Suicidio (2ª entrega)

Por Román Pino. (2ª entrega)

Benito Juárez, Quintana Roo, 28 de noviembre del 2021

El suicidio representa un drama personal, familiar y social.

Abordar el tema del suicidio desde la comprensión clínica implica un enfoque biomédico al que hacemos referencia continuamente para establecer parámetros y estadísticas confiables de este fenómeno: El suicidio es una de las principales causas de muerte en todo el mundo, en especial entre adolescentes y personas adultas.

Además de ser un problema de salud mental y de salud pública mundial, es un drama vital. Según la Organización Mundial de la Salud, datos recientes arrojan cifras superiores a 800,000 personas que se suicidan cada año, siendo la segunda causa de muerte en jóvenes de entre 15 y 29 años.

En esta ocasión, considerando lo que hoy ocurre en el mundo, donde una pandemia persistente de proporciones insospechadas, combinada con la pérdida de empleo, una recesión prolongada y un volumen de deuda que creará necesariamente tensiones que se convertirán en reacciones violentas y desde un punto de vista psico-social habría que, bajo una perspectiva fatalista y bastante probable, considerar un desencadenamiento de ira y reacción violenta, en lo que podríamos llamar “la otra pandemia”, donde el miedo se transforma en ira, aunque el miedo por la propia pandemia no desaparezca.

Hemos querido abordar el fenómeno del “suicidio” desde otra perspectiva, considerando los elementos referentes a la parte contextual y fenomenológica; es decir, incorporar una mirada que inserte la idea y conducta suicidas en el contexto de los problemas mundanos de las personas.

La “Fenomenología”, parte sustancial de las corrientes del pensamiento existencialista que surge a principios del siglo XX, tuvo como tarea el superar al “Positivismo”, que había eliminado el sentido que tienen todas las cosas: El retorno al “mundo de la vida”, es el concepto que pensadores y filósofos de la talla Husserl, Ortega y Gasset, Jaspers, Heidegger y Merleau-Ponty, -entre otros-, quienes abordaron el tema del suicidio con amplias, valiosas y diversas aportaciones, destacándose por su elocuencia Jean Améry, con su obra “Levantando la mano sobre uno mismo”, con el subtítulo “Discurso sobre la Muerte Voluntaria”, donde los argumentos tienen preferencia sobre cualquier otra consideración científica, técnica o estadística. Es en esta línea de acción en que nos moveremos para tratar el tema bajo ésta singular perspectiva.

El fenómeno del “Suicidio” hace referencia tanto al acto suicida -consumado o no- como una vivencia interna. Si miramos directamente dentro de la vida de las personas que intentan o logran suicidarse, si leemos las cartas póstumas, si vemos la estructura dramática del vínculo inseparable del “Yo-Mundo”, más allá de la psicología, más allá incluso de la propia mirada interna del suicida, tendremos que considerar un listado de problemas derivados de la vida cotidiana, acotada de forma cultural, social e histórica.

El suicidio representa un drama personal, familiar y social donde los factores culturales, sociales, psicológicos, clínicos, biológicos, intervienen en mayor o menor medida, agregando ahora las consecuencias emocionales “circunstanciales”, que son muchas y muy variadas, derivadas hoy en día de esta pandemia de proporciones globales, hasta ahora ciertamente incontrolable. 

Si miramos en los distintos segmentos por edades, encontraremos que, en la vida de los niños y adolescentes, destacan los contextos problemáticos tales como situaciones de fracaso académico, conflictos familiares, abandono, ruptura de pareja, confusión sobre la orientación sexual, trauma por abuso físico o sexual y acoso escolar y cibernético. En el 70% de los casos de suicidio juvenil, aparece el fracaso escolar como detonante, y el acoso con contenidos humillantes por Internet surge como una reciente variable ya patente en una cantidad considerable de suicidios, especialmente entre las jovencitas.

Por otra parte, las historias de abuso sexual en la infancia están asociadas con una alarmante probabilidad de intento de suicidio de entre los 4 y los 29 años de edad. ¡Nótese entre los 4 años de edad!

Derivados de la vida cotidiana en personas adultas que cometen o intentan el suicidio, sobresalen los procesos de “duelo y pérdida personal”: separación, divorcio, desprecios interpersonales y muertes cercanas; pérdidas y, de manera notable, deudas financieras y conflictos legales y judiciales.

En la vida de los ancianos actúan situaciones-límite de soledad y aislamiento, viudedad, pactos suicidas con la pareja, enfermedades terminales, dolor crónico, discapacidad, pérdida de autonomía y, con mucha frecuencia, situaciones de culpa y profunda depresión, impotencia y vergüenza por ser una carga para los demás.

En todos los casos, además tendríamos que adentrarnos, para tener una visión completa y en cuestiones o visiones regionales, pues no se da este fenómeno en iguales proporciones en los distintos países cuyas culturas son disímiles, así como en las diferencias que existen entre las grandes ciudades respecto de las zonas rurales.

Vale decir que el “suicidio”, antes que ser un problema clínico es un drama existencial.

Desde el punto de vista de la “fenomenología mundana”, se podría pensar que tanto la clínica psicopatológica como la idea de -conducta suicida- pueden estar causadas por la misma situación existencial-mundana latente, siendo ambas dos caras de la misma moneda, dejando atrás la idea de que la conducta suicida es un síntoma o una consecuencia de una enfermedad mental a tratar.

De esta manera, podríamos establecer una comprensión psicopatológica a partir de una descripción de la vida biográfica, estructura “Yo-Mundo” del suicida.

Sólo un enfoque centrado en síntomas y signos, sin la experiencia inmediata de intención y significado, podría afirmar que los trastornos mentales son la base del suicidio: el diagnóstico es un factor de riesgo importante; por lo tanto, no es toda la verdad. La dimensión diagnóstica es secundaria respecto del sufrimiento “vital-mundano”. No diferenciar estos dos niveles de experiencia equivaldría a no comprender el origen del suicidio: El fenómeno del suicidio es pues el conjunto de lo patente, así como de lo latente.

La idea del suicidio en “la mente” responde a una ambivalente y continua idea entre morir, -si continúa la situación -límite-, o seguir viviendo, si pudieran ocurrir cambios en ella. La gente se quita la vida porque ya no encuentra esperanza, se torna dolorosa, humillante, vacía y carente de sentido en base a una percepción sobre los resultados de su existencia; esto sucede desde una impulsividad incontrolable o bien desde una posición reflexiva y profunda y generalmente hay una planeación previa que tiempo atrás es utilizada por la imaginación de cómo hacerlo; es decir, incluye una fantasía que va desde el método para consumarlo hasta la visión de cómo lo verían los demás ya muerto, o sea, la visión de cómo será juzgado por las personas cercanas.

Es paradójico que la mayoría de los suicidas no quieren morir, sino vivir mejor. Quieren acabar con el sufrimiento, aunque para ello la forma de lograrlo sea atentar contra sí mismos: “morir tiene más sentido que seguir viviendo”. La intensidad de sentimientos que desbordan al suicida, -tristeza, culpa, vergüenza, rabia, desesperanza, auto desprecio, baja estima, indefensión, soledad, minusvalía, etc., conlleva también una especie de castigo a las personas que lo hirieron o a las circunstancias que lo han llevado al punto límite. En todo caso, busca el remedio, la solución, la paz que no ha podido encontrar mediante el recurso de la muerte por propia mano. 

Los síntomas suicidas en el diagnóstico clínico son en términos generales, la depresión, la ansiedad y el pánico, tratados por la ciencia mediante fármacos que resultan ser placebos o paliativos a un problema de fondo que tiene sus raíces en los problemas primarios, surgidos de la experiencia primaria que enfrenta el sujeto a la hora de hacer su vida. Hay que ir pues a la raíz de los problemas vitales, recuperar el suelo de la experiencia vital, matriz del sentido de todos los asuntos que estudia la ciencia, en este caso, la psicopatología: Ir a las cosas mismas, consigna fenomenológica que plantea la reorientación de la clínica y las conductas suicidas hacia el “mundo de la vida”. La Identidad Biográfica”, donde se requiere de la tarea inevitable de afrontar los problemas radicados y derivados del existir cotidiano que sienten y padecen las personas en sus vidas y no tanto del análisis de síntomas, cuadros clínicos o explicaciones científicas, psicológicas o biomédicas.

Incorporar una mirada “contextual-existencial” daría un giro cualitativo en el modo de entender y tratar las conductas suicidas.

Es preciso centrarse en las dimensiones biográficas contextuales del suicidio. La sensibilidad hacia este enfoque ayudaría a confeccionar de mejor manera la atención y sobre todo la prevención del hecho del suicidio.

Por todo lo anterior y ubicándonos en el contexto pandémico globalizado actual, donde un virus incierto e invisible a nuestros ojos actúa persistentemente en proporciones insospechadas, combinado con la pérdida del empleo, con una recesión prolongada y un volumen de deuda económica sin precedentes en el confinamiento, creará, necesariamente, tensiones que se convertirán en reacciones violentas y desde un punto de vista psico-social habría que, bajo una perspectiva fatalista y bastante probable en muchos países, considerar un desencadenamiento de ira y reacción violenta, en lo que podríamos llamar “la Otra Pandemia”, donde el miedo se transforma en ira, aunque el miedo por la propia pandemia no desaparezca.

El caso Floyd y las movilizaciones de “Black Lives Matter” que cobraron una magnificada importancia cargada de indignación, así como la resistencia creciente en contra de Trump en los Estados Unidos y recientemente también “la noche de Stuttgard” en Alemania donde la violencia escaló en proporciones sin precedentes, así como los enfrentamientos de Dijon en Francia y el incontrolable nivel criminal en el México que nos ocupa, dan igualmente muestra de este singular fenómeno de violencia generalizada: “Cuando el miedo se expande persistentemente, se genera, irremediablemente, la ira y la furia”. El miedo se transformará en exaltada valentía, el hambre y el desempleo induciría al saqueo, que se consideraría legítimo ante la ausencia de la defensa contra el “virus”, y sus penurias consecuentes por parte de los distintos Estados a nivel mundial. Estas previsiones donde la gente se sentiría con derecho a robar, secuestrar, extorsionar, cometer fraudes y ejercer la delincuencia como parte de la “normalidad”, se incrementarían. Sería evidente que las carencias básicas desatarían rebeliones y delitos al abrigo de la impunidad, siendo gravísima la inacción gubernamental al no responder enérgicamente, pero más allá, una respuesta fobocrática, instalando el “gobierno del miedo” sería aún más fatal, pues se agravaría la violencia, la zozobra y el malestar social, sin duda, alcanzaría niveles insospechados. Sin embargo, con una visión más positiva, podríamos también confiar en que tales presagios catastróficos no se cumplirán y que los distintos gobiernos y las sociedades proseguirán con los esfuerzos para contener la violencia destructiva y mercenaria.

Lamentablemente en muchos países, en especial de América Latina, como es el caso de México, las autoridades tienden a ignorar la realidad de la violencia social y en especial la familiar; el desgaste físico, emocional y económico frente a la incapacidad de sostener la economía en el hogar, principalmente entre los varones, donde el “machismo” se exacerba y se manifiesta como nunca, sin duda aumenta el número probable de agresiones hacia las mujeres (feminicidio) y niños (maltrato infantil), y en los más de los casos esto se acompaña del abuso en el consumo de substancias como el alcohol y otros estupefacientes, lo que conlleva igualmente a la auto destructividad, causa inequívoca también de trastornos físicos y neurológicos que podríamos calificar como daño cerebral; en el caso que nos ocupa y en última instancia, causa de una circunstancia pandémica, la propensión al asesinato y también al suicidio están más que patentes.

Cabe entonces preguntarse ¿cómo gestiona la sociedad moderna la experiencia del “Sufrimiento Vital”, antes y después de convertirse en un trastorno fatal?

Es muy probable que la próxima década el estrés postraumático derivado de la pandemia y sus graves consecuencias físicas, psicológicas, sociales y económicas generen decenas de miles de casos de muerte por desesperación; es decir, por Suicidio.

El trastorno sería entonces el conjunto de situaciones que ahogan contextualmente al sujeto en su lucha por hacer su vida y salir adelante. Y el tratamiento consistiría en ayudar a la persona a enfrentar o aceptar los problemas que inundan o sobrepasan su existencia, de modo que éste pueda vislumbrar un cúmulo de salidas diferentes y mucho más positivas a la opción del suicidio.

La pandemia que aqueja actualmente al mundo, el coronavirus, resulta ser ahora, bajo esta óptica existencial-fenomenológica, un factor excepcional que habrá que considerar con múltiples variables, herramientas y soluciones realmente diferentes para enfrentar las consecuencias destructivas y autodestructivas de una nueva realidad: Enfrentamos “Una nueva Era”.

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