Por el profesor Juan Pérez Medina.
Morelia,Michoacán,10 de octubre del 2024
El hombre es un ser social. Vive, crea y se desarrolla solamente en interacción con otros. Nadie aprende sólo o parafraseando a el gran educador popular Paulo Freire: «nadie educa a nadie, los hombres se educan entre si con la mediación del mundo.» Ni en las peores condiciones, digamos en la época de la esclavitud, el hombre pudo edificar las grandes obras universales sin la existencia y colaboración de otros hombres, aun a costa de su voluntad. Así fue posible edificar las pirámides de Egipto, el parnaso, el coloso de rodas, las pirámides de Teotihuacán, etc.
En la fábrica, los trabajadores que desarrollan sus actividades por un salario día a día, son organizados en forma colectiva para llevar adelante las actividades de la producción. Cierto es que se les impone la organización, dinámica e intensidad del trabajo, pero finalmente, el producto sólo es posible con el concurso de varios hombres o mujeres en actividad.
El lenguaje es producto de esta interacción social. Sin ella, el lenguaje no habría sido posible. El hombre es en cuanto se presenta como un ser social y la sociedad misma se caracteriza por las condiciones que este mismo va desarrollando.
Cierto es que esta interacción social no es, ni lo ha sido nunca, igualitaria, por el contrario, su esencia ha radicado hasta hoy en día en la desigualdad que, por cierto, los beneficiarios de ella han tratado de justificar afirmando que esto se debe a la naturaleza de cada individuo, tratando de supeditar la creación social a las capacidades individuales.
Pero siempre han errado en sus afirmaciones, pues en el desarrollo histórico-social de la humanidad, las diversidades humanas han sido puntales para la creación en cada una de las ramas de la ciencia, la economía, la cultura y la organización de la sociedad; pero lo que determina el carácter desigual de la sociedad no son el desarrollo individual de estas capacidades, si no el modo de producción en que se encuentra, la forma en que se determinan las relaciones de sociales de propiedad, la manera en que el mundo se estratifica y se divide en clases sociales y se reparte el usufructo social. La forma en que una minoría rapaz es dueña de los medios de producción y del dominio del mercado por medio de los oligopolios y el control de los estados-naciones y, por ende, de las instituciones y personas que hay en ellos, a través del endeudamiento permanente y creciente y la manera en como el trabajo individual extiende su socialización, mientras la riqueza se hace cada vez más privada.
Son tiempos perturbadores hoy, en este modo de producción que nos vende a diario la esperanza que en él es inexistente y que cotidianamente nos muestra su fracaso. Su elemento vital es el capital y sus proveedores la humanidad misma o, para ser más exactos, los y las trabajadoras del mundo. En ese afán por continuar inexorablemente acumulando riqueza, crea al mismo tiempo una desaforada y peligrosa ecuación de destrucción, explotación y muerte.
La organización internacional de Oxfam, que forma parte de un movimiento global que aboga por un cambio que empodere a las personas para crear un futuro seguro, justo y libre de pobreza, según sus objetivos; revela en el informe se ha publicado este año de 2024, en el marco de las sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que el 1 % más rico posee más riqueza que el 95 % de la población mundial en conjunto.
Advierte que los esfuerzos globales para responder a los mayores desafíos del planeta, como la crisis climática o los niveles persistentes de pobreza y desigualdad, están siendo amenazados por la concentración de poder en manos de los ultrarricos y las megaempresas. Esta híper concentración de poder y riqueza alimenta la desigualdad tanto dentro de los países como entre ellos. De hecho, a pesar de representar el 79 % de la población mundial, los países del Sur global sólo cuentan con el 31 % de la riqueza mundial.
Cómo nunca este sistema injusto ha puesto a la humanidad en mayor riesgo. En su lucha por el control de los mercados, las materias primas y la mano de obra, han puesto en peligro a la humanidad entera, que hoy se encuentra muy cerca de una nueva conflagración mundial.
Las supuestas guerras de Ucrania- Rusia y el genocidio que comete Israel contra palestina, no son más que expresiones de este proceso progresivo de destrucción y agotamiento del sistema capitalista. No hay salida. No existe salida mientras este sistema desigual y voraz no sea derrotado.
Los esfuerzos de los pueblos aún no es suficiente. A pesar de ser la inmensa mayoría en el mundo, aun no cuenta con la fortaleza política para desmantelar este sistema inmundo y dar un salto de calidad, creando un nuevo tipo de sociedad, pero de lo que no hay duda es que en sus manos está.
Desde el siglo XVIII se perfilaron las primeras experiencias de una nueva forma social que ponía en el centro la igualdad y la democracia popular, dirigida por las ideas socialistas y anarquistas de Karlos Marx y René Proudhomme, que hicieron posible en Paris el primer consejo comunal, mejor conocido como la Comuna de Paris.
Pero el hecho más importante ocurrió en Rusia con la primera revolución socialista, encabezada por Lenin y que no sólo “conmovió al mundo” como lo expresara el periodista norteamericano John Reed atinadamente, sino que alarmó y aterró a los capitalistas de la época.
Al paso de este enorme acontecimiento histórico y de la mano de las ideas de Karlos Marx, los trabajadores con sus grandes luchas y enormes sacrificios lograron legalizar los prescritos sindicatos y organizaciones obreras, la jornada de 8 horas, el reconocimiento de prestaciones diversas, los días de descanso y las vacaciones; así como la seguridad social, el reconocimiento de los riesgos de trabajo, el reparto de utilidades y la jubilación.
Las ideas de Marx descolonizaron América Latina, Asía y, sobre todo, África. Todo el siglo XX se caracterizó por el desarrollo de cruentas luchas de liberación y contra el racismo y el apartheid.
En todos estos pueblos e, incluso, dentro de los países de occidente, que alberga a la inmensa mayoría de la supremacía blanca, se han dado experiencias de nuevas formas de organización social como las cooperativas, las empresas sociales, los proyectos comunitarios o las organizaciones de pueblos, barrios y colonias en espacios comunales.
El EZLN en Chiapas ha desarrollado este tipo de experiencias sociales alternativas al individualismo monetarista del capitalismo. Las Juntas de buen gobierno, los caracoles y municipios autónomos han sido elementos que se suman a lo que se está incubando en el seno del sistema capitalista como elementos de cambio. Los esfuerzos organizativos de los “Sin tierra” en Brasil, la creación de los comedores comunitarios en Argentina junto con la recuperación por parte de los trabajadores de las empresas cerradas, además, de la experiencia del municipio autónomo de Cherán, son elementos de lo que se ha dado en llamar “Otro mundo posible”, como anuncios de lo nuevo que se está gestando en medio de un sistema que ha empezado a morir irremediablemente, de lo contrario, acabará con la humanidad que lo ha creado.
Aunque lo nuevo, que aún no es suficiente para derrumbar el viejo sistema del dinero; es evidente que al interior del capitalismo salvaje de nuestros días se sigue gestando su derrota y los embriones del cambio. Hoy más que nunca, es indispensable levantar la cabeza pues no hay más alternativa que el socialismo, de lo contrario lo que nos queda es sólo la barbarie.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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