En 1989, al término de la Guerra Fría, se estrenó el documental brasileño La isla de las flores. En apenas unos minutos, la obra retrata algo tan elemental como brutal: la semejanza biológica entre los seres humanos y, al mismo tiempo, las enormes diferencias sociales que determinan quién puede comer y quién no.
El documental sigue la cadena de distribución de un alimento. Aquello que para una familia puede ser un producto de primera calidad pasa después por diferentes manos hasta convertirse en desperdicio. Finalmente, los habitantes de la llamada Isla de las Flores acceden únicamente a aquello que los cerdos han rechazado. Por último, cierra con una reflexión poderosa y todavía profundamente actual: la libertad es una palabra que el sueño humano alimenta; no hay nadie que la explique y nadie que no la entienda.
Quizá por eso la palabra libertad ha sido utilizada como estandarte por proyectos políticos completamente distintos y, al mismo tiempo, permanece como uno de los grandes anhelos de la humanidad.
Durante la Revolución francesa, bajo la influencia de las ideas de la Ilustración, los principios de libertad, igualdad y fraternidad se convirtieron en referentes de una transformación política que contribuyó a construir el Estado liberal moderno y, posteriormente, las instituciones políticas que acompañaron el desarrollo del capitalismo.
Pensadores como John Locke, considerado uno de los padres del liberalismo inglés, colocaron la libertad individual, la propiedad y los derechos del individuo en el centro de una nueva concepción de la sociedad.
Sobre estas libertades tendremos que regresar más adelante.
También Estados Unidos convirtió la libertad en uno de los grandes símbolos de su proyecto nacional. Desde su fundación, la palabra apareció asociada a su identidad política hasta convertirse prácticamente en sinónimo de la nación estadounidense.
Pero existe una contradicción histórica difícil de ignorar.
El llamado «país de la libertad» construyó buena parte de su historia sobre la esclavitud, la expansión territorial y, posteriormente, una enorme capacidad de intervención política, económica y militar fuera de sus fronteras.
La libertad proclamada hacia dentro convivió demasiadas veces con la dominación hacia fuera. Durante décadas, la estabilidad del orden internacional encabezado por las potencias occidentales se sostuvo no solamente mediante discursos sobre democracia y libertad, sino también mediante ejércitos, armas nucleares, instituciones financieras y enormes mecanismos de presión económica.
Esta concepción adquirió una fuerza especial durante la Guerra Fría.
La existencia de la Unión Soviética y del Pacto de Varsovia, junto con las prácticas autoritarias desarrolladas durante el estalinismo y otros gobiernos del bloque socialista, fueron utilizadas para construir una oposición aparentemente sencilla: de un lado estaba el mundo de la libertad; del otro, el mundo del autoritarismo.
La realidad era bastante más contradictoria.
Mientras las potencias occidentales proclamaban la libertad como valor universal, muchas mantenían colonias o estructuras coloniales en África, Asia y otras regiones del mundo, mientras que naciones acusadas de tiránicas apoyaban proyectos emancipatorios alrededor del mundo.
La palabra libertad se convirtió así no solamente en un principio político, sino también en un instrumento ideológico occidental que podría verse incluso como algo decorativo.
Pero existen otras formas de entenderla que son mucho más contundentes y se vinculan directamente a procesos sociales de lucha.
En México, por ejemplo, uno de los documentos fundamentales de nuestra independencia llevó por nombre Sentimientos de la Nación. José María Morelos planteó ahí la abolición de la esclavitud y una transformación profunda de la sociedad de la América Septentrional.
Mientras en otras partes del continente la esclavitud continuaba siendo defendida como parte del orden económico, en México la insurgencia comenzaba a imaginar una nación en la que nadie pudiera ser propietario de otro ser humano.
Entonces, ¿qué significa realmente ser libre?
A primera vista podría parecer un concepto resbaloso, pero, en realidad, el problema no está en la palabra, sino en el uso que hacemos de ella. La libertad ha sido utilizada de manera oportunista, doctrinaria e incluso propagandística para justificar proyectos políticos profundamente injerencistas y opresivos.
Sin embargo, sería un error caer en esta trampa discursiva, ya que el significado de libertad es mucho más sublime, tal y como la historia lo ha demostrado, porque dentro de esa palabra existe algo profundamente humano: el anhelo del oprimido por romper las cadenas de la opresión.
El 15 de septiembre de 2026, durante la ceremonia del Grito de Independencia, la presidenta Claudia Sheinbaum incluyó entre sus arengas «¡Viva la libertad!». Esto no fue una consigna vacía, sino un eslabón de una cadena retórica que empuja un proyecto de reivindicación de los desposeídos.
Algo abismalmente contrario a lo que actualmente vemos con el showman argentino del momento y su consigna «¡Viva la libertad, carajo!», que es, en realidad, una carta abierta para que los grandes dueños del capital hagan abiertamente un saqueo del pueblo argentino y aplasten los avances de la clase trabajadora. Irónicamente, se hacen llamar libertarios mientras encadenan a las clases populares bajo las premisas de John Locke, porque, según esta propuesta, solo se requieren esas tres libertades y el resto es meritocracia.
Y es aquí donde aparece una pregunta indispensable: ¿Libertad para quién?
Porque usar la palabra libertad como simple eslogan o consigna es solo un cascarón que puede contener en sus entrañas una trampa autoritaria e injerencista. Esta palabra debe ser usada con responsabilidad, pero, sobre todo, debe ir acompañada de acciones.
Tiene demasiado peso histórico para eso.
Cuando se dice Palestina libre, la palabra libertad expresa el reclamo de un pueblo por decidir su destino, vivir sin ocupación y poner fin al genocidio sionista.
Cuando se habla de libertad para Cuba, hablamos del derecho de quienes defienden la autodeterminación de los pueblos, lo que significa que ningún imperio debe imponer desde fuera las condiciones económicas o políticas bajo las cuales otro pueblo tiene que construir su futuro.
La libertad no puede llegar en un portaaviones, no puede imponerse mediante sanciones, tampoco puede decretarse desde una potencia extranjera.
Porque una libertad impuesta no es libertad. Cuando hablamos de libertad, no deberíamos estar hablando del derecho del poderoso a dominar al débil, sino de la posibilidad del oprimido de dejar de serlo.
La libertad solamente adquiere sentido pleno cuando se convierte en emancipación.
Y México todavía tiene mucho por hacer. Tenemos que seguir luchando por liberarnos de un sistema que ha oprimido al pueblo, que lo ha segregado y lastimado. Por eso es momento de profundizar la transformación hacia proyectos más agresivos en contra de la desigualdad y de la injerencia política y económica.
No basta con administrar mejor aquello que existe, sino con liberarlo.
Eduardo Calderón Colectivo Fuerza Comunitaria Servir al pueblo sin pedir permiso y sin corromper el alma.
Fotografía cortesía
Ciudad de México 17 de septiembre del 2026
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentaria#unidadparlamentaria #upr#EduardoCalderón #ColectivoFuerza Comunitaria
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