APOCATÁSTASIS DE LA ROSA DEL ALBA

—A mi madre—

Por Genaro Valdovinos (2025)

Llegará el día —o tal vez nunca— en que todo se redima:

cuando el deseo, al consumarse, se extinga en la paz que lo trasciende,

y lo posible y lo imposible se anulen como diferencia,

como dos reflejos que olvidan cuál tenía el absurdo lugar del primero.

Entonces el sueño será el universo,

la totalidad se sabrá infinita,

y el divino elixir, al fin bebido, mostrará que nunca hubo sed.

La envidia será un malentendido de la eternidad:

la ceguera de quien no advertía que su anhelo reposaba en lo perenne, ya cumplido.

Todo cantará, todo será coro:

las piedras, las sombras, el polvo y el pensamiento,

pues el canto será la memoria de haber existido siempre.

Y lo imaginario hará añicos lo real —

no como destrucción, sino como revelación.

Lo real era el pudor con que el Infinito velaba su rostro,

el límite que lo infinito se impone para contemplarse.

Entonces un abrazo —casto y abismal— envolverá al mundo:

lo profano y lo sagrado en un mismo respiro,

y las partículas de humilde polvo,

en parentesco, trenzarán sus sueños más antiguos.

Será el instante en que todo se reconozca en todo,

cuando la materia confiese su nostalgia de espíritu

y el espíritu su deseo de ser materia.

El día que no llega —y sin embargo ya fue—,

porque acontece sin cesar en la conciencia que lo sueña.


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