Los septiembres

Por Leticia López Pérez

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Habíamos terminado de cenar. Estaba cargando mi celular y tensa escribiendo mensajes de what’s app cuando escuché la alerta sísmica. Me quité los audífonos para comprobarlo, porque el sonido era muy tenue.

Desconecté mi teléfono, lo guardé en mi bolsillo, tomé a mi hijo, y debido a que llovía, lo llevé al baño, diciéndolo en voz alta, de manera que mis padres, adultos mayores, me acompañaron ahí.

Mi cabeza recordó todos los memes del 7 de septiembre, la canción del desaparecido grupo Mecano, los recuerdos del sismo de 8 grados que destruyó Oaxaca en 2017, cuando la noche estaba más avanzada.

En esa noche, mi hijo de 5 años dormía, y me abrigué para salir, pero no podía despertarlo. Primero pensé en ponerme en cuatro puntos sobre él, para protegerlo, pero como aumentaba de intensidad, insistí en despertarlo, abrigarlo y salir con él, sosteniendo su mano en las escaleras. En aquella ocasión, yo no me asusté, sin embargo, él sí, y nuestro casero lo tranquilizó.

Esta noche, en el baño, ambos estábamos asustados, mientras lo abrazaba, mi memoria emocional se fue al 19 de septiembre de 2017, cuando este pequeño asistía a preprimaria, y estaba en clase. Aquel medio día estaban mi hermano y un amigo en mi casa, mientras mi padre trabajaba y mi madre cocinaba.

No sonó la alerta sísmica. Solo un movimiento trepidatorio, que al inicio no parecía fuerte, había hecho a mi amigo correr a la puerta de la calle. Pero mis familiares y yo, no reaccionamos tan pronto, porque los sismos no nos daban miedo.

Entonces la intensidad de los brincos, pronto se hizo muy fuerte, y mientras mi hermano intentaba hacer que mis padres, en aquel momento de 75 años, admitieran bajar, yo dudaba en bajar con mi amigo o quedarme con mis padres, hasta que el choque de las rocas del suelo contra los cimientos del edificio, provocó un sonido más poderoso que el taiko más grande del mundo, más fuerte que el trueno más intenso que haya escuchado en toda mi vida.

Ese sonido me hizo pensar que la construcción que habitamos se derrumbaría, y bajé las escaleras a gran velocidad. Diría que volé a la planta baja, y corrí hacia mi amigo, abriendo la puerta principal para salir a la calle, mientras mi hermano seguía intentando sacar a mis padres.

La simple idea de estar dentro de un derrumbe, sembró en mí una información que en 1985 no ocurrió.

En ese lejano evento, yo tenía 13 años y estaba en secundaria. Mi padre nos había dejado en la escuela hacía pocos minutos y nos tocaba encaminarnos a nuestros respectivos salones.

Recuerdo que solo en ese ciclo escolar, cada uno de mis hermanos y yo, estábamos cursando un nivel diferente, y por esa razón, estábamos separados en diferentes áreas: mi hermano en primaria, yo en secundaria, mi hermana en preparatoria; de modo que no nos vimos, y cada quien tuvo una experiencia distinta. Incluso mis padres, porque mi papá se dirigía a su estudio, y mi madre estaba sola en casa.

Nuestro pequeño departamento en la Colonia Narvarte vio, con mi madre como único testigo, el choque constante de la casa contigua contra el edificio que habitábamos, y la fractura de los ladrillos en ese punto, justo detrás de los sillones de la sala de mi casa, haciendo un boquete, perdiendo ese pedazo de pared en el reglamentario espacio entre construcciones.

Pero ni eso, ni haber visto la alberca de la escuela hacer olas, ni el regreso a casa temprano, ni los derrumbes en el camino, me hicieron sentir miedo.

A pesar de que podía notar la ineptitud del gobierno y el ejército, lo único que me asustó fue la voz de Félix Sordo atrás de los escombros de Televisa Chapultepec derrumbada, y un edificio tumba que quedó por años en la calle de Chihuahua, en la colonia Roma, y que para ir a mi clase con Luwdik Margules, diez años después, veía, siempre desde la acera contraria, por si las dudas.

Sin negar el horror de meses en mi ciudad, 1985 no me asustó. Y pude lidiar por años con los sismos, aún embarazada.

Pero 2017, estaba enmarcado de situaciones muy difíciles para mí, y aquel estruendo hondo y estallante de los cimientos, en una trepidación violenta como nunca antes, ya no permitió que ningún movimiento de la tierra fuera lo mismo.

Tras abrir la puerta y ver a mi hermano acompañado de mis padres en la banqueta, abracé a mi amigo que se fue a su casa, con su familia, y yo no lograba hacer conexión a Internet con mi celular a fin de obtener información acerca de la intensidad.

Sólo me forcé a calmarme, porque recordé que soy madre, y tenía que ir por mi hijo a la escuela. Mi hermana había tenido junta en las oficinas centrales de la SEP, y no contestaba el teléfono.

Vi que Tlalpan, del mismo lado del que estaba mi hogar, tenía un avance lento en el tráfico, y mientras tomaba la pesera en División del Norte, rumbo a la escuela, intuí que las cosas posiblemente serían iguales o parecidas a las de ‘85, y decidí que regresaría a pie con mi hijo.

En la escuela, los preescolares narraban su aventura con emoción positiva. Se interrumpían para contarme, y decidí no exacerbar miedos, por lo que sólo flui. Los niños de primaria grande sí estaban asustados, y en el chat del grupo, nos apoyábamos los papás y mamás para hacer llegar buenas noticias a los hijos. Muchos nos quedamos con el grupo hasta que llegaran todos los papás, para dar contención.

Así, ya logramos volver a casa, y al advertir que todos los destinos al Norte estaban totalmente parados, supe que había sido una buena decisión el regresar a pie, porque, aunque al Sur no había tráfico, los cruces bloqueaban el avance de los vehículos.

Ya antes de cruzar Tlalpan, un vecino tenía la radio de su auto encendida y las puertas abiertas, para que todos escucháramos. Adriana Pérez Cañedo informaba del Soriana Taxqueña derrumbado, del multifamiliar de la Colonia Centinela hecho escombros con vecinos dentro, y de Los Girasoles también con derrumbes.

A medida que pasaban las horas, con muchas interrupciones, supimos que Obrero Mundial Taxqueña, Hacienda Coapa, División del Norte, Xochimilco, y, en suma, la Ciudad, precisamente en las zonas donde mi vida transcurrió a través de los años, incluyendo el condominio en que viví durante secundaria, se había derrumbado.

Nuestra historia era escombros, y solo hasta avanzada la noche, supimos que no habría réplica.

Mi hijo quería llevar sus cobijas en su triciclo a la zona de derrumbes. Lo abracé agradecida. La pregunta siguiente sería ¿Cuál de todos?

En cada kilómetro de polvo y arena, había compartido experiencias con gente querida, y aún había vivido gente importante para mí. Ahora sólo quedaba la paciencia de un internet intermitente para saber por olas de mensajes, que mi mundo seguía vivo. Pero la cara de la Ciudad, se había perdido, y en los viajes siguientes, por más de un año, vería el torcido y filoso recordatorio, de la repetición, justo el mismo día.

La noche de ayer, con mi hijo en brazos, la memoria emocional, a partir de una alerta sísmica que suena horroroso, sólo estaba la incertidumbre, los dos minutos que se sintieron como dos horas, mi mamá de 79 años que, en la oscuridad del corte de luz, y en movimiento, quiso salirse a buscar a mi hermano, y yo recordándole que mi hermano es adulto, y ella, ya muy mayor para correr el riesgo.

El evento terminó, y no pasó más que la electricidad intermitente horas, hasta que se cortó por completo el suministro.

La noche nublada permitía algo de iluminación gracias a las nubes blancas. Mi hijo tenía miedo y no podía dormir. Me quedé sentada a su lado hasta que se sintiera tranquilo, y estuve contestando mensajes con mis datos de celular, preguntando e informando que estamos bien.

Volvió a repetirse la fecha, pero esta vez, nada en ninguna de las poblaciones en las que se percibió el sismo, fue dañado, en lo físico, pero todos tenemos memoria emocional, y ahí, estuvimos juntos.

Romina

Por Leticia López Pérez

Sentada en la banqueta. Ella no sabe lo que significa.

Un hermano ¿tío? En brazos de su mamá ¿abuela? ¿tía?, otro menor que ella encamina alejándose, la mujer grita para detenerlo ¿hermanito? ¿tío? ¿primo?

Todos van y vienen juntos. Otra mujer sostiene a otro ¿primo? ¿hermano? ¿sobrino?

Romina va y viene. Hoy es la banqueta, ayer fue un puente sobre Calzada de Tlalpan. Hoy esta es mamá, ayer fue la otra mujer.

El sol aplastante de hoy hace que su cuerpo infantil sude, ayer fue la lluvia.

Lo que nunca hay es comida. Solo personas que van y vienen con prisa y cubrebocas, pero ellos no usan cubrebocas. Nada.

La mujer que los trae y lleva ha tosido mucho, se tapa con el codo, pero no parece bastar. Se ve roja, cierra los ojos.

El bebé llora, el hermanito se aleja. Romina lo llama. Un señor quiere comprar cigarros. Romina lo despacha. La mujer está muy caliente, jadea, no responde.

Romina le habla, la mueve, es inútil. Entonces grita, grita que su mamá se ha muerto en una lengua que no se entiende, un grito que no le oyen a una niña indígena de trenzas y piojos.

Romina recuerda dos palabras en español, y camina a la clínica cercana al puesto, gritando “¡Mamá murió!”.

Paramédicos hacen a un lado las cajas de mercancía, precioso tesoro familiar formado de chicles, camotes, cacahuates y cigarros, patrimonio que podía pagar algo de comida.

Romina llora las dos tragedias, y no hay nadie a quién llamar. La mujer que la cuidaba es llevada por los paramédicos al hospital por Covid-19, mientras Romina queda con sus hermanos en la banqueta, entre cajas volteadas, y con la mirada de agua, junta productos, unos pisados, otros solo sucios, y los empieza a guardar.

Pronto será hora de regreso al cuarto que llaman casa, por un camino que no recuerda, y solo se queda ahí, con sus hermanos. Abre un mazapán, y se lo comen los tres juntos, con sabor a sal de lágrimas y sensación de estar perdidos.

Metro significa medida

Por Leticia López Pérez

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Metro, Del gr. μέτρον métron ‘medida’, es el nombre que le damos en la capital mexicana al sistema de transporte colectivo más utilizado en la región, llevando cada día a sus destinos a 4.6 millones de pasajeros, siempre sobrepasado por un millón de pasajeros, hasta antes de la pandemia.

El servicio, eficiente hasta donde pudo ser, inició sus operaciones con la línea 1, el 11 de abril de 1970, y desde entonces ha continuado creciendo, ofreciendo con los años, nuevas rutas de servicio, de bajo costo y eléctrico, logrando conectar a la capital de un extremo a otro, permitiendo así que la población modificara sus hábitos laborales, recreativos, y una búsqueda mejor de cualquier servicio.

Sin embargo, y a decir de los mismos operadores del metro, en charla informal, el mantenimiento ha sido escaso, casi desde sus inicios, y hoy en día, por ejemplo, hay momentos en que los trenes de la línea uno permanecen inmóviles hasta por cuarenta minutos porque uno de los convoyes simplemente no funciona, y se ven en la necesidad de repararlo a todo vapor para poder terminar el trayecto, y seguir ofreciendo su servicio a una ciudadanía que no perdona, y depende mucho de este transporte.

Otros momentos, corresponden a los tramos del sur de la línea 3, donde el tren brinca incesantemente debido a los desniveles de las vías, las cuales tampoco han recibido mantenimiento en años.

También hay puertas de convoyes que ya no cuentan con el sello de hule, y la gente viaja en una unidad mal cerrada, con riesgo grande en horas pico, cuando todos están apretados debido al exceso de usuarios por tren.

Las estaciones cuentan con una ventilación insuficiente para la cantidad de habitantes que esperan ahí abordar algún tren para acudir a sus empleos o a sus domicilios. El mismo problema lo encontramos en cada vagón saturado más allá de su capacidad, con ventanas abiertas parcialmente, y sistemas de ventilación que no cubren a plenitud la necesidad.

Los encargados de gobernar la capital pasaron de regentes a jefes de gobierno. En el pasado, el Presidente de la República los designaba, y así fue que el servicio del Metro inició bajo la gestión de Corona del Rosal, y continuó con buen servicio hasta más o menos la gestión de Aguirre Velázquez, cuya ineptitud durante el terremoto de 1985 fue parte de los defectos que empezaron a deteriorar las construcciones del metro.

La caída libre de la calidad de los servicios del metro se hizo más visible durante la gestión de Espinosa Villareal, y no han dejado de aumentar sus defectos desde entonces, con goteras, cortos eléctricos, vagones sin luz, y un sin fin de defectos más.

En 1997 la capital pudo elegir a su jefe de gobierno, y ganó la izquierda el dominio del corazón de México, pero ni Cuauhtémoc Cárdenas, ni Rosario Robles, ni Marcelo Ebrard, ni Miguel Ángel Mancera, ni Alejandro Encinas hicieron gran cosa. Solo Andrés Manuel López Obrador dio algo de mantenimiento a la línea 2 del metro, pero las demás quedaron sin atención alguna.

La construcción de la línea 12 inició su proceso durante la gestión de Marcelo Ebrard, y la terminó Miguel Ángel Mancera. La línea dorada que significaba la aportación de la Capital del país a los festejos del centenario de la Revolución Mexicana, y bicentenario de la Independencia de México. El orgullo del gobierno de izquierda.

Construir nuevas estaciones de metro no implica haber cuidado las instalaciones que ya se tenían, y por supuesto que no ocurrió.

Todos los jefes de gobierno que han estado en el cargo desde los años ochenta, han descansado en las características que tuvo la construcción del mismo, confiados en que nunca pasaría nada, y jamás se ha hecho una revisión a conciencia de las instalaciones, los trenes, los sistemas de ventilación, la seguridad real para los pasajeros.

La actual jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum ha tenido cargos públicos dentro de la administración de la capital, y en cada uno de ellos ha mostrado poco cuidado por la seguridad de la gente, poco cuidado por el medio ambiente, y ante ello, ha tenido un muy eficiente manejo del discurso.

La construcción inicial del metrobús implicó tala de árboles del Avenida Insurgentes, para lo cual prometió una reforestación de la que a la fecha, no ha dado referencias. Para la construcción del segundo piso del Viaducto y del Periférico, jamás dio cuenta de cómo se construía y qué tipo de materiales se usaba. Durante su gestión en Tlalpan, fue acusada de la tala de 2 mil árboles para poder construir el proyecto Patio Tlalpan, un centro comercial.

Pero Claudia no sólo no ha rendido cuentas de todos estos eventos, sino que desde que inició su gestión, ha tenido que enfrentar cuatro incidentes en las instalaciones del metro.

El 11 de marzo de 2020, a las 23:37, dos trenes en la estación terminal Tacubaya chocaron. Esta es una de las más usadas debido a que conecta tres líneas del sistema, y es punto de partida de diferentes rutas de microbuses hacia el poniente de la ciudad. El incidente dejó al menos un muerto y 41 heridos. El resultado del peritaje indicó que este accidente tuvo lugar a consecuencia de una falla humana.

El 9 de enero de 2021 se incendió el principal centro de control del metro. Al lugar acudieron bomberos y la jefa de gobierno. La Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México informó que este siniestro fue causado por un corto circuito. El resultado fue de un muerto y al menos 30 trabajadores intoxicados. A este evento, Sheinbaum dijo que había sido resultado de la falta de mantenimiento de gestiones anteriores.

El 3 de mayo de 2021, a las 22:00, tiempo local, una trave que formaba parte de un puente aéreo de la línea 12 del metro cayó sobre la avenida, jalando consigo al tren del metro, y dejando un saldo de 26 muertos, y cientos de heridos. La jefa de gobierno culpó a la constructora y a los gobiernos anteriores. Sin embargo, este punto de la línea dorada fue señalado reiteradamente por la población desde el terremoto del 19 de septiembre de 2017, ya que quedó dañada la estructura. Fotografías del deterioro de las columnas y la trave circularon abundantemente por redes sociales desde entonces, y no dejaron de señalarse por los habitantes del lugar hasta el día del siniestro.

El peritaje habla de defectos de construcción que se sabían desde el momento mismo de la construcción, que fueron atendiéndose parcialmente con un mantenimiento que nunca alcanzó a resolver de fondo el problema generando esta tragedia enorme, que impactó negativamente a los capitalinos, y que dio como resultado la pérdida de la mitad de las alcaldías de la Ciudad de México para el partido de Claudia Sheinbaum en las pasadas elecciones.

El 23 de junio de 2021, a las 10:00, en el puente provisional que permite a los usuarios cruzar la Calzada de Tlalpan para poder abordar en la estación Villa de Cortés, cayó un plafón sobre dos automóviles, y esta vez, afortunadamente, sin heridos. La jefa de gobierno recurrió nuevamente a culpar a otros, esta vez, a la constructora de las torres de control de la estación, que aún siguen en obra.

Si bien es cierto que hay múltiples culpables en cada uno de los eventos que involucran a Sheinbaum, quien estaba el frente en todos ellos, era la funcionaria, y por ello, es responsable de los mismos. Cada una de las situaciones descritas pudieron evitarse si se parte del postulado de 51 años de servicio sin atención alguna, porque los materiales se desgastan, los hules se resecan, los cables se deterioran, y aun teniendo la mejor voluntad, resulta inevitable un accidente. Pero un accidente tras otro es reflejo de cosas más profundas.

Parece la metáfora de una medida de todo el sistema político que ha gobernado este país, que a pesar de cambiar de partido al frente, no ha cambiado en maneras de operar, en corrupción, en desvío de fondos, en mantener a la población de escasos recursos exactamente igual desde hace más de noventa años.

La realidad es que a fuerza de mantener el sistema como está para poder seguir cobrando por debajo del agua sobreprecios en obras y materiales en todas las áreas, el sistema es el que empieza a caerse por sí mismo, sin que nadie haga nada para favorecerlo o evitarlo, y parece tragicómico que los funcionarios a cargo sigan contestando con discursos bien elaborados, pero sin mirar la realidad: el metro es la medida de lo insostenible.

Ciudad de México, a 23 de junio de 2021

Camila

Por Leticia López Pérez

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Llanto sin fin sobre la cama que empieza como una alerta. Algo espera del entorno. Mamá no responde.

Llanto enojado que habla del derecho a expresar sentimientos, que todavía no tienen nombre. Mamá no está.

Llanto que habla de algo más fuerte que un cuerpecito de dos años, incapaz de dialogar y sufre. Papá no contesta.

Llanto que vacía contra el suelo toda el agua del cuerpo y arde la garganta, la piel caliente. Papá no está.

Llanto que no alcanza a saciar la rabia, el desconcierto, la nalgada picante sin motivo. Mamá no explica.

Llanto desesperado ante la ausencia que se hace más fuerte para convertirse en botella al mar con muchas ganas de ser encontrada. No hay respuesta.

Llanto angustiado que advierte la soledad, en la asunción del abandono, en la incomprensión de tanta ausencia. Nadie le habla.

Llanto aterrado. El vómito del miedo repulsivo y agotador, convencida de que no es amada, ignorante de las causas. Nadie le ayuda.

Llanto vencido. El dolor y la tristeza de saber que está sola, que sus sentimientos son rechazados, que esto que ha sucedido es inaceptable, y su culpa. No hay abrazos.

Llanto apagado. Camila se duerme entre mocos, lágrimas y vómito, recargada en la colcha de la cama, sentada en el piso, aprendiendo que ser aceptada tiene una cuota de dolor y sacrificio en sus sentimientos y necesidades. Para existir, hay que pagar el precio.

La evolución del entorno

Por Leticia López Pérez

Fotos: Leticia López Pérez

México se encerró en sus casas el 20 de marzo de 2020. El virus SarsCov-2, desconocido para el organismo humano, causante de la enfermedad Covid-19, llamada así porque el primer caso que se conoció, tuvo lugar en diciembre de 2019.

Muchos de nosotros, desde ese momento pensamos que sería la siguiente pandemia, puesto que, en pocos días, el número de contagios había sido considerable, llegó a Europa, se extendió por Asia, y supimos que no tardaría mucho en llegar al continente americano. Y así fue. Llegó con viajeros que tenían la posibilidad económica de ir al extranjero, y no sabían que traían consigo al virus más letal que había conocido la humanidad, para la cual no había tratamiento a pesar de la inmediata respuesta de la comunidad científica mundial como nunca antes. Pero la gente moría, y moría muy rápido.

Ante esta amenaza invisible, la única medida de mitigación posible fue meternos a todos en nuestras casas. Fue semana a semana, cuando un nuevo país anunciaba su respectiva cuarentena, hasta que, al llegar a nuestro continente, se declaró oficialmente la pandemia. Recuerdo cómo antes de entrar en nuestra casa, tras haber hecho las compras que creíamos, serían para un mes de encierro, le dije a mi hijo que el virus nunca se iría, y que esto marcaba el inicio de una nueva manera de vivir para toda la humanidad.

Y así ha sido, nuestras dinámicas cambiaron, y hoy llevamos ya más de un año en nuestros hogares. Hoy, tras las compras a domicilio, y las pequeñas compras de mandado con cubrebocas en las tienditas de la colonia, vamos saliendo a un mundo que cambió en nuestra ausencia.

La miscelánea de Don Joaquín, Don Rafa, Don Samuel, sobrevivieron porque los vecinos no se sentían seguros de tomar un transporte lleno de gente para ir al súper. Los supermercados sobrevivieron porque organizaron un gran sistema de entregas a domicilio, que por momentos se vieron rebasadas, y las entregas se programaban hasta tres días después de haber hecho el pedido. De hecho, quienes crecieron fueron las plataformas de venta a domicilio, y al parecer, es una modalidad que ha llegado para quedarse.

Salir a la calle significó saludar de nuevo a Toño, a la señora de la panadería, con sus estantes protegidos con plástico cristal, y todo cubierto para evitar que el virus contamine sus productos. Significó encontrar la papelería aún abierta, vendiendo sus cuadernos, pegamento, juegos de geometría y productos de mercería como siempre. Implicó ver moños negros afuera de diferentes inmuebles, anunciando la pérdida de familiares y vecinos, encontrar el tráfico de siempre, e ir sintiendo el esfuerzo del cuerpo a volver a recorrer lugares que habían dejado de ser cotidianos.

Pero al caminar por calles más grandes la historia ya no fue de reencuentro, y empezó a notarse el efecto pesado de esta pandemia, donde las mismas razones que permitieron sobrevivir a negocios locales e hicieron crecer como masa con levadura a los negocios de entrega a domicilio, hicieron imposible resistir a los negocios medianos. Sólo algunos se sostuvieron recortando personal, dejando una ventanilla de atención, y enviando sus productos a domicilio. Otros dejaron el inmueble y se movieron al servicio por Internet. Muchos sencillamente quebraron.

Caminar por Miramontes deja una sensación agridulce, pues podemos apreciar jardines hermosos, bien cuidados, árboles acompañando la caminata, aves por doquier, pero al mismo tiempo, personas conocidas han quebrado los negocios que les permitía mantener a sus familias. Así, caminar por avenidas de mediana importancia es como acudir a un sepelio tras otro, con cortinas de metal cerradas, letreros de “se renta” muy juntos, escaparates que ya no dejan ver productos sino polvo y espacios vacíos.

Nuestro entorno ya no será el mismo. Muchas cosas que acompañaban nuestra vida ya se han ido y quizá no vuelvan. Una tienda de antigüedades quebró muy pronto, y sólo se aprecian objetos que nadie considera comprar por ahora detrás de una reja. Un edificio que se había concebido como plaza comercial está vacío en casi su totalidad, polvo, silencio, autos pasan sin reparar en el fenómeno, porque los grandes establecimientos siguen ahí, indiferentes a las pequeñas tragedias de sus vecinos menores, de los dueños de los espacios inútiles, para cuya remodelación no hay suficiente capital, y queda el deterioro por doquier.

La imprudencia

Fuente: Conferencia de prensa 10 de junio 2021

Por Leticia López Pérez

El viernes 11 de junio termina el ciclo de conferencias de prensa COVID.

La epidemia no solo no ha terminado. Ellos hacen la lectura forzada de “20 semanas de descenso ininterrumpido”, cuando el reporte escrito dice claramente que hay un repunte. Por supuesto que será menor que antes de las vacunas, pero no se ha acabado la pandemia.

Sin embargo, la lectura del discurso en la población, reuniendo los elementos semáforo verde, fin de las conferencias, es de que se ha terminado la epidemia, y ya no hay virus.

La urgencia de reactivar la economía, aunque entendible, lleva a sugerir una idea que no se declara, solo se toman dos decisiones que, al unirlas, la advertencia de que no ha terminado la pandemia resulta irrelevante.

De esta manera, la gente se lanza a las calles desprotegida, pues no todos están vacunados ni inmunizados. La responsabilidad directa no puede ser del gobierno porque sí dijeron que la pandemia sigue, pero lo es porque saben que gobiernan un país ignorante, y saben que ambas decisiones, aunque por separado no implican nada, juntas son exactamente el mensaje clave: esto ya terminó.

Ahí, después de tantos meses eficientes durante la primera etapa de la pandemia, ahí sí hay un mal manejo, una grave irresponsabilidad, y espero que esto se cobre con creces.

La situación económica tardará en recuperarse mucho más que los tres años que le quedan a Andrés Manuel, porque ha afectado a todos en todas partes aun cuando el mismo fenómeno pega más fuerte a los que viven al día.

Esa parte no es su culpa, pero sí su responsabilidad, y hay que admitir que, a pesar del mejor esfuerzo, no logrará lo que soñaba. Requiere un plan mundial interdependiente. Olvidar fronteras, pensar en todos juntos.

Pero eso no va a cambiar solo por sacar a todos a las calles. En cambio, empeorar rápido por querer dar carpetazo de facto, en el modo en que lo están haciendo, eso sí los va a llevar pronto lejos de lo que quieren decir: que han hecho todo estupendamente. No es cierto.

Y no soy fifí ni de derecha. Estoy totalmente al otro lado.

Caminar un año


Por Leticia López Pérez

Unidad Parlamentaria surgió y ha sido todo este tiempo, un espacio para albergar muchas voces. Para pensar la pandemia, para expresar el caos, para señalar lo que otros ignoran.
Desde que apareció ante mí el primer texto que Héctor me solicitó corregir, hasta ahora, desde que vi los primeros trazos de la revista, hasta hoy, he encontrado crecimiento, evolución, movimiento, y en especial, he escuchado y me he sabido escuchada.


Es esto Unidad Parlamentaria, la unidad de la diversidad para formar un coro que ha cantado sin descanso durante un año, en un esfuerzo colectivo, en un andar compartido de personas que habitan diferentes latitudes, y ponen su mirada para acompañar al lector y permitirle mirarse a sí mismo.


Hoy me uno a la celebración, porque este año lo logramos todos: quienes escribimos y trabajamos para darle existencia, y todos los que nos leen.


En este año llegamos a Venezuela, a España, a la comunidad latina de Estados Unidos y a todo México. Y queremos llegar más lejos.


Felicidades a todos los que hacemos la revista, especialmente, a Héctor Tenorio Muñoz Cota, porque ha entregado mucho de su tiempo personal para impulsar este proyecto.


A caminar otro ciclo juntos, que de eso se trata la vida.

Liz

Por Leticia López Pérez

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Cerrar las cortinas. Aún de día, aún si afuera sucede el día continuo. Cerrar las enormes cortinas azules de la ventana gigantesca. Quedar a media luz, mirando dentro, frente a la ventana.

Cerrar los ojos. Aún si estás despierta, aún si afuera esperan tu mirada. Mantener los ojos cerrados para sólo sentir el descomunal grito interno que prefiere permanecer callado al exterior, frente a la ventana.

Cerrar la boca. Aún con palabras, aún si afuera quieren escucharte. Cerrar la boca carnosa y morderla para resistir voces internas que quieren llamar a quien ya no contestará, y nunca tocará la ventana.

Cerrar la puerta. Aún si hay visitas por entrar. Cerrar la puerta con llave, tapar el cerrojo, ocultar la mirilla, para no dejar salir un solo indicio de lo que hay dentro. Dentro del gran salón con mucho espacio, donde solo estás tú.

Cerrar los brazos. Aún si afuera unos a otros se sostienen y te quieren brindar su calor. Cerrar los brazos a la gente, al aire, al abrazo que ya no darás, más que a ti misma. Cerrarlos en el abdomen, en el vientre, en el pecho. Debajo, arriba, aun lado de ti, estás tú. Eres la voz que te responde.

Cerrar tu cuerpo. Aun cuando parezca que hay mucho por vivir. El que caminaba en tu vida ya no está, y un círculo de ti en el piso, sosteniéndote como solo tú lo hacías antes de la ausencia, como nadie puede hacerlo, para ir dejando escapar, en goteo lento, lo que hay de él aún en ti.

Martina

Por Leticia López Pérez

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Lo ve correr con el papalote. Este describe un círculo y luego se precipita.

Martina sonríe desde la banca en la que ve al niño correr a toda su velocidad para volar un papalote. Después su mirada, en un papalote rojo que cae sin remedio hasta romperse la saca del parque.

Esa edad tendría Santiago, pero no llegó jamás. En el dolor callado, en su tristeza desconsolada no cabe nadie, porque nadie pudo entenderla.

Una maternidad perdida a veces permanece en el vacío de los brazos, y la canción de cuna que no se cantó, que hace llorar cuando se escucha.

La implacable pregunta de sus familiares, queriendo saber cuándo tendrá hijos, ignora su oscuridad. Santiago guardó con él toda posibilidad de otro embarazo, y la pregunta se vuelve cruel al ignorarlo.

Martina no volverá a ser madre, y un suspiro que busca continuar con la vida es lo último que dedica a ese niño desconocido que ahora llora por su papalote roto.

Parece que la familia pregunta creyendo que la felicidad de toda mujer es la maternidad, pero Martina se asoma al hueco del corazón con esas preguntas que no resultan alegres, pues ella no quiere volver a pasar por eso. Ella cerró toda posibilidad.

-Estarías tan feliz con un niño- La tía Graciela pregunta mirando atenta toda reacción

-No tía. Yo no.

Y las palabras son dagas que olvidan el respeto a decisiones ajenas, reduciendo a Martina al útero, como la única opción biológica posible.

Martina se levanta y empieza a caminar en el parque, lejos de la tía, lejos del papalote, lejos de un Santiago tan presente en sus pensamientos, en busca de sí, de lo que una mujer sin hijos puede ser.

Luciana

Por Leticia López Pérez

Los objetos perdidos son un tesoro que no se busca allende el mar. No en un parque. No lejos de lugares donde se estuvo, ni en paseos antiguos.

Los objetos perdidos se quedan en la memoria del cuerpo, donde se llevaron puestos, en el gesto que los busca como parte de un movimiento cotidiano que se relaciona con la vida de la que formaron parte.

Los objetos perdidos no están bajo los muebles, ni se cayeron por casualidad durante el juego con los hijos. No están por aquí, ni por allá, porque se fueron en dos litros de leche para los niños, en la renta, en un pantalón nuevo porque el anterior ya estaba demasiado roto.

Luciana no los busca en el bazar donde los ha vendido. Joyas de su abuela, chal con firma de diseñador, candelabros de plata… una vida perdida después de su divorcio y las palabras que contra ella difundieron bocas que le arrebataron un camino, y que ha buscado recuperar mientras los hijos comen, crecen y necesitan tantas cosas, que ni una pequeña oportunidad ha traído.

Hambre, soledad, y cuidados. Los objetos perdidos quedan en la mente, reacios a fundirse con experiencias ya borrosas. Testigos de lo que podía ser un día hermoso, un viaje compartido y el beso de buenas noches en una cama mullida y deliciosa.

Los objetos perdidos no se perdieron del todo. Un par de fotos aún demuestran que antes fue acogida y amada. Todo era seguro y el porvenir prometido se avalaba con un apoyo incondicional de un padre que ya murió.

Los objetos perdidos y el padre muerto no son todo el valor de Luciana, pero el entorno le dice que sí, y cada vez puede menos estar en esas reuniones de cafecito y labial, que antes le permitía soñar con un enlace que le devolviera aquel lugar del que hablan los objetos que ya no están, que juntos contaban una vida que Luciana vivió, y que ahora entiende que nunca volverá.