LA ESTEPA EN EL JARDÍN DE LOS MANIQUÍES CAPÍTULO 5 “EL JARDÍN” Y EPÍLOGO. (Cuento)

ELEDUBINA BECERRIL RODRÍGUEZ.

Juslar se levantó de la cama, admirando el bello cuerpo de Erika, se rascó tres veces la cabeza con nerviosismo, ella dormía.

Frente a la ventana y dándole la espalda, deseaba ir a la habitación donde estaba Anthara.

– ¿Interrumpí tus planes? – preguntó ella.

– De ninguna manera, todo sigue su curso – le respondió él, con toda su seguridad.

La aperlada voz de la violonchelista resonó en sus oídos:

– ¿Cuál es el Edén que piensas? ¿En el que no estoy yo? –

– Eikka, para mí, se llama “el jardín”, está más allá de las plantas y flores de esta casa. –

– Juslar, ¿podría yo, algún día entrar? –

– No creo, aún te esperan giras, tantos viajes, una vida, tus verdaderos sueños por cumplir, pero siempre serás bienvenida. –

Aún estuvo unas horas ahí, hasta que tuvo que irse, porque tenía ensayos con la Sinfónica de Nueva York.

Juslar no puso objeción.

– Mira Anthara, con todo lo que ya tenemos, podemos visitar dos lugares, y aun así darle seguimiento a cada negocio, aunque nos quedáramos ahí para siempre. –

Mientras limpiaba y arreglaba a Anthara, su monólogo cobraba vida hacia un diálogo que era respondido con el valioso silencio del maniquí.

– Hace un año, el primero de enero de 1959, triunfó la Revolución Cubana, estoy muy interesado en conocer el lugar, le llaman Sierra Maestra. Y sabes que, al otro lado del mundo, en el Himalaya, me hace falta llegar a la cima del Everest.

¿Tú que dices Anthara? ¿A cuál de los dos nos vamos? –

Abrió la persiana y la luz iluminó los ojos de Anthara Silesia, por un momento Juslar pensó que su propio rasgo de inteligencia se introducía en ella, volviéndolos uno solo.

EPÍLOGO:

Entre 1965 y 1966, cuando aparentemente no habían existido ascensos al Everest confirmados oficialmente, los monjes del lamasterio de Rongbuk, en Shingat-Sé Tibet, contaban que, por las noches, escuchaban unas canciones que en una voz femenina eran realmente sorprendentes y, además, decían que miraban como avanzaba una pareja sobre la nieve, pero lo más extraño, es que ella solo portaba un delgadísimo vestido rojo.

La canción después fue identificada como Goomba Boomba de Yma Sumac.

Muy cerca del Capitolio Nacional de la Habana en Cuba, en uno de sus edificios, se contaba que allá por los años setenta, salía a pasear un hombre solo y una mujer vestida de rojo permanecía parada en la ventana, todo el tiempo que él tardaba en regresar.

Augusto Baenerum jamás tuvo queja en cuanto a los negocios, pues siempre recibió en sus cuentas bancarias, sumas mayores a las esperadas.

Y sí, solamente un día, pocos meses antes de morir, hizo la siguiente reflexión:

– Quiera Dios, que por donde quiera que andes, Juslar, recuerdes que el origen de nuestro apellido se remonta en el tiempo, a más de seiscientos años, apareciendo por vez primera registrado en los documentos de la Biblioteca Latina, en 1538. Puesto que has querido vivir tu destino de otra manera, yo solo deseo, que después de todo, la siguiente vez que se inscriba o escriba en la historia, sea para que tus acciones asociadas al mismo, tengan en los demás el mismo énfasis y emoción con la que vemos el oro. Así sea -.

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