Por Valentina Cuevas
Revista Unidad Parlamentaria
Imágenes redes sociales
Ciudad de México 4 de Noviembre de 2026
Seguro te ha pasado: abres Instagram o TikTok y lo primero que salta es alguien gritándole a la cámara que «si no duele, no sirve», que «el sudor es la debilidad saliendo de tus poros» o que si hoy no vomitaste en la rutina, sencillamente no le echaste ganas. Nos hemos acostumbrado tanto a ese teatro del sufrimiento que terminamos normalizando una idea bastante peligrosa: creer que ponerse en forma tiene que sentirse como un castigo militar.
La actividad física siempre ha sido una de las herramientas más nobles que tenemos. Es salud preventiva, es despejar la mente después de un día pesado, es ganar autonomía para cuando seamos viejos y es, en el fondo, una forma elemental de cuidarnos.
Pero en los últimos años, con el auge de las redes sociales y la cultura de la inmediatez, ese sentido de autocuidado se fue desdibujando. En su lugar quedó una competencia feroz por ver quién aguanta más castigo, muchas veces promovida por personas con muchísima presencia digital, pero sin las bases metodológicas ni anatómicas indispensables para cuidar la vida de los demás.
Cansancio no es lo mismo que progreso
Hay una verdad muy sencilla en las ciencias del deporte que suele olvidarse entre tanta música estridente y frases motivacionales de pizarrón: reventar a alguien físicamente hasta dejarlo sin aliento lo puede hacer cualquiera en veinte minutos. No se necesita estudiar para poner a una persona a hacer cien saltos o sentadillas descontroladas hasta que le fallen las piernas. Lo verdaderamente profesional, lo que exige años de estudio y vocación, es saber exactamente cuánto estímulo necesita tu cuerpo para mejorar sin poner en riesgo tus articulaciones ni tu corazón.

El cuerpo humano es un sistema biológico fascinante y complejo, no un motor desechable. Cuando alguien prescribe ejercicio de forma empírica, suele cometer tres errores de bulto que terminamos pagando todos:
La receta única para cuerpos distintos: Tratar por igual a un chavo de veinte años que a un adulto con sobrepeso, estrés laboral acumulado o una presión arterial no diagnosticada. El entrenamiento no es una plantilla que se copia y se pega; se adapta a la realidad biofísica de cada quien.
Ignorar que el verdadero avance ocurre en el descanso: Nos metieron en la cabeza que descansar es de flojos. La realidad es que el ejercicio solo genera el estímulo; es durante el sueño, la nutrición adecuada y la recuperación donde el músculo se repara y el sistema nervioso se equilibra. Forzar a un cuerpo fatigado no forja disciplina; solo acumula desgaste y eleva el riesgo de lesiones que tardan meses en sanar.
Culpar a quien se lastima: Cuando alguien termina con un desgarro, una hernia discal o un mareo severo, el discurso fácil del improvisado suele ser: «te faltó actitud» o «tu mente se rindió antes que tu cuerpo». Esa es la salida más cómoda para no asumir que la rutina estuvo mal planificada desde el primer minuto.
«Cualquier persona puede llevarte al agotamiento en un arranque de exigencia ciega; dosificar la carga justa para construir salud, funcionalidad y longevidad exige ciencia, pedagogía y verdadera ética profesional.»
— Valentina Cuevas
La responsabilidad de cuidar la salud de los demás
Piénsalo un segundo con sentido común: si tienes un problema legal buscas a un abogado con cédula; si te vas a operar la vista buscas a un oftalmólogo certificado. Sin embargo, cuando se trata de entregarle a alguien la biomecánica de nuestra columna o el esfuerzo de nuestro sistema cardiovascular, a veces nos conformamos con que la persona tenga buen físico o muchos seguidores en internet.
Tener un cuerpo trabajado o buena genética no equivale automáticamente a saber cómo funciona el metabolismo, la palanca articular o la respuesta psicofisiológica al estrés deportivo. Las ciencias de la actividad física, la fisiología, la educación física y la psicología aplicada no son adornos teóricos: son las herramientas que garantizan que el ejercicio sume años de vida en lugar de restarle movilidad a tu día a día.
Exigir preparación, método y responsabilidad técnica en los espacios donde la gente va a entrenar no es complicar las cosas ni quitarle entusiasmo al deporte. Al contrario: es cuidar a la gente. Es garantizar que quien cruza la puerta de un gimnasio o una pista comunitaria regrese a su casa entero, con más energía para su vida cotidiana y no con una receta médica para desinflamatorios.

El movimiento como disfrute y salud compartida
Moverse tiene que reconciliarnos con el cuerpo, no convertirlo en un territorio de angustia o penitencia. La verdadera disciplina no es la que te lesiona para alimentar la vanidad de una foto, sino la constancia inteligente: esa que te permite salir a caminar, cargar a tus hijos, entrenar a tu ritmo y sentirte con vitalidad a largo plazo.
Es momento de bajarle al volumen de la exigencia tóxica y subirle al del criterio. El deporte es un derecho y un camino de bienestar colectivo; rescatarlo del sensacionalismo y devolverle su lugar pedagógico, riguroso y humano es el primer paso para que el cuidado de la salud sea, de verdad, una fiesta de vida para todos.
«El cuerpo no es una máquina de guerra para demostrarle nada a nadie; es el espacio donde habita nuestra dignidad, y cuidarlo con ciencia y respeto es el mayor acto de amor propio que existe.»
— Valentina Cuevas.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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