Asistimos en España a un amordazamiento muy grave del pensamiento crítico, ya fuera periodístico, literario o filosófico.
Existe miedo a manifestar opiniones o pareceres que puedan tener por objetivo al poder en España, puesto que, el mismo, se ha instituido en una especie de cortador de cabezas, que salen todas rodando hacia el ostracismo y el ninguneo.
Tengo la impresión de que, en la nación del Siglo de Oro, y la Edad de Plata, ambos cimas del intelecto y del arte, separadas por siglos de diferencia, pero unidas por un largo liderazgo cultural de España en el mundo, curiosamente cuando más crítico se encontraba el panorama respecto a la decadencia económico social de España, impera una preponderancia política muy difícil de soslayar o de bordear, tratando de no sucumbir a la influencia ideológica, ni a la falta de coherencia con las ideologías, en teoría sagradas, dentro de un país, España, donde podrías ser toreado hasta la extenuación, de no alinearte con alguno de los partidos políticos en liza.
Dicho en palabras más breves o cercanas, que el pensamiento en España podría haber muerto, al ser puesto al pie de los políticos, y al servicio de los mismos, ahogando la independencia que le sería deseable, para que se pueda producir un renacimiento de las ideas y de la crítica, caballos de batalla de la prosperidad en cualquier lugar del mundo.
El peligro de que los pensadores y los intelectuales se queden estancados, o, directamente, amordazados, es que España, o la nación que estuviere en estas circunstancias, vaya a ahogarse en la mediocridad más lacerante e improductiva.
La intelectualidad debe ser, por fuerza, crítica. No le queda más remedio, si lo que deseamos es un mundo que avance de verdad, no solo en la mente interesada del político, con mucha verborrea, pero escasa resolución práctica.
La crítica no tiene que ser por fuerza ofensiva o destructiva, sino que debería hacerse con la mejor fe, y en un sentido constructivo. De lo que se trata no es de descabalgar a nadie de ningún sitio, a priori, sino de contribuir a ofrecer un apoyo a lo que se está construyendo, se supone que con idéntica buena intención que el que ofrece su punto de vista sobre el estado de las cosas.
Colocar mordazas o enterrar a los escritores para restarles visibilidad, es un indicio muy malo de que se pretende engañar a la gente, para que comulgue con ruedas de molino.
Para cualquier delincuente, el anonimato y la discreción son fundamentales, de modo que le sea posible llevar a cabo sus fechorías sin ser molestado, o descubierto en sus crímenes. Dentro de este caso, se entiende perfectamente que disguste el que pone el dedo en la llaga, porque el efecto real es que deja con el culo al aire al que no hace las cosas bien, o con la debida honradez.
Respetemos a los discrepantes, y, aún más allá, escuchémosles, para que todos nos convenzamos de la buena intención de quien nos gobierna, o pretende hacerlo. Es una medida de educación elemental, escuchar a quien se dirige a ti, y contestar cuando se refieren a ti con argumentos razonables y cívicos. En el lado opuesto se debe adoptar una postura idéntica.
Creo que el siglo XXI, debe notarse en cuanto al bagaje que llevamos recorrido, superadas ya otras épocas de oscurantismo y atraso, como la Prehistoria y la Edad Media.
FRAN AUDIJE
Fotografía Facebook
Madrid, España, 31 de octubre del 2024
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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