El espejismo del mérito: Cuando el punto de partida decide el destino


Por Valentina Cuevas

Fotografías redes sociales
Revista Unidad Parlamentaria —  21 de Septiembre de 2026

En el imaginario de nuestras sociedades modernas se ha instalado una fábula seductora: la idea de que cualquier persona, sin importar su origen ni sus circunstancias, puede alcanzar la cima si trabaja lo suficiente, madruga más y «le echa ganas». La meritocracia se presenta como un árbitro neutral, un sistema justo donde las recompensas se distribuyen de manera proporcional al talento y al sacrificio individual.


Sin embargo, cuando contrastamos este relato con la realidad material de América Latina, la fábula se desmorona de inmediato. El mito del esfuerzo individual como único motor de ascenso social funciona muy bien para tranquilizar la conciencia de los sectores acomodados, pero actúa como una condena moral para las mayorías: les hace creer que su precariedad no es el resultado de un sistema desigual, sino una falla personal de carácter.


«La meritocracia sin piso parejo no es justicia social; es la coartada perfecta que usan los privilegiados para convencerse de que merecen todo lo que tienen y que los demás merecen su abandono.»
— Valentina Cuevas


La cancha inclinada desde la cuna
El punto de partida no es una anécdota biográfica: en nuestra región, el código postal donde se nace y los apellidos que se heredan definen cerca del 70% del destino socioeconómico de una persona.


No compite en igualdad de condiciones quien asiste a una escuela rural sin agua ni conectividad, teniendo que caminar horas o trabajar desde la adolescencia para ayudar a la mesa familiar, frente a quien crece con tutores privados, alimentación de primera calidad, salud preventiva garantizada y una red de contactos empresariales lista para recibirle al graduarse. Llamar «competencia justa» a una carrera donde unos arrancan cien metros adelante y otros descalzos no es ingenuidad; es complicidad ideológica.
El esfuerzo es real, digno e indispensable en la vida de cualquier ser humano. La dignidad de la clase trabajadora que madruga todos los días sostiene a nuestros países. Pero reconocer el valor del esfuerzo no puede ser el pretexto para ignorar que el ascensor social está descompuesto para las grandes mayorías.


La educación: De ascensor social a filtro de clase
Durante décadas se nos prometió que la educación formal sería la gran niveladora de desigualdades. No obstante, al someter el sistema educativo a las lógicas del libre mercado, el conocimiento comenzó a comportarse como un bien de consumo exclusivo.


La mercantilización del prestigio: Las credenciales que abren las puertas a los puestos de toma de decisión se concentran en universidades de élite con aranceles prohibitivos, convirtiendo el título académico en un filtro de casta.


El desmantelamiento de lo público: Mientras se exige excelencia individual, las escuelas y universidades públicas sufren asfixia presupuestaria, precarización docente e infraestructura deficiente.


La trampa de las credenciales: Hoy en día, un joven de periferia necesita acumular dos o tres títulos para aspirar a un salario que un egresado de élite consigue con una simple llamada de recomendación familiar.
«El conocimiento debe ser una herramienta de emancipación popular, no una barrera de peaje que excluye al hijo del trabajador de las decisiones que marcan el rumbo del país.»
— Valentina Cuevas


Reclamar el derecho a un piso parejo
Cuestionar el espejismo del mérito no significa premiar la mediocridad ni desincentivar la superación personal. Todo lo contrario: significa exigir que el talento de cada persona realmente cuente, y no el azar de su nacimiento.


Para que el mérito tenga sentido ético, el Estado y la sociedad deben garantizar primero un suelo básico innegociable: salud universal, nutrición infantil plena, servicios básicos en cada barrio y una educación pública de excelencia que no dependa de la billetera familiar. Mientras esas condiciones mínimas no existan, seguir culpando al individuo por su falta de «éxito» es una forma de violencia discursiva.


Desmontar este mito es el primer paso para dejar de pedir favores y empezar a exigir derechos. En la siguiente entrega abordaremos cómo opera la privatización del saber y de qué manera podemos recuperar la educación pública como una trinchera de soberanía comunitaria.


Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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