El Naranjo de La Merced

Atilio Alberto Peralta Merino

Bernal Díaz del Castillo brinda cabal noticia del primer naranjo que floreciera en nuestras latitudes, semilla de un fruto degustado por uno de los miembros de la expedición conducida por Antón de Alaminos y comandada por Hernán Cortés; la leyenda del Convento de la Merced, por su parte, refiere la maldición que cegaba la vida de los frailes cada que del naranjo floreciente en su solar era cosechado uno de sus frutos, a grado tal que, cada uno de los monjes pudo identificar a plenitud cual de entre las naranjas que pendían de su ramaje habría de determinar el final de su existencia.

Descuidado a grado lastimoso, el formidable monumento esculpido en honor de Alonso García Bernal -primer cartógrafo de la nueva ciudad virreynal-, ve ocupada su plazuela por el comercio ambulante y los puestos de fritangas, y con el deterioro que el descuido negligente ha provocado a su efigie, custodia el Convento de la Merced.

Erigido en el entronque que forman esquina de la señorial calle de Uruguay y la de Talavera, agoniza una de las joyas arquitectónicas de la Ciudad de México, cuyo acceso se encuentra vedado al público visitante, a diferencia de lo que, aun circundado por el comercio popular, acontece con el esplendoroso Convento de la Ciudad de Puebla, que alberga la impactante escultura gigante de “Jesús Sacramentado”, la misma que acaso, y toda proporción guardada, bien podría rememorar al monumento del “Cerro del Corcovado” en Rio de Janeiro, no en balde, Fray Luis de León llegó a desentrañar en su estudio de las “escrituras”, que uno de los nombres ocultos de “Cristo” correspondería en precisamente al de “cerro de corcovas”.

Las paredes exteriores del monumento albergan innumerables comercios, cuyos dependientes ignoran que se hayan establecidos en el solar del antiguo “Convento”, ofreciendo al inquirente la contundente respuesta: “no tengo la menor idea de donde se ubique”, encarnando con ello a alguna de las piezas teatrales de Salvador Novo, en cuya trama, un buhonero del mercado de “La Lagunilla” queda extasiado y sorprendido ante el visitante que le narra la historia del lugar en el que ha pasado toda su existencia.

En los límites del antiguo barrio de La Merced y el de La Lagunilla se encuentra la Capilla de “Nuestro Señor de la Humildad”, sitio preciso en el que Garci-Olguín detuvo al Tlatoani Cuauhtémoc el 13 de agosto de 1521, desatándose una disputa ante Cortés por el mérito en la captura entre el propio Garcí-Olguín y su comandante Pablo Sandoval, que, al decir de Bernal Díaz rememoraba la que en la “Guarra de Yugurta” protagonizaran Mario Y Sila según narrara Salustio.

La leyenda refiera que la maldición que pendía de las naranjas del convento de La Merced quedó rota, el día que el prior arrancó del árbol el fruto que determinaba su destino para refrescar a uno de sus hermanos consumido por la peste que demandaba cualquier líquido que aliviara su sed. No sabemos si los naranjos que nacieron de aquella primera semilla sembrada en nuestro suelo del que da noticia Bernal Díaz del Castillo haya aliviado la sed de aquel “único héroe a la altura del arte” que cantara Ramón López Velarde, pero esperemos sí, que constituyan es símbolo de una enorme esperanza, cristalizada en la preservación de nuestra memoria empezando, en primer término, por el necesario rescate y rehabilitación del antiguo convento de La Merced de la Ciudad de México.

albertoperalta1863@gmail.com

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