ENFERMEDAD E INTERNET: LA VIDA ESTÁ EN OTRA PARTE.

FER VILLANUEVA

La enfermedad es una de las condiciones humanas más cercanas a la muerte. Su antesala, más de las veces. La enfermedad nos provoca miedo, asco, vergüenza, dolor y pena. Pero también soledad; una profunda sensación de estar completamente solos frente a una fuerza que nos debilita y busca destruir hasta aniquilarnos. La pausa obligatoria de nuestra vida cotidiana a la que nos fuerza la enfermedad nos desespera, al exhibir la condición profundamente histérica de nuestra actividad diaria, que inicia generalmente con un abrir de ojos y tomar el teléfono para ver qué novedades hay en las redes sociales, mientras corremos contra el reloj de uno a otro lado para comenzar otro día de trabajo. Publicar nuestra enfermedad como si tuviera alguna importancia informativa es parte del nuevo comportamiento inducido por las redes sociales, pues conmiserarse es un criterio publicitario que por lo general atrae likes, favs y más muestras de popularidad digital. La enfermedad vende.

Adaptarse a la enfermedad es un proceso mental complejo que involucra la destrucción del ego moderno: hiperactivo, superpoderoso, multivitamínico, farmacodependiente y telegobernado; batalla de la que muchas veces no se sale bien librado, pues el ego resiste nuestra condición de aceptación y hay casos de enfermedades que acaban con la vida de quienes no siguen cuidados que creyeron innecesarios hasta que ya resulta imposible su reparación. Pero si enfermarse es recluirse, quedarse aislados, enfrentarse al mal como individuo: con lo que uno es y como uno es; ciertamente, hacerlo sin datos es La Muerte.

La soledad de la enfermedad tiene matices. Los niveles de atención no son los mismos cuando uno vive en familia ampliada, nuclear o solo, y claro, depende de las condiciones ingreso económico y solvencia; pero también, las condiciones morales son parte del anillo de poder que ayuda a fortalecer el sistema inmune y salir bien y pronto de ella. El miedo y la depresión son fatales para el enfermo. Quien tiene acceso a medios sufre menos. Pero también es verdad que la tecnología, las redes sociales, se han vuelto más bien aliadas del vacío y buscan adictos a la conexión sin importarles la vida real y el daño que la manipulación causa en miles de adolescentes. La vida está en otra parte y no necesariamente en un celular con datos.

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Mientras escribo, personas cercanas a mí han resultado positivas a SARS-Cov2. Yo mismo he tenido que aislarme unos días atrás, cumpliendo una condena preventiva de al menos doce días mientras me daban mis resultados y verificaba el desarrollo o no de síntomas. Esta situación, aunque me preocupa, hay un estado que me ha estado inquietando por las consecuencias que ha tenido en la salud emocional de seres muy cercanos. El encierro está haciendo añicos la vida familiar, decenas de personas alrededor mío me han manifestado estar hartas del encierro. Gente sumamente cautelosa que al inicio de la pandemia y su aislamiento se quejaba de quienes minimizaban las medidas, negaban la enfermedad o parecía no interesarles los efectos de un contagio masivo, han estallado diciendo que prefieren contagiarse y enfrentar la enfermedad, eso que volverse locas.

El aislamiento ha trastocado una de nuestras fibras más sensibles, que es la convivencia; en México la familia se une en ritos y tradiciones y entre ellas, la costumbre de convivir, “hacer fiesta” ante un plato de frijoles o unos elotes asados, es fundamental. Muchas familias en mi comunidad eligen un día a la semana para reunirse y comer, hablar y jugar al final lotería o algún otro juego, o se cooperan para organizar juntos una fiesta para celebrar a uno de sus integrantes. La pandemia vino a suspender esas reuniones y los efectos curativos emocionales de los lazos familiares no han hallado sucedáneos. Sus efectos, ahora vemos, son terribles, llamadas que terminan en llanto porque nos extrañamos mucho, promesas de pronto estar como antes juntos y felices, noticias que nos causan temor porque un conocido de un conocido acaba de morir de COVID-19. ¡Pinche coronavirus ya acábate! 

Nuestra salud está en riesgo. Pero nuestro equilibrio mental y emocional se halla al borde de la desesperación. Nuestras niñas y niños se enfrentan hoy a una situación complicada para tratar de salvar un ciclo escolar que inició con cara de guerra. Pero también muchos miembros de la familia, nuestras adultas mayores, se enfrentan a una situación que radicaliza la difícil senectud que además de enfermedades propias de una vida explotada, padecen la soledad y el desamor por falta de atención y un entorno bifronte que ve a los viejos como sujetos de veneración. Entre ellos, nosotros, sujetos en edad productiva, desesperados por retomar la vida normal, quizá estemos ante una de las ultimas llamadas de atención que la modernidad nos lanza para hacer un alto y repensar lo que de verdad se oculta en la pandemia: que la vida ya era culera antes del COVID, vacía y violenta; pero también, que si vamos a enfrentarnos a la vida, lo haremos a nuestro modo, disfrutando esos detalles que habían perdido significancia, y recuperando lo que de verdad vale la pena: gozar sin abusar de los demás y reconquistar la luz del sol que los señores de la sombras nos han despojado.

Photo by Emre Kuzu on Pexels.com

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