Como obrero, no puedo negar el atractivo de este precioso himno, que no solo nos congrega a los trabajadores a la unión entre todos nosotros, para la defensa de los intereses de nuestra clase o de nuestro colectivo, sino que debo señalar que se trata de una proclama de justicia elemental, que pide la solidaridad, ya no de una sola clase de personas o colectivo de trabajadores, sino la solidaridad de todos los seres humanos.
No cabe otra distinción que la que nos une a todos y cada uno de los que hemos nacido como varones y mujeres, en un mundo, y en una sociedad, cualquiera, puesto que todos los seres humanos, vengamos o procedamos de donde sea, aspiramos a lo mismo: una prosperidad que nos deje la libertad de la realización personal, teniendo en cuenta que existe la diversidad, como condición natural en una sociedad.
La prosperidad, en cualquier sociedad del mundo, se basa en el trabajo, y en los derechos humanos, dos realidades íntimamente conectadas, apoyadas la una en la otra, puesto que el trabajo dignifica a las personas, y los derechos fundamentales de las mismas, permiten la libertad vivida en concordia y bajo la dignidad de todo ser humano.
Ninguna persona debería ser esclava, a estas alturas del siglo XXI. Nadie debería ser condenado por aspirar a vivir con la dignidad de cualquier ser humano.
Un mundo humano, nos exige a los más débiles gritar todo lo que se pueda, en la reivindicación de los derechos más elementales: al trabajo, al amor, a la realización de nuestras aspiraciones legítimas, según nuestras creencias o forma de ver el mundo, para nada necesariamente idénticas o parecidas, unas a las otras, sino unas y otras operando en la libertad que nos motiva al respeto.
La lucha obrera, gracias a la unidad entorno a potentes himnos como este, con un mensaje claro y de plena justicia, ha sido una lucha ejemplar, que ha conseguido grandes avances, no solo para la propia lucha obrera, sino, también, para la justicia social y la igualdad en cuanto al trato desde las leyes, donde nadie debería ser tratado con preferencia o en abuso de poder.
En definitiva, la revolución que pedimos los obreros, es la de la aceptación de que todos merecemos la felicidad, sin excepciones ni excusas, y que, para ello, se deben dar las circunstancias proclives a una igualdad de oportunidades, de modo que se pueda alcanzar la meta última de los seres humanos, cual es la felicidad, contando las limitaciones de este mundo material, mucho menores y llevaderas, si nos tratamos como lo que deberíamos ser: hermanos.
El himno de Eugene Pottier, con música de Pierre Degeuter, compuesto hacia junio de 1871, nunca nos debería avergonzar, ni se le debería quitar una coma del original, puesto que es la llamada a la justicia de los oprimidos, por motivos de trabajo y de puesto en la sociedad, dentro de la cual jamás deberíamos renunciar al amor de los compatriotas, los que hemos nacido bajo el mismo pabellón y la misma enseña nacional.
Un amor, que se traduce en respeto entre todos, y en el reconocimiento de nuestra dignidad, común a todos los seres humanos, lejos de merecer ser tratados como si fuésemos animales o alimañas de la selva.
“¡En pie, condenados de la tierra!,
¡En pie, esclavos del hambre!
La razón atruena en su cráter.
No somos nada, seámoslo todo.”
FRAN AUDIJE
Madrid, España, 19 de septiembre del 2026
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