Por Valentina Cuevas
Revista Unidad Parlamentaria
Ciudad de México 25 Octubre de 2026
Hemos desarmado el mito de la meritocracia que culpa al individuo de su propia exclusión y hemos desnudado cómo el mercado transformó la educación —nuestra histórica promesa de movilidad— en un negocio que endeuda y clasifica. Pero diagnosticar el problema no es suficiente. Si nos quedamos solo en la queja, le entregamos la última palabra al cinismo. El verdadero desafío, el que honra la memoria de los que nos antecedieron y abre caminos para los que vienen, es arrebatarle el saber al mercado y devolvérselo a la comunidad.
Hoy, más que nunca, necesitamos comprender que el conocimiento no es una propiedad privada que se compra para escalar individualmente sobre los demás. El conocimiento es, en su raíz más profunda, un bien común. Democratizarlo no es solo permitir que más personas entren a competir en un sistema injusto, sino transformar las reglas del juego para que el saber sirva para emancipar, colaborar y transformar el territorio que habitamos.
Del aula cerrada al territorio: Los saberes que el mercado ignora
La lógica corporativa nos ha hecho creer que el único conocimiento válido es aquel que viene con un sello institucional costoso y que sirve para generar rentabilidad inmediata. Pero esa es una mirada profundamente empobrecida. Las comunidades de nuestra región siempre han sobrevivido y resistido gracias a un tejido de saberes que el mercado no puede tasar:
La memoria histórica y territorial: El saber de dónde venimos, quiénes fueron nuestros abuelos, qué batallas se dieron en nuestros barrios y qué injusticias no podemos volver a tolerar.
Los saberes comunitarios y de resistencia: La educación popular, la solidaridad vecinal, la organización de base y la capacidad de tejer redes de apoyo cuando el Estado y el mercado nos dan la espalda.
La ciencia y el saber abierto: La convicción de que los avances científicos, tecnológicos y culturales deben estar al servicio de la salud pública, el medio ambiente y el bienestar de las mayorías, no blindados por patentes y barreras económicas.
No se trata de desvalorizar la academia, sino de conectarla con el suelo que pisa. Un profesional no es más valioso por los títulos que cuelga en su pared, sino por su capacidad de poner ese saber al servicio de los que menos posibilidades tienen. Como nos enseñó la historia de lucha de nuestras familias, la verdadera inteligencia no es la que se usa para acumular privilegios, sino la que se comparte para disolverlos.

«La democratización del saber no es una entrega de caridad desde el poder; es la reconquista comunitaria del derecho a pensar, crear y decidir nuestro propio destino.»
— Valentina Cuevas
La ciencia abierta y la educación popular como trincheras
En un mundo dominado por la información rápida, el algoritmo y la precarización, la trinchera del pensamiento crítico debe ser colectiva. La democratización del conocimiento se ejerce todos los días cuando abrimos los espacios de aprendizaje, cuando el profesional vuelve al barrio a compartir lo que sabe, cuando el científico defiende que su investigación es para el pueblo y no para la gran corporación.
Es la pedagogía de la esperanza de la que nos hablaba Paulo Freire: la certeza de que nadie se salva solo, de que nos emancipamos en comunidad. Cuando compartimos el conocimiento, no solo nivelamos la cancha; construimos una fuerza colectiva que el poder no puede desarticular.
Esto es lo que el dogma del mérito individual intenta evitar a toda costa. El sistema nos quiere solos, compitiendo unos contra otros por migajas, creyendo que el éxito de uno depende del fracaso del vecino. Frente a esa fragmentación, la respuesta es el retorno al territorio, la escucha activa y la convicción de que la educación y el saber son herramientas éticas para que nadie se quede atrás.
El mandato de no olvidar y seguir construyendo
Con esta tercera entrega cerramos una trilogía que nació de la memoria íntima, pero que nos pertenece a todos. Recordar a quienes nos abrieron el camino —a esos trabajadores, abuelos, madres y dirigentes que con su esfuerzo invisible sostuvieron la vida y defendieron la dignidad— es el motor de nuestro presente.
No escribimos para la nostalgia, sino para la acción. Desmontar el espejismo del mérito es un acto de justicia con la historia y de responsabilidad con el futuro. Mientras haya comunidades organizadas, jóvenes cuestionando los privilegios, y voluntades dispuestas a compartir el saber para defender los derechos de todos, la dignidad seguirá siendo nuestra mayor victoria.

El conocimiento no es un lujo; es nuestra herramienta colectiva para transformar el mundo. La memoria y la convicción siguen vivas.
«Que el saber no sea el privilegio de unos pocos, sino la linterna de todos para iluminar el camino hacia una sociedad donde la dignidad se haga costumbre.»
— Valentina Cuevas
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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