190 años han pasado y no hemos claudicado IV

El general Vicente Guerrero en su laberinto IV

La crisis del Imperio de Agustín I y la Batalla de Almolonga

El bien para todos, el mayor bien para la patria.

Vicente Guerrero

Raúl Jiménez Lescas

A fines del “delicado” año de 1822, el coronel Antonio López de Santa Anna se pronunció en Veracruz contra el emperador Agustín I, quien comisionó al general José Antonio Echávarri para sofocar el levantamiento veracruzano, pero se unió a los insurrectos, dando origen al “Acta de Casa Mata”. Infiero que el general Vicente Guerrero y Antonio de León estuvieron involucrados desde los primeros momentos en las conspiraciones contra el emperador, ya que la actuación de Iturbide le fue desfavorable en Oaxaca al nombrar a un familiar en el mando militar (coronel Manuel Iruela Zamora) y, luego, alejarlo del Congreso con el pretexto de sofocar la rebelión en la costa oaxaqueña. Manuel Rincón, de la comandancia general comunicó, el 8 de octubre de 1821, al coronel De León que tendría el mando de la División que sofocaría el levantamiento en la costa oaxaqueña, por lo cual dispuso de 113 infantes de La Libertad, 35 de San Lorenzo, 8 de la Costa, 8 artilleros, 55 de caballería de Sola (de Vega), 35 “de los de aquí” y 76 del escuadrón de Antonio de León, conformando una tropa de 340 hombres, 2 piezas de artillería, 21 mil cartuchos, 4 docenas de cohetes grandes de luces para señales, 2 gruesas chicas, 50 piedras de chispa y otros “útiles. Es decir, le confiaron una importante División para la misión costeña.

El coronel, conocedor de la costa y ya con habilidades de negociador, logró sofocar la “alucinada” intentona de los afrodescendientes costeños. Seguramente la comandancia general no imaginó que con esa tropa, el conspirador Antonio de León, ayudaría a darle la puntilla al emperador proclamado. La maniobra de Agustín I de alejar al coronel de la soberanía del Congreso, le resultó contraproducente: las armas se le volvieron en contra.

Por otro lado, De León mantenía contacto con sus aliados en el Congreso: Vicente Guerrero, Nicolás Bravo, Carlos María de Bustamante y fray Servando Teresa de Mier. En el Congreso, fray Servando expresó sus ideas no monárquicas, ya que consideraba que la república era el “gobierno que más convenía”. Por su parte, Nicolás Bravo expresó su posicionamiento de que se instaurara un Congreso general para darle estabilidad al país.

Ese realineamiento entre las fuerzas políticas y militares Trigarantes y las nuevas alianzas con ideas republicanas, configuraron el cuadro político necesario para avanzar hacia la república. El artículo 3º del Acta de Casa Mata, estipuló con claridad la diferencia entre diputados de “ideas liberales y firmeza de carácter (que), se hicieron acreedores al aprecio público, al paso que otros no correspondieron debidamente a la confianza que en ellos se depositó, tendrán las provincias la libre facultad de reelegir a los primeros y sustituir a los segundos, con sujetos más idóneos para el desempeño de sus arduas obligaciones”. Entre esos diputados de ideas liberales y firmeza de carácter se encontraba el depuesto diputado por Oaxaca, Antonio de León, quien estaba en la costa oaxaqueña, comisionado por Iturbide, para sofocar un levantamiento de afrodescendientes en pro de la corona española.

Un hecho notable para las mixtecas oaxaqueñas y para la revolución y guerra Trigarante, fue el rencuentro entre los generales Bravo y De León. Jorge Tamayo infiere que el mixteco estuvo involucrado en la conspiración que desembocó en el pronunciamiento de Casa Mata y, que el general Bravo pretendió refugiarse en Oaxaca para luchar contra el emperador Agustín I. No hemos encontrado documentación para verificarlo, pero tiene lógica en la coyuntura de la crisis de la monarquía Agustín I, así como los enfrentamientos con el Congreso, en especial, contra Antonio de León, a quien el emperador lo alejó del Congreso, como con los insurgentes republicanos a quienes mandó aprender.

Así, trece días después de firmarse el Acta de Casa Mata, el general Vicente Guerrero y el coronel De León se pronunciaron por segunda vez, en dos años de lucha; primero ondeando la bandera Trigarante, y después la bandera republicana. Escogieron sus tierras natales, Tixtla para Vicente y Huajuapan en la mixteca, para Antonio de León para levantar su voz en pro de aquellos postulados, defendidos por “los señores generales de división, jefes de cuerpos sueltos, oficiales del Estado Mayor, y uno por clase del ejército”. El general Nicolás Bravo también los secundó. El prestigio del coronel en funciones, Antonio de León estaba fuera de toda duda, lo mismo que el general Guerrero. En esos días, Carlos María de Bustamante, con el estilo periodístico y sarcástico que lo caracterizó, dejó la siguiente anotación en su Diario:

Anoche llegó F. Breña, correo extraordinario de la carrera de Oaxaca con pliegos, en que pide aquel comandante (a) auxilio a Iturbide porque el Sr. D. Antonio (de) León, diputado en el Congreso por aquella provincia, en la de la mixteca, se había levantado atrayéndose las tropas de Huajuapan, el día 1 del corriente, a las que se le habían agregado otras, con las que había situado su cuartel general en Yanhuitlán, apoyándose en una fortaleza que hicieron en el año de 1814 los españoles a todo costo, y caminaba para Oaxaca, donde á la sazón habrá entrado, pues allí no había más que 200 milicianos de Tehuantepec que oponerle, y 100 del batallón de la ciudad. Este jefe es el mismo que lanzó los expedicionarios de Oaxaca en últimos de julio de 1821. Primer porrazo.

De porrazo en porrazo, la crisis del emperador Agustín I prosiguió en las siguientes semanas. Con el sarcasmo y seguro de lo que veía desde la ciudad de México, don Carlos escribió: “tenía los pies de barro, y una piedrecita le echó al suelo”; y en la siguiente página del Diario correspondiente al domingo 9 de febrero, señaló: “tiempo hermoso, en este día entró Bravo en Oaxaca”. Las escaramuzas militares fueron rápidas, las fuerzas del coronel Antonio de León triunfaron en San Pablo Huitzo, donde la tropa atrapó a su propio jefe militar, Iruela Zamora. La misma guarnición de Oaxaca se unió a los rebeldes de Casa Mata. Según Jorge L. Tamayo, la actuación del coronel mixteco fue radical, posiblemente influido por la alianza y el reconocimiento al general Vicente Guerrero y Nicolás Bravo.

Mientras tanto, Vicente Guerrero avanzó por el rumbo de Ameca, Tetecala y Chalco con una fuerza de dos mil hombres, bien armados y dispuestos a batirse, acercándose a la ciudad de México. Para Bustamante, los porrazos provocaron en “la familia Imperatoria”, que “… ayer tarde lloró a moco suelto el ministro Domínguez y en el exceso de su dolor decía ¡ay!, bien lo decía yo”. Las evidencias dejan ver una crisis política y social del Imperio Mexicano que sumó errores en lugar de conciliar. Un Imperio líquido que se iba evaporando.

El ataque y batalla del cerro de Almolonga ha sido motivo de pocas reflexiones en la historiografía con respecto al impacto que debió tener sobre la abdicación del emperador Agustín I y su Imperio Mexicano. Eduardo Miranda Arrieta opina que los resultados de dicho hecho de armas fueron “desastrosos” para las tropas de Nicolás Bravo y las imperiales. Los diputados e insurgentes Bravo y Guerrero evitaron caer prisioneros y “salieron de México por la acequia de Iztacalco, como de paseo”; tras fortificarse en Almolonga, sufrieron un duro revés por parte de la tropa comandada por el general Gabriel de Armijo, que los derrotó y dispersó. Guerrero resultó mal herido y Bravo logró escapar al ataque organizado del jefe de las fuerzas imperiales, Epitacio Sánchez, quien murió en el ataque. Tan fuerte fue el golpe dado a los insurgentes Bravo y Guerrero, que se creyó que este último había muerto en Almolonga, mientras que Bravo logró salvar su vida.

Vicente Guerrero dio detalles del ataque y batalla de Almologa al licenciado Bustamante, diciéndole que estuvo “muy mal herido”, mientras que Bravo se ocultó y pudo escapar. Añadió que “la tropa en dispersión marchó con Bravo a Chilapa, y de allí con armas y municiones y alguna artillería se dirigió a Tlapa”. Según Bustamante, “el plan de Bravo era reunirse en Huajuapan con don Antonio León, de quien se prometía que obrase en buen sentido, pues lo había manifestado siendo diputado al Congreso…”. La lógica militar establecía que el coronel Antonio de León se pondría al servicio de las fuerzas imperiales de Agustín I, pero miró hacia los insurrectos de Casa Mata. Por ello, acudió a los auxilios de Bravo y Guerrero dispersados en el cerro de Almolonga. Las fuerzas de Iruela Zamora se unieron… esa derrota de Almolonga se convirtió en triunfo para los pronunciados de Casa Mata. Fue entonces que el emperador Agustín I tuvo definido su destino: la derrota. En los detalles del ataque en el cerro de Almolonga, podemos inferir que tanto Guerrero como Bravo esperaron noticias frescas sobre el combate para poder definir su conducta:

Bravo se situó en un rancho llamado de Santa Rosa, para esperar noticias que arreglaran la conducta que debía observar en aquella época. En aquel punto interceptó un correo del general Armijo al coronel Matiauda, en que le avisaba de la Batalla de Almolonga, le refería la muerte de Epitacio Sánchez; de oficio le decía que marchase sobre Chilapa para combinar allí el gran golpe que debería darse a Bravo para remediar las desgracias pasadas, que en la carta particular le detalla en términos poco decentes y lenguaje de un sargentón brusco, y mostraba la magnitud del descalabro.

La derrota de Guerrero y Bravo en Almolonga, se convirtió en un triunfo político-militar, por el pronunciamiento de Antonio de León y su tropa en Huajuapan. La alianza de Bravo y De León se consumó, marchando triunfantes a la Antequera de Oaxaca. Tras pasar por el camino de Huitzo y conocer el pronunciamiento de Casa Mata, ingresaron triunfantes a la capital de la provincia, el reloj de la historia marcó el 9 de febrero de 1823, pasando por la acostumbrada calle de la Soledad al zócalo oaxaqueño. El testimonio de Carlos María de Bustamente es elocuente:

El día 9 de febrero entró Bravo en Oaxaca en medio de aclamaciones, pues allí se sentía el peso del cetro imperial, y el día 26 quedó instalada la junta de gobierno, de la que se nombró presidente a mi hermano don Manuel Nicolás de Bustamante, hombre sabio y justificado. También fue nombrado individuo de ella el señor Obispo de aquella diócesis don Manuel Isidoro Pérez, que rehusó aceptar el cargo, y luego se marchó a España siguiendo el ejemplo que le dio el arzobispo de México don Pedro Fonte: ambos prelados prefirieron al parecer vasallos de Fernando 7º a ser buenos pastores, pues abandonaron sus iglesias cuando más necesitaban de su presencia y consuelo.

(…) A la sazón que el general don Nicolás Bravo estaba en Oaxaca, se supo por un correo interceptado de Guatemala para Iturbide, que el comandante don Vicente Filisola, enviado con una fuerte división sobre San Salvador, había sufrido alguna desgracia en una acción de guerra tenida cerca de Mapilopa; circunstancia que aumentó en Oaxaca el odio a la dominación imperial.

Días después, el 26 de febrero, instalada la Junta de Gobierno, presidida por un ex insurgente letrado de los tiempos del generalísimo Morelos, Manuel Nicolás de Bustamante y, del administrador, Nicolás Fernández del Campo, el victorioso Nicolás Bravo lanzó su discurso republicano. A paso seguido, el ex quinto vocal de la Suprema Junta Americana, diputado al Congreso de Chilpancingo e intendente de la Oaxaca insurgente, José María Murguía y Galardi, tomó el mando del gobierno, como en aquellos lejanos años de 1813, cuando José María Morelos ocupó la Atequera de Oaxaca.

Como se aprecia, lo que se denominó “ataque” o Batalla de Almolonga fue la puntilla para el Imperio Mexicano, pero la historiografía de la independencia no la ha revalorado todavía. La tarde del 27 de febrero de 1823, el general triunfante Nicolás Bravo partió de la capital oaxaqueña por el camino de la mixteca para unirse a las fuerzas del marqués de Vivanco y Echávarri, como parte del futuro triunvirato que sustituirá al emperador Agustín I, quien abdicó al trono tras la reinstalación del Congreso el 7 de marzo de 1823.

La dicotomía Emperador-Congreso se resolvió favorablemente para el Congreso reinstalado en sus funciones. Así, en la sesión nocturna del 19 de marzo de 1823 “se presentó el ministro don Juan Gómez Navarrete a abdicar a nombre del emperador la corona, llevando escrita esta solicitud de propio puño de Iturbide, cuyo examen se reservó para el día siguiente, por no haber competente número de diputados”. Decía así:

Reconocido el soberano Congreso por la junta y tropas adheridas al Plan o Acta de Casamata, cesó el motivo porque yo conservé la fuerza en las inmediaciones de la capital; pues no era otro que el sostener al mismo Soberano Congreso; acabó la división respecto de mí. Segundo. La corona la admití con suma repugnancia, sólo por servir a la patria […] hay ya el reconocimiento, y hago por tanto la abdicación absoluta.

El camino al triunvirato, gracias de la alianza de Bravo y De León en Oaxaca, estuvo abierto para la entrada triunfal de las tropas de aquel por la hacienda de Los Portales y el pueblo de Coyoacán, en las inmediaciones a la ciudad de México. La orden de marcha estableció los pasos que se siguieron por las tropas del batallón del regimiento de infantería de línea número 4 de la División del Centro y las del general Bravo fueron muy puntuales para su ingreso a la capital del extinto “Imperio Mexicano”. Esto ocurrió el jueves santo del 27 de marzo de 1823. Carlos María de Bustamante recordó el episodio final de la abdicación diciendo:

El señor Iturbide debió haber salido en aquel mismo día (sábado de gloria), según lo acordado en Santa Martha; pero escribió a Bravo diciéndole, que la noche anterior había sido atacado de un dolor, por lo que, y tener todavía que disponer de muchas cosas, llevándose a su familia, que constaba de cuarenta personas, saldría al día siguiente. Atribuyeron algunos esta demora a que esperaba saber el resultado de la revolución de los barrios.

La mañana del 29 de marzo de 1823, los ciento tres diputados reunidos en sesión solemne del Congreso ya no vieron colocado el retrato del emperador. La República abrió su primer ojo. Quizá la expresión soltada por el diputado fray Servando Teresa de Mier, contada por el diputado Bustamante sea elocuente del ambiente en el Soberano Congreso reinstalado: “El p[adre] Mier pidió que no se denominase Regencia (nuevo Poder Ejecutivo), pues ni había rey ni permitiese Dios que lo hubiera”.

Para el 5 de abril de 1823, la comisión del Congreso que analizó la abdicación a la corona del emperador Agustín I, emitió el siguiente dictamen: “Primera. El Congreso declara la coronación de don Agustín de Iturbide como obra de la violencia y fuera de la ley, y de derecho nula”. Por ello, Bustamante señaló como día de “la independencia y libertad civil de la nación mexicana” el día 8 de abril de aquel año, fecha en que Iturbide abdicó la corona.

El mando provisional fue conferido al jefe político de México, marques de Vivanco, pero el 31 de mayo de 1823 se eligió un triunvirato que recayó en los generales Bravo, Victoria y Negrete. La alianza de Antonio de León con Bravo y Guerrero dio los frutos que seguramente no soñaron en las horas angustiantes de la batalla de Almolonga. A la derrota militar de Guerrero y Bravo prosiguió el triunfo político de la alianza militar en Oaxaca, y luego al triunvirato con dos generales provenientes de las fuerzas insurgentes que en 1812 ocuparon Oaxaca bajo el mando firme de José María Morelos.

Fuentes

Archivo General de la Nación. Los Precursores Ideológicos de la Guerra de Independencia, 1789-1794. México. Talleres Gráficos de la Nación, 1929 (Publicaciones del Archivo General de la Nación 3).

BUSTAMANTE, Carlos María de, Historia del Emperador D. Agustín de Iturbide hasta su muerte, y consecuencias; el establecimiento de la República Popular Federal (continuación del Cuadro Histórico), México, Imprenta de I. Cumplido, calle de los Rebeldes N. 2, 1846, Carta primera, El emperador Iturbide deseoso de deshacerse de los diputados.

Cámara de Diputados. Los presidentes ante la Nación 1821-1984. Cinco Tomos.

Carmen Saucedo Zarco. Los restos de los héroes de la Independencia. 2 tomos. México. Instituto Nacional de Antropología e Historia. 2012.

Cosío Villegas, Daniel. Historia Moderna de México. México; Buenos Aires: Editorial Hermes, 1956-1972. 9 vols.

Florescano Enrique y Eissa Francisco. Atlas Histórico de México. Altea. Primera edición: enero de 2015. México. 267 pp.

José Mancisidor. Vicente Guerrero. Obras Completas. México.

José Torres Medina. El fusilamiento de Vicente Guerrero. Relatos e Historias en México. Núm. 148. Febrero de 2021.

Raúl Jiménez Lescas. La Transición Política en Oaxaca. Tesis Doctoral. Morelia. IIH/UMSNH. 2020. Spencer ROBERSON, William, Iturbide de México, México, FCE, 2012 (traducción, introducción y notas de Rafael Estrada Sámano y presentación de Jaime del Arenal).

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