JOEL ORTEGA JUÁREZ
Ciudad de México 5 de agosto del 2026
Es necesario ver más lejos: de dónde venimos, hasta dónde llegamos en la transición y cómo se ha restaurado la dictadura perfecta. Estos apuntes intentan salir de la rutina, del coro cotidiano al que nos someten las trapacerías diarias del régimen autoritario de la llamada Cuarta Transformación, que es en realidad la cuarta etapa de una larga tiranía de más de un siglo, que llevó al país al desastre.
El insomnio es un placer y una tortura. El lugar común de los políticos: “yo duermo a pierna suelta, no tengo cargos de conciencia”, es una coartada. Yo sí tengo insomnio: padezco la derrota de no haber asaltado el cielo. Eso me atormenta. Perdimos cuando Pablo Neruda hablaba de los barbudos de la Sierra Maestra y decía que no tenían más armas que la aurora; yo me lo creía. La historia vil y mezquina lo desmintió, nos desmintió. Claro que tenían armas, las utilizaron para aplastar a sus pueblos, para intentar extender sus dominios a nombre de la libertad, la igualdad y la justicia. Encarcelaron a sus pueblos, construyeron aparatos de dominación en todos los ámbitos. De la vida política, cancelando derechos; la económica, erigiendo poderes insultantes para los desposeídos. La cultural, cancelando opciones ajenas a sus doctrinas. La planetaria, encerrando sus sociedades en la aldea, la isla paradisíaca, inmune a la contaminación imperial. La hambruna para los jodidos, a nombre de la equidad; la impunidad para los mafiosos, protegidos para operar las peores inmundicias si estas reportaban ganancias para el Estado revolucionario. Todo a nombre de la revolución.
Cuando cayó el muro me alegré. En nuestra aldea había una deuda anacrónica: construir la democracia, terminar con el reino de la dictadura perfecta. Nada para el sueño sesentayochista de exigir lo imposible. Minucias ante la aspiración de acabar con la alienación y la explotación capitalistas. Poco, muy poco, para resarcir los sacrificios de una generación que soñó con asaltar el cielo. Un gran salto adelante para cimentar las bases de una República de ciudadanos. Libre de la opresión estatista y del ogro filantrópico. Miseria ante la disyuntiva socialismo o barbarie. Insignificante para superar la miseria. Había que atreverse a enlodar las banderas libertarias a cambio de reformas burguesas. Apostar a lo viable, sumarse a los hijos dinásticos del poder que ofrecían la posibilidad de vencer a los detentadores de un poder basado en el engaño, la corrupción y la hipocresía. Guardar por un rato las aspiraciones libertarias a cambio de una escala democrática. Poco, casi nada, para las ensoñaciones libertarias. Mancharse con lo posible, postergar lo utópico.
Órale, no se podía escatimar nada a nombre de la fantasía, solo una exigencia: coherencia. Peleamos y, perdiendo, ganamos. Exhibimos al sistema autoritario, juntamos a los locos con los que se sentían despojados del poder y querían perpetuar su dinastía revolucionaria, la depositaria de la tradición revolucionaria. Nos envolvimos en la bandera de la soberanía: fuera la expansión imperial, nada con los destructores de la arcadia mexicana. La democracia era una coartada para perpetuar nuestra aldea inmaculada, tirar como los aztecas los trastos viejos de una identidad de barro. Todo por la dignidad nacional. Nos enfrascamos en mil y una escaramuzas por ganar y derrotar los procedimientos antidemocráticos, sumando aliados y combinando procesos. Los arrinconamos, conseguimos lo impensable en reglas democráticas: les quitamos el control de las elecciones, construimos órganos ciudadanos e independientes, volteamos la tortilla electoral. Cuando teníamos todo a nuestro favor, no pudimos ser hegemónicos. Se nos atravesó un ranchero simpático y dicharachero, con su hazaña, sacó al PRI de Los Pinos. Algunos vencimos el miedo a la inquisición y lo apoyamos. Ganamos. Pagamos cara nuestra herejía: “idiotas útiles, cómplices de la derecha”, fue lo menos que nos dijeron. Fue el peor negocio político.
Ganamos y no disfrutamos la victoria. El ganador se arrugó: sacó al PRI de Los Pinos y lo metió por la ventana. Escuchó el canto de las sirenas medrosas y no se atrevió a cortar las cabezas de las víboras negras y las tepocatas. Pactó con el dinosaurio, en lugar de aplastarlo, irritó a los eternos dueños del poder de manera gratuita. Frustró la esperanza del cambio. Los frutos podridos heredados del poder autoritario se sublevaron. Los capos de los medios armaron su coro para catalizarlo, los charros sindicales gozaron su apología y fortalecieron cadenas de control, los jueces aceptaron puñalada tras puñalada contra la aplicación de la justicia y eximieron a los criminales de todo tipo. Los genocidas cantaron victoria. Todo mundo olvidó de dónde veníamos. La democracia sin demócratas mostró su pequeñez. Los chavos mandaron a la goma los logros alcanzados, encabronados, confundidos y emputados, nos mandaron al averno, por ingenuos y culeros. Renació la nostalgia por el Estado de mano firme, contra la impericia y falta de oficio de los intrusos derechistas y mochos. La restauración se convirtió en un animal de dos cabezas, los viejos credos estatistas renacieron y se adueñaron de la escena.
El PRI se transfiguró en dos partidos. Primero el PRD y, más vulgarmente, en MORENA. Sacaron a patadas o con canonjías a la vieja izquierda. El partido del matrimonio imposible: ni revolución ni democracia, todo para los caciques del México precarista. Democracia ya, chamba para todos, el lema de los círculos infernales del poder. Basado en la dádiva, la propina, las limosnas del bienestar, a cambio de poner a su 4T al servicio del gran capital, los militares, los narcos y Trump. No asaltamos el cielo. Brotaron a chorros nuevas preguntas, nos quedamos sin respuestas. El camino largo, sinuoso, trágico y poblado de trampas y decepciones sigue desafiándonos. No hay certidumbres, los dogmas y teorías se hicieron añicos. Territorio fértil para la impostura. Viejos soñadores trocaron sus esperanzas libertarias por el hueso, la casa de campo, la residencia en Coyoacán; algunos se convirtieron en engranes de la maquinaria del narcoestado. Se convirtieron en emblemas del nuevo credo: millonarios redentores. Sustituyendo los viejos códigos de la lucha por el desenfreno del poder y el dinero. Total, ¿qué tanto es tantito? Seguirán entonando La Internacional, llorando con la nueva trova, siempre y cuando el cheque de la dieta llegue puntual y sin descuentos fiscales. Protegidos por la propia presidenta, los narcopolíticos se escudan en la “soberanía”: si extraditamos a uno, vendrán por todos, dice sin pudor la presidenta.
No hay que desanimarse, vamos a ganar. El viejo topo terminará su labor de zapa y el viejo régimen se desplomará. Cada paso a favor de la libertad se convertirá en trinchera portentosa y la historia no tendrá final. El rancio menú de la partidocracia no podrá vencer la presencia insaciable de LA LIBERTAD, LA IGUALDAD Y LA FRATERNIDAD.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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