EN EL DÍA DEL LIBRO: MÁS LIBRES E INTELIGENTES. Crónica de los setenta y cinco años.


Alejandro Cea Olivares.

Vivimos muy ocupados y distraídos y por ello guardamos para mejor ocasión nuestros muchos o pocos libros. A favor del olvido del libro corre la opinión de que para tener información o gozar de diversión están el radio, la televisión, el cine y en forma avasalladora la red.

Estas líneas afirman que el libro es vigente si además de informarnos y divertirnos buscamos el desarrollo de nuestra imaginación, inteligencia y lenguaje y esperamos enriquecer la gama de nuestros sentimientos. El Día del Libro nos invita a reencontrarnos con ese buen amigo.

Nuestra inteligencia, imaginación y lenguaje se activan.
Cuando estamos con el libro ahí frente a nuestros ojos seguimos orden y secuencias: descubrimos lo que está primero y lo que está después. Ordenamos, distinguimos lo esencial y expresamos en que consiste el meollo de una situación o de un razonamiento.

Al leer, enriquecemos nuestro lenguaje con diversas formas de expresión. Tomen ustedes cualquiera de las grandes obras de la humanidad ábranlas en cualquier página y lean dos o tres páginas. Descubrirán la gran diversidad de formas de expresión: hay quien parte de lo general, otros inician con pequeñas descripciones, unos nos dicen de inicio lo que va a ocurrir, otros nos mantienen en suspenso. Descubrimos la maravillosa variedad y riqueza del lenguaje para nombrar nuestra realidad y algo se nos comunica.

En cuanto a la imaginación al leer recreamos a los personajes y a los hechos: nos convertirnos en coautores, en creadores. No somos pasivos ante la realidad: nosotros la inventamos. En resumen: al leer pensamos, reflexionamos, imaginamos. Nuestras capacidades intelectuales se activan. Quien lee se humaniza porque desarrolla sus potencias de ser humano.

Cuando quedamos vacíos y pasivos.
Por lo contrario, la televisión nos hace pasivos: entran a nuestro interior y nos dominan imágenes y voces hechas por otras; mientras que al leer dialogamos, estamos despiertos, alertas. Observen a alguien que lee: está atento, sus ojos escudriñan, su mirada investiga. Por lo contrario, después de dos horas de televisión la persona está yerta, empanzonada, semidormida.

Pongo un ejemplo entre muchos, tú seguro tendrás los tuyos. En los días de pandemia mi esposa y yo nos enganchamos con una vida de Bolívar de treinta o cuarenta capítulos en Netflix. Actuaciones y diálogos de primera, muchas emociones y, para variar, gran carga de erotismo. A más capítulos más suspenso: ¿qué va pasar con los malos, con los buenos?; pero más ignorancia sobre Bolívar: la serie no respondía a mis preguntas: ¿Cuál era en verdad su pensamiento?, ¿Y sus etapas de vida?, ¿En que creía?, ¿Cuáles fueron sus principales obstáculos? ¿En verdad esa señora tan loca era Manuela Sáenz? ¿Por qué Santander se le opuso? Todas preguntas sin contestación.

Tomé los escritos de Bolívar. ¡Qué gran diferencia entre leer su carta de Jamaica, un modelo de amor a la libertad con los chismes con negras jamaiquinas de la serie! Comencé a leer una vieja y gruesa biografía, quizá la primera que se hizo utilizando fuentes de primera mano. Con su lectura alcancé al Bolívar del actuar y pensar: construí una secuencia ordenada de sus hechos, compartí con él sus días y al conocer el contexto explotador de la Colonia comprendí su indignación. Con la lectura de sus cartas y discursos gocé y admiré su lenguaje.

Con la lectura, a diferencia de con la serie: Me enriquecí pues aprendí, admiré, me uní a la causa. Además, mi imaginación fue construyendo a un Bolívar mucho más colorido, rico, contradictorio que el de la serie. Tuve al Bolívar, a mi Bolívar. Cierto el Netflix motivó las lecturas, pero después de esta experiencia me pregunto ¿para qué perdí tanto tiempo teniendo a vuelta de hoja algo mucho mejor? Fueron más de cincuenta horas – ¡Más de dos días completos de mi vida! – en los que mucho ví y poco aprendí y menos creció mi espíritu.

Los efectos del abandono.
Entre personas cercanas he hecho sencillas encuestas: ¿Qué libros estás leyendo? ¿Cuánto tiempo dedicas a la lectura? ¿Cuál es el libro que recomendarías a los demás?, respuestas como la que dio e hicieron famoso a Peña Nieto son comunes. Poco o nada se lee. Y ahí hay hasta quien presume de las horas gastadas en una serie.

El tema es importante pues la falta de lectura le quita medios al desarrollo de la inteligencia y nos deja sin defensa ante el avasallador dominio del ruido, del chismorreo, de la frivolidad de nuestro entorno.

A través de la mayor parte de la historia de la humanidad no había libros y la gente, dice la objeción contra la lectura, creo grandes civilizaciones. Esto indudablemente ocurrió, pero la gente participaba de la sabiduría y tradiciones de su cultura y ordenaba su tiempo conforme a la naturaleza.

Tenían, así, fuertes arraigos que ordenaban su pensar y su vivir: creían en Dios, les quedaban muy claros los mandamientos morales y sus obligaciones para los demás. Por estar cerca de los tiempos de la naturaleza y por escuchar a los demás, su discurso era detallado y ricamente descriptivo. Juzgaban del presente con la sabiduría y situaciones del pasado. Basta recordar, por ejemplo, el habla de nuestros abuelos y compararla con el habla de nuestros jóvenes para espantarnos del empobrecimiento actual de sabiduría y de expresión.

Ante esta situación, es evidente que necesitamos de la práctica de la lectura porque en el siglo XXI estamos cercados por las imágenes y ruidos de la ciudad, de los medios de comunicación, de los chats, de nuestro propio entorno. La inteligencia no tiene referentes para desarrollarse: se queda en las imágenes, en los chispazos; no distingue lo esencial de lo accidental, no describe ni ordena las experiencias. El lenguaje es pobre: predominan las interjecciones. Y algo peor: nuestros deseos de gozar y pasarla bien rigen nuestra vida. El desorden intelectual se hermana con la vida moral: predomina el gusto del momento, todo se relativiza, no hay juicio ni responsabilidad.

En particular las madres, las abuelas, las que van a formar con su ejemplo, sus palabras, sus conductas a las nuevas generaciones – que la mujer sigue siendo muy importante – deberían como primera muestra de amor a sus hijos y nietos dejar el Netflix y las series y tomar el libro: hacerse mejores para trasmitir a los nuevos que la vida es mucho más que consumir diversiones.

Una primera conclusión: necesitamos al libro.
Llegamos así a una primera conclusión: la información está en Google y Wikipedia, las emociones momentáneas y divertidas en la televisión en las series de Netflix y demás; el lenguaje hecho monosílabo y en muchas ocasiones majadería está en las redes. Sin embargo, nuestra calidad de seres humanos inteligentes exige mucho más y para humanizarnos, ahí a la mano, está la lectura de libros que no es suplirle por ninguna otra actividad.

Con el libro, de papel o electrónico, en la mano no estamos como ocurre en el whatsapp o enel fase brincando cada diez segundos de un tema a otro. Mantenemos la atención, dejamos de ser movidos por el ruido exterior y maravilla del alma humana: sin dejar de ser nosotros nos volvemos parte – participamos – de lo dicho y vivido por los otros. Todo ello con orden, analizando, encontrando lo esencia, deteniéndonos en el bello, sorprendiéndonos. Todo en tranquilidad. Leer no es brincotear es deslizarnos al ritmo de nuestra inteligencia.

Complementan nuestras vidas, llenan nuestros anhelos.
Si sabemos escoger, esto no es difícil, un libro de calidad la sabiduría, la riqueza, las cualidades de lo puesto en el libro se nos transfieren, nos hacemos sus dueños, las gozamos. Mario Vargas Llosa nos recuerda que todos tenemos nuestra vida normal: sencilla, con límites, con incomprensiones, etc., y que tenemos además deseos de plenitud, de nuevas experiencias, de cambios, de amores. Necesitamos liberarnos, trascender, transformar y ahí aparece la lectura de novelas que nos regala ese complemento de nuestras vidas.

Yo me atrevo a añadir que, para nuestra profunda necesidad de amar, de gozar, de decir lo magnífico – terrible, bello, doloroso, gozoso – de lo que nos pasa está la poesía o la tragedia. Y así afirmamos que, para comprender, para saber de nosotros mismos, para entendernos con los demás está la teología, la filosofía, la historia, las ciencias. Todo los que nos entregan los libros.

Al final…
Transcurre el tiempo de lectura y al cerrar el libro y descansar somos otros: hemos construido una nueva realidad que está en la mente del autor y en nosotros mismos. Sonreímos, somos mejores. Este es el don que nos dan los libros.

Sintetizo: el libro es para mucho más que informar o divertir. La lectura es para que seas dueño de ti mismo, te descubres capaz de comprender, de sentir y de aprender con los mejores. Seas, por tanto, más inteligente y bondadoso. El día del libro es un buen día para desempolvar ese libro que está ahí a la mano y regalarnos el mejor de los momentos. Al leer nuestra humanidad se fortalece y se ilumina.

Me decía un buen amigo lector don Pablo Briseño: cuando tomas el libro es como hacer un pequeño huequito en un cerro y de repente te ves en medio de una caverna maravillosa llena de luces y de bienes. Buena imagen y buena invitación, para que tomemos el día de hoy al libro. Un lugar lleno de luz y bienes nos esperan. Aún es tiempo.

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