EL SUSURRO DEL CORAL

(CUENTO)

PARTE I

ELEDUBINA BECERRIL RODRIGUEZ

Xeno Renaitré se replegó sobre los objetos de su habitación, quería fundirse en ellos, porque sabía que ese día se cumplía el plazo acordado para dar solución a la propuesta de Ferder Cassighi.

– ¡Oh Ferder! – murmuró con preocupación, ansiedad e inusual fascinación.

Recordó los profundos ojos amielados, la exigencia mezcla de salvaje educación y portentosa arrogancia. Definitivamente, no estaba en sus planes dar ninguna respuesta afirmativa.

Sin embargo, tenía grabadas en la mente a fuego lento cada una de sus palabras.

Los textos poéticos más hermosos, que jamás había leído, rebotaban a toda hora y exaltaban sus 19 años. Se preguntaba, ¿cómo Ferder, podía escribir de esa manera?

La infinita interrogante, se hacía presente, cuando coincidían en el patio de la escuela, los 14 años de Ferder deambulaban en un mundo mágico, ilógico, alucinante, que nadie lograba entender.

Mientras tanto, Ferder, solamente vivía en ese momento para el amor sublime, que le profesaba y que tampoco le era fácil de entender. Escribía incesantes cartas y poemas larguísimos, que le entregaba en las mañanas.

En sobres de papel, que elaboraba con sus propias manos, una caligrafía cuidadosa y bella, que le proponía una elegancia redundante.

La pasión que sentía era desproporcionada y así les platicaba a sus compañeros y compañeras de esa escuela.

– Tu Xeno – le decían, con la ironía de quienes conocían lo imposible de su romance.

– Mi Xeno – con pronta resignación lo aceptaba.

Pero hoy, lejos de todos los contextos y con la libertad que era la bandera de Ferder, estaba establecido, que tomarían un acuerdo.

Xeno llegó a la escuela con una blusa de tirantes ajustadísima y una minifalda con mallas y calcetas que en lugar de calmar a Ferder, encendieron más sus deseos.

-Mira Ferder, yo creo que lo mejor es, pensar en que una bonita amistad sea lo único que haya entre tú y yo. Agradezco tus cartas y poemas, pero, ya no – y le dio la espalda.

El color de la piel de Xeno, su transpiración, el hecho de estar a unos pocos centímetros y a solas, hizo que Ferder pusiera su mano extendida, entre el aire y su amada figura, sin tocarla siquiera deslizándola sobre su espalda, en la más anhelada y tierna caricia, que jamás les iba a ser permitida.

Xeno seguía hablando sin mirar de frente, su cabello ondulado y su piel canela, seguían moviéndose, plasmados en el tiempo, que Ferder detuvo.

Cuando Xeno finalmente le dio la cara, a Ferder eso ya ni le importaba.

– Y recuerda, me debes respeto, porque yo soy tu maestra. –

– Sin títulos Xeno, por favor, somos seres humanos. –

– ¡Ah! Por cierto, Ferder, ¿ya sabías que me gustan los corales? – preguntó Xeno al final.

– No, pero, ¿a qué viene eso ahora? –

– Nadamás, porque creí oportuno decirte, que el coral permanece silencioso durante mucho tiempo, en el fondo del mar o en las peceras y que todas esas burbujas que se forman a su alrededor, son su lenguaje, su susurro convertido en música, en sinfonía silenciosa… ¿sí me entiendes? –

Ferder no volvió a decir nada.

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