Eloy Cuadra , escritor y activista social.
Fotografía Facebook
Tenerife Sur, España, 4 de noviembre del 2026
Si cada vez que ocurre algo luctuoso, una tragedia, un accidente con resultado trágico, nos limitamos a las condolencias habituales, a la conmoción, a la pena, a los minutos de silencio, a los días de luto oficial o a poner toda la responsabilidad y la culpa en un portero o en un controlador despistado, para seguir a los pocos días con nuestra vida como si nada, como si con nosotros no fuera en absoluto, sin haber aprendido lo más mínimo, creo que no nos diferenciamos mucho de los zombies de las películas, de los autómatas o de los borregos de un manso rebaño de ovejas.
Por supesto, vayan por delante mis condolencias a la familia del futbolista Jesús de Miguel, a sus amigos y a todo el tinerfeñismo, por esta auténtica desgracia. Pero una vez dicho esto: ¿no creen que todos tenemos parte de culpa en estas muertes?
Por empezar por lo más reciente, lo del futbolista. Les invito a que vayan a ver algún vídeo de un partido de fútbol de los años 70, de los 60 o de los 80, los futbolistas eran lentos, era un fútbol de salón, donde primaban los regates, la técnica, el pase, no había futbolistas especialmente rápidos, ni muy musculados, ni especialmente potentes.
El fútbol entonces no estaba tan profesionalizado, y era más auténtico, más puro, más noble, no había tanta competencia, ni tanta presión por ganar a toda costa. Tan diferente era el fútbol entonces, que una entrada como la del portero de ayer, en el medio del campo, con esa violencia, es absolutamente impensable que pudiera haberse dado. Pero claro, hoy vivimos en otro mundo hipercompetitivo completamente distinto, la presión por ganar es inmensa, el fútbol mueve miles de millones, y este tipo de violencia está a la orden del día, incluso es alentada y aplaudida por público y compañeros. Tan claro es esto como que al portero del Andorra, ayer, un compañero suyo lo felicitó al instante siguiente de hacer la criminal entrada, dándole una palmadita de aprobación en el pecho, dando a entender que estaba bien que hubiera cortado la jugada y evitado un gol del equipo contrario.
Y este es el fútbol que tenemos hoy, donde ya los regates no existen, y cuanto más fuerte mejor, cuanto más potente, cuanto más rápido, cuanto más violento, mejor, porque hay que ganar a toda costa, cueste lo que cueste. Por no hablar de los aficionados, los que hacen el fútbol hoy, y sabes que ir a ver un partido de máxima rivalidad te puede costar que te den una paliza o incluso algo peor, y lo mínimo que te llevas es un nada gratificante espectáculo de insultos racistas o de odio contra los jugadores rivales, completamente normalizado.
Pues esto, esto es el fútbol hoy. Así que ahora miren a ver en qué medida participan, ríen y apoyan este salvaje y descerebrado deporte rey, tal como está hoy.
Y con los accidentes de tren pasa exactamente lo mismo, es el mismo germen, la misma hipercompetitividad, hay que ganar a toda costa, todo por el beneficio, es el mercado, es el capitalismo de las prisas -decía el marido de una fallecida en Urda-. Los trenes tienen que salir como sea, uno cada seis minutos, hay que llegar rápido al destino, y mover bien a los turistas, para que puedan estar pronto haciendo selfies en otro lado. Porque además la gente lo quiere así. Si no estamos pronto en otros sitios, si no aprovechamos al 200% nuestro día no estamos contentos y nos cabreamos.
Recuerdo en cambio la primera vez que fui en tren, allá por el año 91, en esa línea fatídica Madrid-Málaga. El tren tardó creo que once o doce horas, iba tan lento que me daba para abrir la puerta entre vagón y vagón y ponerme a tomar el fresco con un pie por fuera, mientras veía pasar el paisaje, y no recuerdo que nadie protestara por ello. Tan estupendo fue aquel viaje que me dio hasta para ponerlo en uno de mis relatos recientes.
Y bueno, anécdotas aparte, si han leído hasta aquí y han entendido, entenderán también cuando digo que al futbolista y a los 69 de Urda los hemos matado también un poco entre todos, unos por acción y otros por omisión, por participar en este mundo hiperviolento, acelerado y loco en el que andamos montados.
Ahora, pensemos si podemos hacer algo por no seguir participando.
Los artículos de opinión y fotografías son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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