Julio Hermilo López Bassols

Por Atilio Alberto Peralta Merino

albertoperalta1963@gmail.com

Resulta apabullante la carga histórica que se agolpa en la memoria de varias generaciones de mexicanos con el reciente deceso de Julio Hermilo López Bassols.

Para los integrantes de mi generación, el comunicado conjunto franco-mexicano suscrito por los presidentes José López Portillo y Francois Mitterrand, reconociendo como fuerza beligerante al Frente Farabundo Martí, representó un hito y todo un nuevo paradigma en la concepción de la política hemisférica.

Toda una década de desgarradora y sacrílega violencia que comienza con la ejecución del cardenal Oscar Arnulfo Romero mientras celebraba la homilía correspondiente para finalizar con la ejecución del padre Ignacio Ellocurría y sus hermanos de la “compañía de Jesús” en una casa de “ejercicios espirituales”, quedaría finalmente atrás.

En la construcción de la paz, jugó un papel por demás destacado la labor diplomática llevada a cabo por el finado Julio Hermilo López Bassols como mediador, facilitador y testigo de honor de los acuerdos suscritos en el castillo de Chapultepec entre la guerrilla y el gobierno salvadoreño.

Heredero de una dinastía dentro del servicio exterior, cuyas raíces se remontan cuando menos a los días en que su abuelo, don Narciso Bassols, fuera embajador ante la Sociedad de Naciones y posteriormente en Moscú en plena ofensiva de la “operación Barbarroja”.

En lo personal me llamaba la atención el hecho de que, en la compilación de las obras de Narciso Bassols publicadas por el Fondo de cultura Económica, no figurase la crónica del asesinato de Álvaro Obregón en el restaurante “La Bombilla”.

Auténtica joya de la crónica policial, digna de figurar junto a piezas de enorme valor literario como “La Crónica de una Muerte Anunciada” de Gabriel García Márquez, o de innumerables relatos y libretos cinematográficos escritos por José Revueltas, y por supuesto, ni que decir del sempiterno modelo de la crónica roja que es el portentoso Fiódor Dostoyevski.

El recientemente finado Julio Hermilo López Bassols me aclararía en alguna ocasión, que dicha crónica no era de la autoría de su abuelo, sino de un tío del mismo nombre, no dejando de llamar la atención que, en la misma, se consigna lo que fue la verdad oficial de la época, en el sentido de que a los restos mortales de Álvaro Obregón no se le habrían practicado la necropsia correspondiente, por lo que, la decisión del jurado que condenó a José de León Toral a la pena capital,- el proceso en cuestión se habría ventilado ante un jurado-, fue emitido sin que la parte acusadora a cargo de don Ezequiel Padilla hubiera exhibido  documento alguno de tal índole.

El conocimiento de la existencia de la autopsia que al efecto llevó a cabo el médico Julio Ortega, quedó vedada incluso para personajes que formaban parte de los más altos círculos intelectuales y políticos de México, hasta que, finalmente fuera publicada en Excélsior un cuarto de siglo después por el reportero Leopoldo Toquero Dimarías.

Acorde a una trayectoria y dinastía de tal raigambre, Julio Hermilo López Bassols estaba investido de una virtud de la que lamentablemente carezco aun cuando por ello no de dejo de admirar profundamente: una sobriedad espartana.

Investido de la parquedad correspondiente, la misma que, al parecer, jamás dejaba de lado; disertaría en fechas recientes en la Sociedad de Geografía y Estadística sobre el nacimiento de la Organización de las Naciones Unidas resultando por demás curioso, que el signante de la Carta de San Francisco por parte de México hubiese sido precisamente Ezequiel Padilla.

Disertación en la que, como ponente, señaló expresamente que se abstendría de hacer consideración alguna sobre un episodio clave de nuestra diplomacia como es a la sazón la “cumbre de Chapultepec”, ya que dicho tema habría de ser abordado por otro de los ponentes convocado ex profeso para la ocasión.

Alfred Verdross le dedica una breve pero sustanciosa referencia a ese trascendental episodio en el que fueron los países de América Latina, los que promoverían los principios y propósitos de las Naciones Unidas, contenido que, se hace necesario aclarar, no figuraba en el proyecto elaborado por las potencias aliadas en la conferencia de Dambarton Oask, y sobre la que, dicho sea de paso, Julio Hermilo López Bassols expuso con plena profundidad.

Los juristas del continente han remarcado con mayor énfasis la acción diplomática de las naciones del área que determinó que el respeto irrestricto a la soberanía, la cooperación internacional y la solución pacífica de las controversias quedasen plasmadas en la Carta de San Francisco como  principios rectores de la organización naciente; situación que sería escenificada en la filmografía de uno de los grandes comediantes de nuestra lengua: Luis Sandrini, en su cinta de producción mexicana “El Embajador”.

En los días que corren, sería menester revalorar aquella enorme epopeya diplomática que fue la conferencia de Chapultepec, coordinada como secretario ejecutivo por el maestro Eduardo Trigueros, y de entre cuyos asistentes, se encontrarían los integrantes de una gran generación de diplomáticos latinoamericanos, la generación que formó a hombres de la reciedumbre política y moral del recientemente fallecido Julio Hermilo López Bassols.

Hubiera sido extraordinario escuchar sus consideraciones sobre las implicaciones de largo alcance que las conclusiones de la “conferencia de Chapultepec” trajeron aparejadas para México, para América latina y para el mundo entero, pero, a fin de cuentas, con su trayectoria de vida, habría dado sobrado testimonio de dicho alcance y significado. Descanse en paz Julio Hermilo López Bassols.

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