Una de las ventajas de la democracia, es que posibilita el Gobierno conjunto de la nación, y que el pueblo elija periódicamente a sus representantes políticos, ya fueren de un signo o de otro, donde las distintas formas de concebir la vida, y el devenir de la nación, se encuentran aglutinadas bajo el interés común de prosperidad y concordia sociales.
Las políticas del “rodillo”, y las imposiciones sin razonamientos ni debate, no son en absoluto democráticas, sino más propias del totalitarismo, que de un Estado liberal, con políticos honrados y bienintencionados, que guardan la sana costumbre de consultar al pueblo en determinadas situaciones de relevancia, o de especial relevancia, puesto que la democracia no es o no debiera ser una tiranía, sino un ámbito de diálogo y entendimiento, donde el pueblo o la ciudadanía tenga siempre la última palabra.
Los caciques y las cacicadas, no debieran tener lugar en una democracia que se precie, puesto que, por otro lado, en democracia debiera existir la sana costumbre de respetar la Ley, atenerse a la misma, y mantener la Seguridad Jurídica.
Cuando la Ley pasa a convertirse en una simple referencia, y cada cual actúa según le dictan sus apetencias, la nación se reorganiza como una mafia, y como un antro de clanes mafiosos, donde el crimen organizado acaba por hacerse con el poder, utilizando la Ley, unas veces, y otras actuando al margen, a conveniencia. Este hecho viene a significar, como declaraba Julio Anguita, que, en realidad, no existe la Ley.
En una democracia, es posible hablar de libertad, pero, en un Estado totalitario, o asimilable, la libertad será la del gobernante cacique, o capo de mafia, para establecer su tiránica voluntad sobre todos los demás, excepto sobre los que sean capaces de alinearse con su soberbio mando, que serán los cuatro gatos alrededor del poderoso, y algunas facciones sociales muy determinadas. El resto de la sociedad vivirá al pairo de la voluntad caprichosa del tirano y de los tiranos, siendo esclavizada a la fuerza, es decir, que se les irán retirando los derechos paulatinamente, hasta quedar como verdaderos sirvientes, que nunca servidores, calificativo que nos debiera distinguir a todos siempre.
A propósito de la calidad de servidores que nos deberían distinguir a los ciudadanos, sin excepción, debe comenzar por dar ejemplo, precisamente la clase política, que tiene su sentido solo en el servicio a la sociedad, pero nunca al contrario, puesto que si la sociedad fuera la servidora de la clase política, nos volveríamos a encontrar con los caciques, y con el totalitarismo, más cercano a la época feudal que a ninguna otra, es decir, que estaríamos asistiendo a una clara regresión en el tiempo.
Constituye una seria traición a la patria, abogar por el final de una democracia, aprovechando momentos de debilidad y engaño ciudadano. Sabemos que, uno de los fuertes de la delincuencia practicada desde la tapadera de la política y de las instituciones, es la capacidad de manipulación y de utilización de una masa, en contra de otra, de manera que, la masa a favor, es empleada para apuntalarse en el poder, en detrimento de la otra masa, que es damnificada mediante su marginación y esclavización.
La igualdad ante la Ley, y la equidad y justicia sociales, son signos de una democracia, muy al contrario del totalitarismo, sin la más leve capacidad de aglutinación e inclusión, puesto que, el poderoso, transformado en tirano y esclavista, necesita apoyarse en unos, para doblegar a otros, y, de tal manera, dominar al país y a la sociedad.
FRAN AUDIJE
Madrid, España, 16 de junio del 2026
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