Un amor bueno; un amor malo / Luis Mac Gregor Arrollo

Luis Mac Gregor Arroyo

UN AMOR BUENO; UN AMOR MALO

Hacía cinco años que había salido de la preparatoria. Como cada año iba a la reunión con mis ex-compañeros, en la cantina ubicada entre las calles de Madero y Juárez: La chabacana. Iba bastante puntual; aunque la mayoría de los conocidos que siempre llegaban tarde, en estas reuniones, solían arribar temprano.

Al entrar al local, que estaba dividido en varias piezas, vi a lo lejos, en la entrada de uno de los recintos interiores, a José, mi compañero de quinto grado. Sin pensarlo, me acerqué a saludarlo. Al reconocerme, me extendió su mano.

–¿Qué tal Ponciano? ¿Qué me cuentas viejo?

Le tendí la mano y nos saludamos.

–¿Cuál viejo? Ni que tuviéramos sesenta años, ni a los treinta llegamos.

–Ja, ja, ja, ¿pues sí verdad? –Separando nuestras manos.

–Oye, ¿has visto a Manú?

Extendiendo su brazo hacia el interior del recinto –¡Pásale! Ahí está.

Al ver al fondo, pero no en el último grupo de amigos, estaba ahí, platicando con Amada. La mujer quien me había gustado desde la preparatoria y que no tuve la oportunidad de conquistar.

Estaba ansioso de platicarle a mi mejor amigo lo que acababa de descubrir. Mas, al acercarme, me dio pena molestarlo. Vi que sus ojos brillaban al hablar con ella y a Amada le brillaban todavía más. Finalmente me animé y le toqué el hombro. Manú volteó, pero al verme disimuló el disgusto por la interrupción. Lo saludé –¡Hola Manú!

–Hola Ponciano.

–¿Ocupado?

–Pues sí, ¿no se ve?

–Bueno, luego platicamos.

–¡Ándale!

–Oye, ¡gracias por invitarme!

–Sí, de nada.

Así, me retiré y continué reencontrándome con los conocidos. Pasada hora y media, Manú me tocó la espalda.

–¿Platicamos?

–Sí, claro –Diciéndole a Lupita que me perdonara, me fui con Manú a una mesa en el centro del lugar y pedimos dos tarros de cerveza.

–Entonces, ¿qué me dices? ¿Ya te va mejor?

–Sí. Iba por la calle, cuando se me ocurrió ver para arriba y supe cómo mejorar mi situación.

Amada se acercó y por primera vez me vio.

–¡Hola Ponciano! ¿Cómo estás?

–Bien, Amada.

Entonces, ella me dio la espalda y se dirigió a Manú –¿Entonces qué?

Manú consintió, pero le hizo un gesto con el rostro y las manos –SÍ, pero déjame hablar con Ponciano un momento.

Amada, tajante –Sólo cinco minutos –y se retiró viéndome de reojo, despectiva.

–Oye Manú, esa mujer no te conviene.

–Y tú, ¿qué sabes? Igual y me tienes envidia, porque no te toma en cuenta.

–Eso lo sé, pero, aunque no lo creas, a ti tampoco.

–Ja, ja.

–Hay relaciones apasionadas que no llevan a nada, y otras donde se llega a algo.

–¿De qué hablas? Si sólo has tenido un noviazgo de seis meses, y yo ya llevo como cuatro y largos.

–¡Ah! Okey…

–Te lo demuestro. De aquí a un año voy a tener una relación viciosa y pasional, y tú si consigues… ja, ja…, y a ver a quien le va mejor. Nos vemos aquí en un año. Y el que gane…

–…el que gane le invita al otro la copa del vino de $1,500.00, que es el más costoso de La chabacana, ¿va?

–¡Vaya que sí te avientas al ruedo!

No lo volvería a verlo sino hasta después de un año.

Invierno

I

Era fines de invierno y Manú durmió con Amada. Disfrutó de ello lo que nunca, fue un buen acostón. Ella se estaba divorciando y ya tenía tiempo que no disfrutaba de algo satisfactorio. Él quedó encantado. La cosa era clara, los dos tenían los mismos intereses: placer, no compromisos y que el mundo rodara.

Amada tenía dos hijos; pero qué más daba. Él le iba a entrar. A los diez días ya estaban viviendo juntos. Sus hijos se habían ido con la abuelita y los fines de semana su ex, se hacía cargo de ellos. Ella haría su sueño realidad. Estaría con Manú hasta hartarse y con él llevaría a cabo lo que no se había atrevido a hacer con nadie.

II

Ponciano no hizo nada, ni buscó; sólo vivió. De repente un día se sentó en la parada del camión y apareció una chava bien atrevida, vestida de negro, con camisa holgada de escote y mangas semitransparentes, y unos pantalones de látex negro con tela semitransparente en las partes más provocadoras de sus piernas, inclusive cerca de uno de los glúteos, haciéndola sumamente atractiva. Él no se inmutó y del lado opuesto apareció una mujer alta con un suéter guango de color amarillo claro, y unos pantalones de vestir holgados de algodón.

–Hola. –Le dijo a la alta.

Ella, un tanto asombrada, lo saludó –Hola.

Así las cosas, coincidieron unas tres veces en la parada, y de los saludos pasaron a la plática y, de ahí, a la amistad.

Primavera

I

Manú tenía sexo con Amada todos los días. Salía con ella dos veces a la semana. Al salir de su trabajo se iba con ella para disfrutar la tarde. La mujer se preparaba toda la mañana para hacer con él una bacanal de lujuria que lo dejara soñando a lo largo del día siguiente. El hombre terminaba casi desmayado al final de cada tarde. En el trabajo no dejaba de pensar en ella, sentía como si su aliento estuviera todo el tiempo junto a él, provocándole. Manú llegó a tal sublimación que se dispuso a darle a Amada todo lo que la pudiera hacer sonreír sardónica y feliz, con ojos de gozo. Acabó por darle su automóvil y las escrituras de su casa.

II

Finalmente, Ponciano le pidió que se fueran a tomar un café; aunque ella tras verlo de arriba para abajo, y pensarlo un poco, dijo ¬–Mejor a comer y nos tomamos un clericot

–¿Está bien en el Chapillet?

–Bien. No lo conozco, pero he oído que está por Plaza Universal, ¿verdad?

–Sí.

——- ——- ——-

La comida fue algo moderada, pero la plática amena. Hablaron de gustos, historias personales, metas, intereses y ex parejas.

–¡No! ¡En serio sólo has tenido una novia!

–Sí y tú, bueno… ya no sé –Cerró los ojos pensativa, algo condescendiente y cediendo, pero a su instinto.

–Ponciano entendió, sólo acertó a quedarse sorprendido e intentó no dejar salir una sonrisa de agrado. –Te propongo algo atrevido o es muy pronto.

–Dime –Y se le abrieron los ojos a Daniela.

–Si hablamos de nuestros gustos e intimidades.

–Ja, hasta crees.

–Bueno y si vamos a un sauna ¿ahí platicamos de ello? –Se me quedó viendo un poco con ojos de <<te atreves o me cuenteas>>.

Así, fuimos al sauna y platicamos de hasta lo que no. Salimos, cenamos y nos dimos un buen beso. Creo que ya andábamos.

Verano

I

Manú ya no sabía ni cómo se llamaba. En su casa Amada lo respetaba o eso creía o ¿era en público? Según él, gozoso, se había dejado manipular, para sentir el placer absoluto. Ella recurrió a un encantamiento con una foto de él y cinco velas oscuras para hacérselo sabroso.

Un mes después de tantos excesos, Manú se sentía tan ensimismado por lo que le sucedía que apenas sentía que podía dar movimiento voluntario a sus miembros y pensaba, ¿pensaba? Que todo era para el placer. En sus movimientos en la casa, en sus idas al baño en el trabajo, en el roce de Amada hacia él, tenía tanto placer que su pareja se volvió la dueña de todas sus acciones y bienes. Así que ella sólo pensó en darle placer al máximo, para llevarlo a la locura del gozo, y le puso el cuerno en sus propias narices.

II

Llevaban un mes de andar. Un día Ponciano se levantó y pensó <<TLAXCALA, la legendaria tierra de los Tlaxcaltecas>>. Agarró el aparato telefónico al lado de su cama, porque no recordaba a dónde había dejado su teléfono celular, y le llamó a Daniela.

–Hoy domingo, ¿Tlaxcala?

–Tlaxcala, pues.

Y se fueron a Tlaxcala dos días. Ahí fueron al museo local y caminaron por las calles coloniales. Finalmente acabaron por visitar el único viñedo relevante del lugar donde les explicaron todo el proceso de cultivo de la vid y se compraron un par de vinitos.

En la tarde noche se fueron a la plaza a cenar un platillo del lugar y lo acompañaron con alguno de los vinos que habían adquirido.

–Esta semana te toca Ponciano.

–¿Me toca qué?

–Pues, que me digas una frase bonita.

–¿Y desde cuándo?

–Desde hoy.

–MMMmmmm.

–¿Ya lo has hecho juntando pies con manos, amarrándolos y poniéndote un tubito de metal en el pene?

–Pues… hmmh

–¿Qué? No es del otro mundo.

–Bueno, vamos pues.

Otoño

I

Manú ya había quedado en calidad de objeto o, mejor dicho, cosificado. Era parte del último grito de la moda en lo sexual: no pensar, no desear, no moverse y no ser nada. Una vez así, llegaría la intensidad del amor… Hasta la voluntad del amor le había sido arrebatada. Ahora sólo notaba con un gozo que se perdía en la vaguedad, cómo perdía su humanidad. Que la mujer a quien había deseado, le había hecho realidad de llegar al placer máximo a través del único camino verdadero conocido: el vicio auténtico.

Amada ahora llevaría las cosas un paso más lejos: le dio a Manú, sin que él lo supiera, un psicotrópico prohibido en su refresco del medio día. A partir de entonces, el hombre comenzó a ver a su querida en todo ser que se moviera en la calle y hasta en las imágenes de los aparatos electrónicos. Por primera vez se preguntó si esa mujer que lo había hecho venirse como animal, lo había hecho un cornudo célebre en toda la colonia, y ahora sólo lo provocaba como un loco dándole poco pan, ¿recurría a algún tipo de magia? Como sea, terminó por darle lo único que le quedaba: su salario.

II

El sexo se había mantenido igual de bien que cuando la conoció. Era excelso y mal estaría echarlo a perder. La plática era una delicia, un descubrimiento y un agradable intercambio de ideas y de formas de ver la realidad, que todos los días lo entusiasmaban. Sabía que probablemente no se encontraría a alguien como Daniela. No porque entendiera que calidad es mejor que cantidad y porque era leal y fiel; sino porque sabían que eso iba a durar mucho por saber ambos cómo seguir los tiempos de la vida y todo se daría a un ritmo pausado y seguro.

Un día llegó ella contenta a la casa de él. Esas últimas semanas habían sido las mejores. Viajaron a las Barrancas del Cobre y acompañados de aire puro y paisajes se había generado un cambio en ellos.

–Ponciano, si hacemos una reunión con familiares y amigos para celebrar nuestro casi año de conocernos.

Ponciano no pudo evitar sonreír –Estaría bien, ¿verdad?

Un año

Un año después del reto entre Ponciano y Manú. El primero llegó a La Chabacana y se sentó en la mesa donde se había dado la plática. Sólo aspiraba a que Manú se presentara; pues no se habían llamado para confirmar el encuentro.

A los diez minutos rígido, apenas pudiendo moverse y desaliñado, llegó Manú y se sentó de un sopetón.

–¿Manú? –Preocupado, Ponciano le dijo –¿Qué te ha pasado? ¡¿Qué has hecho?!

–¡Esa mujer! ¡Casi me ha matado! Antier salimos. Ella manejaba el coche, digo su coche, y fuimos a un lugar de la ciudad que no conocía… –Casi sollozando –¡Me dejó ahí! ¡Me abandonó en la calle!

Ponciano, serio, estaba por sentirse mal por su amigo; pero recordó lo poco cortés que se habían portado Manú y Amada con él la última vez –Yo me la pasé bien. Al mes conocí a Daniela y vamos felices. Me siento contento. Yo creo que vamos a durar mucho. –No pudo evitar levantar los labios un poco y sonreír, pese a sentir pena por Manú.

–Ponciano, traigo justo lo que quedamos –Rasgó una parte de la tela del interior de su chaleco, y sacó lo de la copa de vino. Manú ya no tenía ni un centavo. Era lo último que tenía y lo había puesto ahí, un año antes, para asegurarse de llegar con la cantidad necesaria ese día. Nunca pensó que lo necesitaría y llegara a ser tan miserable.

Al que antes no tenía suerte se le hizo un nudo en la garganta e intuyó lo ocurrido –Deja Manú –Con su mano detuvo el brazo de su compañero –Yo pago. –En eso se acercó el que atendía –Nos trae dos copas del mejor vino, por favor.

–Sí, claro, al momento.

Las copas llegaron casi de inmediato.

–Al verlas Manú no pudo evitarlo –¡Ponciano! –Comenzó a llorar y con los dedos de las manos intento arañar la superficie de madera de la mesa –¡Soy tan miserable! ¡Esa mujer me dejó sin nada! –Temblando puso su rostro entre sus brazos sollozando. –¡¡¡Ayúdame, por favor!!! ¡¡No sé qué hacer, me mueeroo!!

Así terminó la historia que siempre se ha repetido a lo largo de los siglos. No hay como tener un amor bueno para disfrutar de la comprensión y de los placeres más insospechados -Viviendo todos los días para contarla-; a un amor malo, ingrato y decepcionante que sólo se da a desear. Nunca te da amor verdadero, pues al final el primero vive lo que el segundo anhela, mientras el segundo muere solo, sin nada, vacío y habiendo gozado un bledo. Antes que nada, primero, hay que vivir.

hoyoblanco.simplesite.com

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