertida en ciudadanía. De ciudadanía convertida en participación. Y de participación convertida en poder político.
La garita sigue ahí. El muro sigue ahí. La línea también. Pero la historia hizo lo que siempre ha hecho en esta frontera: cruzó. Porque un muro puede dividir territorios. Puede separar jurisdicciones. Lo que no puede hacer es deportar la memoria.
México termina en la línea. La memoria no. Y resulta que, del otro lado, la memoria también vota.
Fuente de las cifras: Encuesta AIMSA California 2026, primer levantamiento, realizado del 19 al 24 de octubre de 2026, con 2,000 entrevistas a votantes probables y sobre muestra hasta alcanzar 800 votantes latinos.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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