Así son mis días

Rodrigo de Andrade

Doy una vuelta por el pueblo antes de llegar a casa. El rancho luce increíblemente solo, pero solo de verdad. La Lázaro Cárdenas se ve blanca como una lechuza con las lámparas led que metió el ayuntamiento.

Hace dos días bajó la temperatura. Entró tarde el frío este año, el año malo de la peste, como algunos románticos de ocasión lo quieren.


Intento que el estéreo sintonice el dienteazul de mi teléfono chino. Lo alcanza en el 92.3. Abro spoty y pongo “Así son mis días”. Le subo, le subo un poco más. Prendo un cigarrillo. La plaza principal parece un pastel olvidado con el solitario kiosco de cantera que reconstruyó el ayuntamiento. Una pieza de ajedrez entre los jardines que esta noche ni los perros cagan. Subo hasta Ferrocarril. Rumbo al puente el viento del río Salitre hace un túnel frío entre las ventanas abiertas de la troca. Le doy la última calada al Luckystrike. Del otro lado, al poniente, la antigua vía del tren es una víbora pintada de sombras que nadie recorre. Pienso si será una noche buena para que la llorona salga a espantar a quienes seguramente tampoco duermen. Por aquí todavía hay quienes escuchamos a la llorona. Yo no sé qué sea la llorona, pero he escuchado ese grito horrible en la noche y como mi condición social no me deja creer en fantasmas, creo en ese grito y aun así la piel se eriza.


A dónde ir? Al norte, por la Zamora y luego la Chávez, para salir al desierto de la noche que domina el Cerro Prieto; o al poniente por la estatal y quizá a La Calera. Pero sería imprudente. No son tiempos de romanticismo. Elijo el norte. Subo. Subo. Dejo atrás el pueblo. Alcanzo la oscuridad. A estas horas debería haber algunas señoras llegando de las tiendas a punto de cerrar con lo que les faltó para preparar la cena. Incluso la raza que en mi pueblo todavía tiene algunos días la fortuna de tener la calle. Pero hoy no será uno de esos días. Yo crecí aquí, en estas calles donde los gritos no daban miedo, con una rutina que iniciaba en la tarde y terminaba en la noche después de pasar de la bici a las canicas a la tráis a las escondidas al burro castigado al chirrión escondido… El juego sagrado donde los reyes enanos imponíamos nuestras reglas y el cerro era un paseo, una tarde, un columpio volando por los pinos. Pero esta noche la carretera es una mancha negra que se pierde a lo lejos en la sinuosa montaña mas allá de los fanales de mi troca. Entre el miedo y el atrevimiento elijo la estupidez de girar hacia el cerro y tomar la brecha que lleva a la Deportiva. La suspensión traquetea entre los vados y los burros que ayudan a desviar los escurrimientos de agua hacia la cuneta hasta que alcanzo la losa hidráulica y acelero.


Me detengo a escuchar el rumor del agua que baja por la zanja desde los manantiales. Agua fresca y limpia donde los destellos estelares serpentean como el cosmos infinito. Entro. En la deportiva aparco la troca y prendo un cigarrillo. La mancha de luz del pueblo tilila como esos juegos de la feria que encendían por turnos para mover a un esqueleto bailable cuando le dabas un tiro al blanco indicado. Una luciérnaga que abraza y disminuye me regala serpentinas de humo que disuelven bajo las ramas de un purengue. Qué dices, agua, no te escucho, habla más recio, qué me cuentas, saltando entre las piedras? Hace frío mas rechazo la idea de ponerme un chaleco. Quiero sentir el frío, este frío, que no es el de mi Morelia de menos de un grado aquel amanecer de año nuevo platicando sobre la vida sin saber que un fantasma se dibujaba por la avenida Pedregal. ¿Ahora cual pongo?, pregunto a spoty, pero ya sé cuál sigue: Ay, Cazuza, hermoso niño eterno lleno de SIDA, la Luz negra de tu noche ilumina esta noche mía mas negra y oscura que aquella. Una mancha de luz led en la té formada al final de esta carretera con el entronque a la estatal ruge al pasar en chinga un convoy de camionetas. Van para arriba. Me estremezco. ¿Qué diablos estoy haciendo aquí? ¿Qué responderé si me preguntan?


Termino mi cigarrillo. Prendo la camioneta sin las luces. Comienzo a bajar. La altura gobierna la vista. Enciendo la luz antes de subirme a la carretera. Al pasar por la zanja de Santa Anita veo vehículos apostados. Sigo adelante y acelero un poco. El retrovisor se ilumina con sus luces al salir de la brecha y tomar la carretera detrás mío. Mantengo la velocidad, prendo la luz interior. Bajo la velocidad y entro por los Chávez. Al detenerme en un tope los veo seguirse de largo. Dudo en prender otro cigarrillo mientras acepto la sugerencia de spoty y escucho La Vaca Mariposa. ¿Qué pasaría con el becerrito de la Mariposa, lo sacrificarían para que en una mesa se sirva un ternero? Hace unos meses fui por un becerro. ¿Cómo se llama?, pregunté al ranchero cuando me acerqué y la vaca se cruzó frente al ternero. No, pus no tiene nombre –me dijo. Yo le puse el Chorreado porque así traía las patas, charpeadas de lodo verde estiércol. Cuando lo amarró y comenzó a sacarlo del corral su madre alzó la testuz y se quedó viendo nomás con sus ojos de vaca enormes y acuosos.


Al llegar justo en la encrucijada de la barranca hay un sendero hacia una parcela donde me detuve para orinar. Temblaba mi cuerpo un poco. El frío había caído como la niebla que bajaba sin detenerse de la sierra y tendía una sábana fúnebre en las cañadas. Prendí otro cigarrillo. Ali Primera comenzó a cantar Casas de Cartón en la lista aleatoria del spoty. Subí a la troca y bajé por el pueblo. Algunas casas iluminaban al interior un cuarto. Qué triste se oye la lluvia en los techos de cartón, qué triste vive mi gente en las casas de cartón. Volví a la Ferrocarril. En un día cualquiera seguiría por Los Cuartos para meterme a la estatal y en unos cuantos metros estaría en la colonia. Pero hoy no es un día cualquiera y sigo por Melchor Ocampo y la calle principal para que nomas tenga que cruzar la estatal. Al hacerlo los veo, al fin, ahí. Un convoy de vehículos artillados. Al voltear para checar que no vengan vehículos de ambos lados cuento veinte, quizá treinta camionetas. Pueden ser más. Muchas más. Vienen más. Alguien me echa la luz de una linterna en la cara justo al brincar el tope frente a la entrada de la colonia. Escucho la frecuencia de radios que emiten mensajes incomprensibles. Entro a la colonia. En la esquina antes de doblar la calle al final de mi casa la basura que dejan los vecinos para que la recoja el camión en la mañana está intacta. No hay perros en esta noche larga. Apenas son las doce.

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