Una Intrincada Historia (Cuarta Parte)


Por: Atilio Alberto Peralta Merino

Ciudad de Puebla, Puebla, 9 de febrero del 2022

Los Decretos del 1° y 6 de septiembre de 1982 por medio del cual se expropiaban acciones, instituciones y activos de la banca privada, dejó fuera de la medida a las organizaciones auxiliares de crédito que se regulaban en la misma ley que aquella y que databa del año de 1941. A partir de ello, uniones de crédito, almacenes generales de depósito, compañías de factoraje y casas de cambio se conjuntarían en grupos financieros junto a operadores bursátiles y compañías de seguros y fianzas configurando un fenómeno que fuera conocido en la época con el sugestivo nombre de “banca paralela”.

Las uniones de crédito proliferaron hasta constituir una enorme burbuja cuyo primer escollo sería el quebrando de la “Unión de Crédito Havre”, íntimamente ligada a la reestructuración del servicio de trasporte de pasajeros durante la gestión del finado Manuel Camacho Solís al frente del entonces Departamento del Distrito Federal. El caso más estruendoso en la etapa de bajamar en tal burbuja, habría sido acaso el de la “Unión de Crédito al Comercio de Puebla”, tras el fracaso en el intento de transformarse en una auténtica institución de crédito, arrastrando en su quebranto a numerosos ahorradores pequeños, medianos e incluso alguno que otro grande.

Los lejanos años 70 en los que el maestro Ignacio Soto Sobreyra era conocido con el mote de “el apóstol de la uniones”, cuando solía expresar que estas podían ser contadas con los dedos de una mano, quedaba atrás irremisiblemente; lo anterior, pese a que empezaban a competir con “las cajas de ahorro”, agentes financieros de nueva acuñación en la época. Entre las tasas negativas de la banca japonesa tras el terremoto de Kobe, el desplome del índice “Nikei” y la célebre quiebra del ING Barring, compañía que terminaría siendo adquirida por una libra, habría de empalmarse con los recursos procedentes de actividades ilícitas.

La denominada banca paralela serviría en la ocasión de canal a un generando exceso de liquidez que concluiría con episodios tal lamentables como el de la “Caja de Ahorro Morelia-Valladolid” e, incluso, ya en el siglo que corre, en el que al efecto tuvieran en suerte representar los hermanos Tiro Moranchel en la inmobiliaria SITMA. Las memorables reflexiones de Nassim Taleb en su libro “El Cisne Negro” diseccionan a cabalidad las implicaciones del desplome de los índices bursátiles acaecido en todas las plazas financieras del orbe el martes 19 de octubre de 1987. El 14 de febrero de 1989, Eduardo Legorreta fue detenido acusado de haber realizado operaciones en contravención a lo dispuesto en la Ley del Mercado de Valores, y de haber defraudado al público con motivo del Crack acaecido dos años antes.

Las instituciones bancarias compradas a sobreprecio en el proceso de privatización, por parte mayoritariamente de las “casabolseros” u “operadores de la banca paralela”, sirvieron no obstante, como fuente de jugosos negocios al establecerse de manera sistémica el auto otorgamiento de créditos en perjuicio de los cuentahabientes como se dió en el caso de Lankenau, y ya no se diga en el emblemático de Banca Unión, en el que el piadoso Carlos Cabal Peniche se auxiliaba espiritualmente del Padre Chavalier, su confesor, lector de tarot privado e integrante de la logia italiana “Propaganda Due”.

Banamex, por su parte, fue la única institución de crédito que tras la privatización fue adquirida por la misma familia que detentaba su control antes de la expropiación. Uno de sus integrantes, Eduardo, habría sido detenido con antelación como ya ha sido relatado. Dado el desplome financiero que traería consigo el denominado “efecto tequila”, la familia Legorreta vendió sus acciones a Roberto Hernández, quién, finalmente enajenó sus acciones a favor de City Grupp por medio de la Bolsa Mexicana de Valores con lo que dicha operación quedó en la ocasión exenta de toda contribución ante el fisco federal.

albertoperalta1963@gmail.com

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