RECUERDOS DE UN SOLDADO

Durante la terrible Segunda Guerra Mundial, existieron eminentes personalidades, que fue posible conocer a luz de la Historia, solo gracias a la entrada en juego de las armas. Estamos en condiciones de nombrar desde el fotógrafo Robert Capa o el matemático Alan Turing, hasta religiosos como Maximiliano Kolbe, o Edith Stein, sin dejar de nombrar a nuestros Ángel Sanz Briz, o Juan Pujol García, diplomático salvador de judíos sefarditas, y espía clave de esta cruenta guerra, respectivamente.

En el sector alemán, es posible destacar a grandes militares, sin delitos de lesa humanidad, y cuyo peso intelectivo sostuvo la proyección vencedora del Ejército del Fuhrer, mientras le duró la bonanza en los avatares bélicos.

Entre todos estos, destaca el General del Estado Mayor de Alemania, Heinz Guderian, quien fue el inventor y responsable principal del desarrollo, de la táctica ganadora de los alemanes, conocida como la Guerra Relámpago, o Blitzkrieg, en su terminología lingüística original.

Según nos cuenta en sus memorias el General Guderian, se trataba de crear una táctica que sacara el máximo partido posible al arma de la caballería blindada. Hete ahí que se concibió una estrategia genial, con vocación genuinamente ofensiva, a la cual fueron adaptadas las armas alemanas.

En seguida, pudieron comprobar los soldados alemanes, las bondades de su flamante modo de guerrear, que conseguía avances espectaculares y arrolladores en el campo de batalla. No en vano, el Ejército alemán consiguió hacerse con el control de la Europa continental, en un tiempo sorprendente, nunca visto hasta entonces.

La Blitzkrieg, fue probada en África también, de la mano del Mariscal Erwin Rommel, cuya misión, en un principio, era solo apuntalar las posiciones italianas, que cedían por momentos ante la invectiva inglesa y francesa. Pronto se percató Rommel de que su África Korps poseía mucha más proyección en el campo de batalla, a pesar de sus efectivos en minoría. Pasó, pues, al ataque, y se llevó al Ejército aliado por delante, en míticas batallas como, Gazala, Tobruk, o Sonnenblume.

Si la Blitzkrieg fue la gloria del Ejército alemán, en la Segunda Guerra Mundial, el lumbreras Adolf Hitler constituyó una verdadera hecatombe, como constata Guderian en sus memorias.

El primer error de Hitler, fue declarar la guerra, con una confianza completa en la victoria, sin antes consultar a sus asesores militares, nada optimistas en tal sentido. Guderian reconoce que el Alto Mando alemán era consciente de que esa guerra la perderían, antes o después. Cuando Hitler tuvo la feliz idea de invadir a la Unión Soviética, los generales alemanes al frente del Ejército, vieron reafirmadas sus sospechas, y sabían íntimamente que no tenían nada que hacer ya.

No obstante, según Guderian, una de las mejores hornadas de militares alemanes de la Historia, todos aglutinados entorno a una guerra que sabían perdida de antemano, no cejaron en ningún momento de cumplir con su profesionalidad, como tampoco dejaron de arriesgar sus vidas en la intemperie adversa, que se les iba presentando.

El detalle humano, culmina la obra memorística de Heinz Guderian, cuando se refiere a los últimos momentos de Adolf Hitler, que pudo presenciar en primera persona. Hitler era un hombre obsesionado con la victoria, que iba defenestrando uno a uno, a los más competentes oficiales del Alto Mando, cuando estos eran sinceros y estrictamente técnicos. En el lugar de estos, colocaba a otros que estaban dispuestos a seguir la corriente de la obsesión enfermiza de un Hitler acabado, con las manos temblorosas, y un rostro sombrío que seguía negándose a aceptar lo que no tardó en venir.

FRAN AUDIJE

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentaria

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