Bailar y danzar es liberador

Hay momentos en la vida en donde las emociones se agarran a la persona para aprender a bailar junto a ella la trepidante danza de la vida. A la persona le sorprende de golpe y no porta ni tan siquiera la adecuada ropa de baile.

Cristina Cano Milán

Madrid a 16 de junio de 2021

La persona en lugar de balancearse y dejarse llevar al ritmo que marca la música: lento, rápido, presto o andante, se atemoriza, y queda atrapada y paralizada trabándose sus piernas de golpe. Incapaces de seguir el ritmo propio que marca la armonía de la pieza.

Y la persona queda resonando continuamente con el ritmo de la melodía en su cabeza. Le atormenta, no la consigue aprender y fácilmente no se puede desprender de la cantinela.

El baile y la danza continúan repetidamente una y otra vez, porque las emociones no cesan.

El danzar de la emoción está listo para liberarse, pero la persona como no ha aprendido el paso se resiste a dejarle marchar sin que lo practique repetidamente. Y corea una y otra vez la misma pieza.

Las emociones que no se gestionan, son como esas crueles notas musicales que persiguen a la persona a todas horas. Y cuanto más pretende olvidarlas, más resuenan en su cabeza al compás de la pieza.

La persona queda ahí, aletargada, deprimida y casi muerta; viviendo y reviviendo una y otra vez la música. Como si se tratara de su canción favorita y no pudiera despegarse de ella.

Por mucha felicidad, tristeza, enojo, ira que provoquen las emociones en el interior de la persona, el hecho de no soltarlas provoca ipso facto el bloqueo de la misma, imposibilitando la liberación y la sanación de la misma.

Hoy puedo afirmar con rotundidad gritando a los cuatro vientos que: he caminado descalza y sola sorteando los cristales rotos que a su paso dejaron otros, he paseado asustada y desprovista de trinchera en tiempos de ofensiva, he descendido sigilosa hasta descubrir de manera súbita la decrépita luz de las tinieblas y me he sentido perdida en el horizonte tras deambular sola, desorientada y asustada mientras transitaba por la vereda de la vida… ¡hasta que un día, muy decidida, sin perder el aliento, tomé con ímpetu las ajustadas riendas de mi existencia y aprendí a bailar las bellas danzas de la vida!

Ahora transito bailando las melodías de las canciones que marcan mis emociones acompasándolas en el lapso de tiempo y espacio en el que aparecen para más tarde abrazarlas y despedirme saludablemente de ellas.

La felicidad que me embarga hoy, es que he aprendido a bailar todas las piezas y disfruto con cada una de ellas, cuando llegan, para dejarlas marchar sin pena ni gloria.

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