Sor Juana Inés de la Cruz y Sor Agustina de San Diego a la luz de un sermón censurado

POR MARGARITA PEÑA (21 de agosto 1937 – 07 de octubre 2018)                                                                          

El entorno intelectual de sor Juana Inés de la Cruz fue amplio y diverso. Trascendió, como sabemos, los estrechos límites de la celda. Mantuvo la poetisa correspondencia aquende y allende; tuvo interlocutores en la península, en los virreinatos de América del Sur… y en la ciudad de Puebla. No sólo con clérigos de alcurnia como el obispo Manuel Fernández de Santacruz, sino con monjas que al igual que ella, habitaban conventos de clausura.

Una de estas religiosas se llamó Agustina de San Diego y fue monja clarisa en el convento de Santa Clara de la ciudad de Puebla, entre el siglo XVI y el XVII. Su relación con la monja jerónima nos es revelado en un sermón pronunciado un año después de la muerte de Sor Agustina, en 1727. Se trata de un texto concebido como biografía en ciernes, el cual da cuenta en algunos párrafos de la amistad entre ambas mujeres y de las consecuencias negativas que de ella derivaron hacia sor Agustina. Son los años de 1726 a 1730, el lapso en que tal relación se da a conocer en un texto (un sermón), impreso. Sor Agustina había fallecido el 18 de marzo de 1726; el sermón es pronunciado por el padre Ildefonso Mariano del Río el 20 de febrero de 1727. Se imprime en octubre de 1728 y casi inmediatamente atrae la atención del Tribunal del Santo Oficio. Se sucederán calificaciones y censuras entre abril de 1729 y febrero de 1730, que darán por resultado que el texto sea recogido, censurado y relegado al cajón de la literatura amordazada de la Colonia, ya por entonces, desbordado. Pero vayamos por partes.

Sor Agustina de San Diego fue natural de Huejotzingo, Puebla y al decir del biógrafo Del Río, pariente por ambas líneas “de las primeras noblezas” de la ciudad de México y del Nuevo Mundo”. En efecto, era sobrina carnal del maestro Fray Juan de Malpartida y del “deán de México” Diego de Malpartida Centeno.             

Contemporánea de sor Juana, debió nacer hacia 1649, 1650, sobreviviendo treinta y un años a la “Fénix”. Huérfana de padre y madre, se refugió desde los cinco años con sus tías, monjas clarisas, tomó el hábito a los dieciocho y, cuenta el biógrafo: “los dieciocho primeros pasaron ocupada en los oficios que tienen las que se titulan “Señoras”. En todo este tiempo parecía que la criaban las gracias, o que aumentaba su número, hasta llegar a saber a la perfección la latinidad”. Asegura que solía andar “engolfada siempre en libros de erudición, que son estragos a los años juveniles, salvillas de oro con que se envenena el alma en dulzura de palabras, todo a fin de responder y corresponder a nuestra Fénix poetisa la M. Juana Inés de la Cruz, con quien había pactado baldíos amores de por fe”. Y concluye exclamando: “que sólo este intento prueba la valentía y vivacidad de su ingenio”.

 La declaración del biógrafo no deja de ser ambigua… ¿Qué querrá decir cuando alude a estos “baldíos amores de por fe” entre Agustina y Juana? ¿Acaso se refiere a una estéril, o inútil (por lo de “baldío”) comunión afectiva sustentada en la fe religiosa común? ¿Acaso a una amistad tan estrecha que el alma de Agustina se envenena, es contaminada, con erudiciones profanas -tan del gusto de sor Juana- y apoyándose en las cuales logra responder las cartas y corresponder el afecto de la poetisa consagrada?

Todo esto merecerá, como era de suponer, una amonestación más o menos velada del clérigo quien al mismo tiempo se enorgullece de la “valentía y vivacidad” del ingenio de Agustina. Valor y vivacidad que le permiten alternar con sor Juana, por lo menos epistolarmente pues siendo ambas monjas de clausura no pudieron haberse conocido personalmente. Este oscilar del padre del Río entre la admiración y la reprobación nos ubica en el terreno de la ambivalencia.

El sermón avanza y el autor continúa poniéndonos al tanto de los avatares de Agustina, quien “en medio de este desbarato de su juventud, vivía como asediada del mundo, azorada, inquieta, como perseguida, a beneficio de la gracia auxiliante, que la llamaba a superior empleo…”). Es decir, que el desorden -“desbarato”- interior de la monja se debían a que padecía como sor Juana, sed de conocimiento, un “amar las letras más que a Dios”. Soberbia, en suma. Además, la atraía el mundo (cosa normal en una joven que había padecido encierro desde los cinco años) y, para colmo, era perseguida por una incómoda “gracia [divina] auxiliante” (entiéndase, el confesor, la priora, o alguna caritativa compañera de encierro). Aquí recordamos a los personajes de los autos sacramentales de Calderón, que no logran “perderse” a gusto, acosados como son por el machacón Entendimiento y la Gracia inefable. En cuanto a Agustina, inducida posiblemente por su confesor en turno, emprende la penitencia impuesta: rezar treinta y tres credos durante treinta y tres viernes consecutivos. Para su mal, “en el último viernes”, dice el biógrafo, “se le ofreció aplazar a reja a la noble comitiva del señor Sariñana que pasaba a Oaxaca, enviados de la madre Juana, con amorosas prendas, retratos y encomiendas”.  La presencia de la amiga lejana se torna concreta. Le hace encargos, le envía amorosas prendas (¿cartas?  ¿presentes?) y, ¡oh, bien supremo!: un retrato. Estamos ante la expresión cabal de una “amistad amorosa” (experimentada por Agustina y quizás también por Juana), que actuará como detonador de una crisis en la cual quedará de manifiesto el conflicto interno de culpa de la monja clarisa angustiada por esa amistad (llamémosle así) que, sin duda, era objeto de reprobación en el interior del convento. El relato del biógrafo llega al clímax: “Al tiempo de bajar a su visita [recibir a la comitiva del obispo Sariñana], recurrió a una devoción que tenía de tomar la bendición y besar los pies al Señor del Sepulcro que estaba en el coro. Llegaba presto a ejecutarlo. Y mucho más el Señor extendió la diestra, la asió del brazo y le dijo severo: “Agustina, no te importe saber más de lo que te importa. Non plus sapere, quam oportet sapere”.  Pasmada y absorta a la voz del encanto, más de la inteligencia instantánea que tuvo, de que aquella era traza y celos de su Esposo, hurtó sangre al corazón para socorrer el rostro, en quien pintó sus delitos; quedando la mayor porción helada en el cuerpo, se le erizó con pavor el cabello, se le anudó la voz en la garganta, y se le congelaron las lágrimas en las mejillas, que le sacó por los ojos el miedo. Pretendiendo respetuosa desasirse no pudo, hasta que le buscó otra religiosa social de sus gustos, que testigo de la maravilla, avisó a la abadesa para que despidieran los convidados.” 

A la visión suceden en el sermón los consejos del confesor, el llanto y la turbación de Agustina y, finalmente, el sacrificio como única manera de expiar el pecado de soberbia implícito en la sed de conocimiento, la curiosidad intelectual, la emulación de sor Juana y quizás -por lo excesivo del castigo- lo que podríamos interpretar como amor a ésta. Cito al biógrafo del Río: “tomó cinco llaves con la de la celda y se las entregó a la prelada. En un paso preciso para entrar por su umbral había una losa grande que cubría un conducto subterráneo para la limpieza del convento. En él la sumergieron los demonios, rabiosos del hecho y salió tal que le pudo mostrar su Ángel el estado de su alma, por el que se evidenciaba en su cuerpo. Le quebró al salir, con la losa, la pierna izquierda, pero fue para que anduviese más recta. Reclamen aquí los juicios comparativos a las conversiones de Pablo e Ignacio, y a sus piernas laceradas: mientras insistimos en la presteza de corresponder a la voz, y abrazarse gustosa con la cruz de la penitencia”.

A partir de este punto el relato se desliza hacia lo maravilloso, rasgo distintivo del género de las biografías de monjas novohispanas. Podemos, por lo pronto, extraer la sentencia implícita: “la religiosa en la celda con la pata rota”, y otra más grave: una sentencia de emparedamiento de por vida para la culta y osada Agustina quien, nos dice el biógrafo: “en un instante dispuso su sobrevida justa, y de gracia, que fue de muchos años, en esta forma. Nunca tuvo celda, nunca tuvo moza, nunca tomó un medio real en la mano, nunca vistió un hábito nuevo sino los desechados de las religiosas[…]. Se puso un crucifijo grande de latón en el pecho, divisa que le requebró y pidió su dueño; y se fue al coro a vivir y a morir […]. Su cama una estera; su almohada y acerico una viga y una piedra […]; el sueño, poco menos de tres horas; su comida, la que le administraban las religiosas por amor y reverencia, siempre en el refectorio. Y cuando por su debilidad la obligó la obediencia a que no bajara, se la administraba una moza de confianza totalmente sorda[…]. En cuarenta y cuatro años, siete meses, menos diez días, nunca bajó grada, puerta, torno reja, no conversó con criatura alguna fuera ni dentro del convento, con tan firme y eficaz resolución todo esto, que no le cayó en la imaginación la celda, y lo mucho que dejó en ella no pasó por crujía y sitio, pero ni aún los ojos los volvía hacia la parte donde caía. ¡Oh resolución, sobre todo hipérbole valiente!”      

Resumiendo, tanto la amistad entre sor Agustina de san Diego y la Décima Musa, como el sermón (posteriormente recogido y censurado por el Tribunal del Santo Oficio), que a muchos años de distancia, ya en pleno siglo XVIII, daba cuenta, entre otras cosas, de dicha relación, en medio del fárrago de visiones, revelaciones, prodigios varios y los consabidos latines, se configuran como coordenadas afectivo-intelectuales de una época en la que amistad humana, castigo e inmolación; texto y censura (por lo que toca al sermón impreso), podían ir de la mano.  

Calificaciones, o censuras, del Santo Oficio. Fueron los calificadores que se encargaron de revisar el sermón, el padre Ramírez del Castillo, el padre de Ita y Parra y el padre Álvarez.

El padre Ramírez del Castillo endereza su acerba crítica a puntos tales como las visiones de la monja en las cuales los demonios, en forma de un viborezno dragón, la hacían padecer de diversas maneras, considerándolas falsas, ridículas, o inverosímiles. Lo mismo en cuanto a los milagros. Aquél, por ejemplo, en el que las uvas de la pintura del Señor de las Uvas cobran vida, se desprenden del cuadro de manera que Agustina pueda obsequiarlas a un personaje determinado (el Síndico), escandaliza al padre calificador; lo mismo el otro en el que el Niño Jesús rompe el cristal tras el que está encerrado para hablar con la monja. O bien aquél en el que la Virgen María se dirige a la religiosa llamándola “comadre” para pedirle que le devuelva al Niño, a quien Agustina acaricia en su regazo. La censura se apoya en fragmentos de la bula del papa Urbano Sexto y en disposiciones del Concilio de Trento, y después de un detenido examen del sermón párrafo por párrafo, concluye que el texto se debe recoger. En cuanto a la calificación del padre de Ita y Parra, apunta fundamentalmente a las proposiciones de Mariano del Río a lo largo del sermón. Principia impugnando la crítica del padre Ramírez del Castillo respecto a visiones y milagros, reparando en algo fundamental: todos los sermones panegíricos de religiosos y religiosas, así como las biografías de estos personajes, están llenos de relatos semejantes, por lo que si por ese motivo se va a recoger el sermón de del Río, debieran también recogerse todos los que conforman lo que hoy podría llamarse el género de la biografía “conventual” de la Colonia, no alejado, por lo demás de la literatura hagiográfica tradicional. Nos sorprende gratamente lo que hoy se consideraría amplitud de criterio de De la Ita y Parra, quien, de paso, al hablar de la producción abundante (por no decir “masiva”) de esta literatura, configura y ratifica la existencia de un género literario al uso. Pero su intención pareciera ser más bien la de impugnar al calificador Ramírez del Castillo, a quien al principio acusa de actuar por pasión, creando su propia calificación “sui géneris“. Así, se aboca a la crítica de las proposiciones -es decir, los dichos- del orador mariano Ildefonso del Río en su sermón, y se desliza hacia el territorio del padre Ramírez del Castillo, al encontrarlas frívolas, poco verosímiles, ridículas, etc., tal como a Ramírez le han parecido las visiones y milagros. O sea que ambos expresan casi lo mismo: una reprobación, total en el caso de Ramírez del Castillo; parcial pero definitiva, en el de De la Parra e Ita, que conducirá a ambos a la conclusión de que el sermón debe recogerse. La tercera censura, del padre Álvarez, no añade nada sustancial a las anteriores.

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