Fernando Villanueva Ávalos
Fotografía cortesía
Tingüindín de Argándar, Michoacán, 11 de mayo del 2026
(Hoy iniciamos esta columna para nuestros dos lectores de Unidad Parlamentaria. Espero sea de su interés. Si no lo es, qué importa. Hay cosas peores en la vida. Y además gratis…).
“Digo, dentro de mi cabeza y a veces para afuera, ¡todos me las tienen que pagar! Me deben comida, coños, cobertores, zapatos, casa, coche, reloj, muelas; todo me lo deben”.
Rubem Fonseca
El Cobrador (1979)
ESCOLIOS A UNA VIDA EXITOSA (QUE NUNCA ALCANZAREMOS).
La pobreza se oculta a menudo en el esplendor, y a menudo en la extravagancia. La tarea de muchas personas es ocultar su necesidad a los demás. En consecuencia, se mantienen con medios temporales, y el día a día se pierde en prepararse para el mañana.
Samuel Johnson
“Era un pobre diablo que siempre venía
cerca de un gran pueblo donde yo vivía;
joven, rubio y flaco, sucio y mal vestido,
siempre cabizbajo…¡Tal vez un perdido!
”Un día de invierno lo encontramos muerto
dentro de un arroyo próximo a mi huerto…
”Una paletada le echó el panteonero;
luego lió un cigarro, se caló el sombrero
y emprendió la vuelta. Tras la paletada
nadie dijo nada, nadie dijo nada”.
“Nada”, de Carlos Pezoa Véliz
Ser pobre es uno de los dilemas más penosos que moralmente puede uno soportar. Saberse pobre es la conciencia de que a pesar de todo esfuerzo jamás saldrás de la ruina en que la vida te ha puesto en virtud de una lotería donde a muy pocos les va bien. Un lugar en el que no sabes por qué pero te ha tocado nacer, vivir, estar. Allá, lejos, el mundo se ofrece como una posibilidad infinita de conocer, descubrir, probar. Islas paradisiacas, ciudades antiguas llenas de misterio, ruinas de un pasado que resiste al olvido, avenidas con grandes edificios, restaurantes de comida impronunciable, museos donde obras de arte esperan ser admiradas y paseos nocturnos con bares que hacen salivar cócteles y vinos exquisitos. Todo ello en la vitrina de ese escaparate que se llama mundo moderno donde nosotros los pobres no cabemos. Somos la escoria del mundo. El patio trasero de las ricas mansiones. Los sucios albañales de sus cañerías. Activos depreciados de los dueños de todo, mano de obra barata que se rebaja a menos que esclavos, pues estos tenían al menos la dignidad adquirida que el amo les otorgaba. Nosotros ni eso tenemos. Somos la basura que el capitalismo no necesita, los marginados del mundo, somos desechos.
París, Nueva York, Múnich, Budapest, Punta del Este, Río de Janeiro, ¡Las Bahamas! Fotografías en Facebook que nos producen amargura, un profundo resentimiento, unas ganas viles de matar. Porque somos muy pobres. Cuando estaba en secundaria, la maestra Rosaura de español nos leyó un cuento de Rulfo que se llama “Es que somos muy pobres” y mientras leía la parte donde Tacha, la hija de un matrimonio muy fregado, llora sabiendo que el río crecido le ha ahogado a su vaca la Serpentina con todo y cría, al estar leyendo “Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella”, de pronto la maestra Rosaura se soltó a llorar con un llanto amargo y tendido, nomás se volteó de espaldas al salón y siguió llorando, la mano echa puño clavada en el escritorio mientras todos escuchábamos aquel lloro que la hacía sacudirse, como esos niños que al llorar de tanto sentimiento que agarran el resuello del pecho los hace temblar con la respiración entrecortada. Cuando terminó solo quedó un silencio. Eso y como una punzada aquí en la panza. Nomás salimos arrastrando la cara como si a todos se nos hubiera muerto algo, alguien.
Cuando era chico en una reunión en casa de unas tías a una de mis hermanas se le ocurrió decirle, “tía es que nosotros no estrenamos cuando cumplimos años porque somos pobres”. La tía lo tomó a risa y mi madre a enojo. “Ay niña cabrona”, dijo. Cuando llegamos a casa la regañó, no quería volverla a oír diciendo que nosotros éramos pobres, “pobres los que no tienen qué tragar y a ustedes nunca les ha faltado qué comer”. Pero era verdad. No estrenábamos salvo el año nuevo que nos llevaban a la feria.
Me compraban unos coordinados culerísimos. Parecía uno de los niños del internado México España de Morelia, los españolitos que el presidente Cárdenas acogió para que la dictadura franquista no los matara. Pero aquí en este rancho nos veíamos como mensos. Yo me escondía al llegar a la feria pero ya entre el gentío se me olvidaba y me valía madres que me viera algún amigo. Porque era cierto. Nuestra pobreza nos lastimaba con el doble rasero de no poder dejar de reconocerla en las carencias, juguetes que no nos podían comprar, dulces que no podíamos saborear, pero además, tampoco podíamos hablar de ella. Nos estaba prohibido tener conciencia de nuestra pobreza, salíamos a la calle vestiditos y peinados como si fuéramos clase media, con esa playera que llaman camiseta bajo la camisa de una playera o camisa (un vecino nos apodó los camisetos por ser los únicos que llevábamos esa prenda interior). Así crecimos, sabiendo que los lujos y viajes en familia nomás los veríamos en programas de tevé.
Quien es pobre y se sabe en la escala jodida de la reproducción social desarrolla mecanismos de sobrevivencia que lo vuelve ojete entre sus iguales. Gandallas, roban, quitan o, peor aun, rompen el juguete deseado del vecino que sí tuvo niño diós o santosreyes: mejor ajeno y roto que nuevo y tuyo. El resentimiento que provoca crecer con hambre jamás se olvida. En la secundaria tuve un amigo, el Beto. Le gustaba escupir las tortas de los demás. Esperaba que saliéramos a laboratorio antes del recreo para esculcar las mochilas y sacar las tortas para ver de qué eran. Las de jamón con panela o queso de puerco las respetaba, pues eran de morros de familias mas pudientes y si lo descubrían se metería en problemas, pero las de frijoles o huevo no se le escapaban, las abría y les aventaba un escupitajo y las volvía a dejar en la mochila. Yo imaginaba con cierto asco el momento en que los dueños de la torta masticaban el bolillo revuelto con frijoles y saliva de este güey. Pero de una manera oscura aceptaba que hiciera ese acto cobarde como inmoral provocación para los jodidos que no alcanzábamos para una torta decente.
Un tiempo me encargué de la cooperativa escolar de la secundaria. Mi trabajo era acomodar la mercancía, ayudar a preparar comida y chucherías, vender en el recreo y limpiar todo al final. Era latoso, pero podía comer y beber lo que quisiera y clavarme unos pesos de vez en cuando. Ahí me hice novio a Gaby. Le invitaba refrescos y sabritas. Un día le dije que no se comiera su torta. El Beto le había esculcado a ella y sus amigas la mochila. “¿Por qué?”, preguntó. Tuve que delatar al Beto: ese güey escupe las tortas. Me dijo que había que denunciarlo con el prefecto. Le pedí no hacerlo. Pero otro día Gaby y sus amigas lo espiaron. Entraron al salón justo cuando escupía una torta. Lo expulsaron.
Recuerdo su mirada triste y encabronada al irse de la secundaria escoltado por el prefecto y dos profesores. Eran los tiempos en que los cárteles comenzaban a tener presencia en lugares tan apartados como este pueblo rascuacho. Un primo lo reclutó. Le dieron moto y radio. Meses después desapareció. Jamás lo volvimos a ver. Siempre cargué con el remordimiento de pensar que por mi culpa lo habían expulsado de la escuela. Su mirada dura y silenciosa al otro lado de la reja escolar no ha dejado de mirarme. Todo por contarle a la pinche Gaby. A la semana me dejó por uno de tercero. La encargada de la cooperativa me cachó comiéndome unas papas y me expulsó de la cooperativa. Volví a las tortas de frijol o huevo.
Salir de secundaria fue un calvario. En tercero nos saltamos clase para ir a las maquinitas o a los futbolitos con doña María pero yo, sin un perro peso, ni me acercaba. No habría soportado la vergüenza de que una chava me pidiera que le invitara algo y yo sin un méndigo peso. Me quedaba vagando o me iba al panteón a perder el tiempo. A veces llegaban parejas que aprovechaban el silencio sepulcral para darse cariño. Un día cuando me acercaba al panteón vi dos camionetas aparcadas y personas armadas con radios. Iba a pasar de largo cuando alguien me llamó por mi nombre. Era el Beto. Me dijo que me acercara pero entonces alguien en su radio les grito que se movieran. No tardaron dos minutos en salir disparados dejando envuelto en una nube de polvo. Una pareja salió asustada del panteón y vio aquella sombra en medio del polvo y la chica pegó un grito. Su novio la callo y se fueron rápidamente en su moto. Jamás volvió al panteón.
Tuve que volver a trabajar. Por las tardes iba al mercado a mover mercancías en un diablito para ganarme algo. Así se fueron mis tardes, sin tiempo tiempo de nada. A veces los domingos iba a una pizzería a comerme una pizza con morros del barrio. Era mi escasa recompensa por la explotación infantil de la que fui objeto por esta sociedad miserable. Luego dejé el trabajo. No podía con la escuela, tareas. Extrañaba jugar con mis amigos. Aunque anduviera sin un peso para gastar. Luego crecimos y cada quien hizo su vida trabajando. A veces me entero de que a algunos de ellos les ha ido bien en los Estados Unidos. Pero a la mayoría no hemos pasado de ser unos jodidos esclavos de la economía que vivimos para trabajar y llegar a viejos enfermos para engrosar las filas de los hospitales públicos, sobreviviendo con una pensión para paliar la miseria.
Cuando estoy muy cansado a veces recuerdo aquellas tardes sin dinero en que podíamos recorrer los campos, zanjas de agua limpia, ir a los mangos, bañarnos dos veces en el mismo río porque teníamos el poder de detener el tiempo. O como todos, pierdo horas en Facebook alucinando con tener otra vida que la pobreza no nos deja comprar. Y me pregunto, ¿dónde andará el Beto?
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores
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