Las Luciérnagas


por Leticia López Pérez

Para Yaco, Constanza, Sebastián y Rossina

El bosque tiene un murmullo constante, suave, un cobijo que habla de su presencia contundente que no duda un solo instante. Ahí en la noche, una magnolia se abre una noche al año,y es el milagro de una casa hecha con amor desde los cimientos. Espacio que aún visitan luciérnagas que escriben palabras que se leen con el corazón.


Yo me había sentado ante una mesa rectangular que se había sacado al pasillo de un jardín que era el asomo de un bosque que había anhelado desde antes de tomar cuerpo en este mundo. A la mesa había una ensalada hecha con lechuga del huerto que ellos mismos cultivaban, una prensa francesa para tomar café, alimentos que las manos de Constanza preparaban con un sabor perfecto.


Yaco me había invitado a tan sólo unos minutos de conocerme, junto con otras dos chicas que habíamos llegado a Xalapa ese año. Mi viaje de llegada había sido un regalo, una experiencia a la cual seguramente me estaba preparando toda la vida. Quise llevar mi manera de pensar el teatro al congreso de investigación teatral, que ese año se celebraba en la Universidad Veracruzana.


Yo llegaba a Xalapa mirando el extenso y maravilloso bosque a cada curva de carretera, cerca del final del viaje desde la Ciudad de México; un espectáculo para el cual no me alcanzaba la vista ni el tiempo para disfrutar a plenitud, mientras el autobús tocaba “What a wonderful world” cantada por el inigualable Louis Amstrong, y fue así como se convirtió en mi canción favorita. Lo es por encima de todas las vicisitudes duras en mi vida.


Yaco llegó al aula donde yo daba mi ponencia, justo cuando yo empezaba a leerla, y se sentó, y me miró con su cara roja por el sol, y su barba blanca, sus lentes, sus rizos. Y mi corazón supo algo que sigo sabiendo a lo largo de estos veinte años: yo llegué para conocerlo a él y a su hermosa familia.


Llegamos poco antes del atardecer a su casa, y nos mostró su jardín, su huerto, sus cabañas, su hermosa cocina con un horno de piedra, el teatro que construyeron ellos mismos, y la foto de Marcel Marceau. Un hogar, una vida, un proyecto en el bosque.


Entonces en verdad nos conocimos, porque durante la cena platicamos mucho, y al voltear a la izquierda, se sentaba a la mesa Sebastián. En este momento estoy escuchando “Imaginante”, compuesta por él, misterio que miro, y miro, y sigue guardado en sí mismo, con su belleza de destellos infinitos.


Constanza me compartía su visión de la vida, una charla que no termina todavía, con todos los años transcurridos. Ellos se encontraron gracias al teatro, y el teatro los trajo a México. A ese bosque en el que mi corazón encontró su lugar, la posibilidad de Ser.


El sueño en una habitación dentro de una cabaña llena de fotos que me hacían reconocer un rostro que no sé dónde ni cuándo había visto, pero lo había visto muy de cerca en este o en otro universo, me llevó a ser abrazada por murmullos, por un anhelado silencio acompañado de seres que nunca vi y tal vez nunca veré, donde finalmente pude descansar.


Volví muchas otras ocasiones. Mi vida fue sacudida por eventos sumamente dolorosos y paralizantes, y olvidé el bosque por un tiempo, hasta que mi pluma volvió a escribir, y una tarde, al conectar con mi futuro hogar aún no encontrado, mi corazón volvió a encontrar luciérnagas en el bosque, en ese bosque, y cada letra es un paso que me acerca otra vez, al lugar donde se ha quedado mi corazón tantos años.

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