Ale y Alex / Leticia López Pérez

Leticia López Pérez

La sala de la casa, con poca iluminación, no parece tan acogedora; pero Ale ya no mira las cosas que pudieron ser, cuando hubo promesas, besos tiernos y la certeza de un camino juntos sin importar lo que sucediera.

Alex yace ebrio en el sofá. Esta noche llegó después de la hora prometida, a una cena para dos acordada, que Ale cocinó cuidadosamente, con velas en la mesa y una prueba de embarazo positiva guardada en la servilleta de tela doblada en forma de cisne.

Las velas apagadas, la luz indirecta de la cocina llega hasta ella, que bebe agua lentamente, mientras sus ojos abiertos miran la línea de sombra que sale de la pared de la cocina y corta en diagonal una silla del comedor. Luz y oscuridad. Ella mira también otros momentos, en los que una cita, una promesa, un compromiso, pasaron de largo para Alex y sencillamente no llegó.

Alex ahora no se mueve. Sólo una respiración profunda, en un cuerpo demasiado flojo, inflamado por el alcohol, exudando un aroma clásico del proceso del cuerpo para eliminar la sustancia.

Ale empieza a sentir que ese romántico y dulce hombre que está a su lado, que comparte casa, que cuida que toda necesidad sea cubierta, y seguramente lloraría de felicidad ante el embarazo, nunca cumplirá ninguna promesa. Un nuevo trago de agua, recorre el interior de la mujer de 27 años, y pareciera que se lleva consigo la presencia de Alex en ella. Su cuerpo, a cada sorbo de agua, va dejando de ser espacio disponible, se cierra y se vacía de su marido, quien se le escapa de dentro de ella.

Un suspiro, mientras mira al hombre que jamás la ha herido con golpes, que nunca la ha insultado, tampoco la ha dejado a mitad del camino en el sexo, pero a quien el alcohol le ha hecho lastimar la palabra “prometo” y que siempre ha cubierto con flores y canciones suyas, apasionadas, que vuelven a vencerla.

Otro sorbo de agua, Ale camina hasta la ventana del comedor, y va notando que cada regalo que hay en casa, es una promesa rota, una ausencia, una lavadora abandonada hasta la putrefacción, un plato sin lavar hasta que lo lava ella, una consulta médica sola, una o más noches sin dormir esperándolo.

La sensación de abandono, el saber que Alex en realidad ama el alcohol, y nunca estará si ella lo pide, revela un frío de huesos, como si se esfumara una imagen ante otra imagen, y dentro de ésta, otra imagen que no habla de amor, ni de un sueño de pareja esperado.

Suspira de nuevo, y la prueba de embarazo asomada en la servilleta, la lleva a tomar otra decisión. Toma entre sus manos la prueba, y se la lleva, luego va a su habitación.

Una maleta comprada para unas vacaciones nunca tomadas, resulta perfecta para poner lo indispensable. Un postit es una nota de despedida sobre la botella de vino que esperaba ser abierta, y parece suficiente para notificar la situación.

Ale deja un beso, cierra la puerta cuidadosamente, mientras Alex sigue perdidamente dormido en el sofá, y el mundo muestra su rostro de libertad para ella.

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