La evolución del entorno

Por Leticia López Pérez

Fotos: Leticia López Pérez

México se encerró en sus casas el 20 de marzo de 2020. El virus SarsCov-2, desconocido para el organismo humano, causante de la enfermedad Covid-19, llamada así porque el primer caso que se conoció, tuvo lugar en diciembre de 2019.

Muchos de nosotros, desde ese momento pensamos que sería la siguiente pandemia, puesto que, en pocos días, el número de contagios había sido considerable, llegó a Europa, se extendió por Asia, y supimos que no tardaría mucho en llegar al continente americano. Y así fue. Llegó con viajeros que tenían la posibilidad económica de ir al extranjero, y no sabían que traían consigo al virus más letal que había conocido la humanidad, para la cual no había tratamiento a pesar de la inmediata respuesta de la comunidad científica mundial como nunca antes. Pero la gente moría, y moría muy rápido.

Ante esta amenaza invisible, la única medida de mitigación posible fue meternos a todos en nuestras casas. Fue semana a semana, cuando un nuevo país anunciaba su respectiva cuarentena, hasta que, al llegar a nuestro continente, se declaró oficialmente la pandemia. Recuerdo cómo antes de entrar en nuestra casa, tras haber hecho las compras que creíamos, serían para un mes de encierro, le dije a mi hijo que el virus nunca se iría, y que esto marcaba el inicio de una nueva manera de vivir para toda la humanidad.

Y así ha sido, nuestras dinámicas cambiaron, y hoy llevamos ya más de un año en nuestros hogares. Hoy, tras las compras a domicilio, y las pequeñas compras de mandado con cubrebocas en las tienditas de la colonia, vamos saliendo a un mundo que cambió en nuestra ausencia.

La miscelánea de Don Joaquín, Don Rafa, Don Samuel, sobrevivieron porque los vecinos no se sentían seguros de tomar un transporte lleno de gente para ir al súper. Los supermercados sobrevivieron porque organizaron un gran sistema de entregas a domicilio, que por momentos se vieron rebasadas, y las entregas se programaban hasta tres días después de haber hecho el pedido. De hecho, quienes crecieron fueron las plataformas de venta a domicilio, y al parecer, es una modalidad que ha llegado para quedarse.

Salir a la calle significó saludar de nuevo a Toño, a la señora de la panadería, con sus estantes protegidos con plástico cristal, y todo cubierto para evitar que el virus contamine sus productos. Significó encontrar la papelería aún abierta, vendiendo sus cuadernos, pegamento, juegos de geometría y productos de mercería como siempre. Implicó ver moños negros afuera de diferentes inmuebles, anunciando la pérdida de familiares y vecinos, encontrar el tráfico de siempre, e ir sintiendo el esfuerzo del cuerpo a volver a recorrer lugares que habían dejado de ser cotidianos.

Pero al caminar por calles más grandes la historia ya no fue de reencuentro, y empezó a notarse el efecto pesado de esta pandemia, donde las mismas razones que permitieron sobrevivir a negocios locales e hicieron crecer como masa con levadura a los negocios de entrega a domicilio, hicieron imposible resistir a los negocios medianos. Sólo algunos se sostuvieron recortando personal, dejando una ventanilla de atención, y enviando sus productos a domicilio. Otros dejaron el inmueble y se movieron al servicio por Internet. Muchos sencillamente quebraron.

Caminar por Miramontes deja una sensación agridulce, pues podemos apreciar jardines hermosos, bien cuidados, árboles acompañando la caminata, aves por doquier, pero al mismo tiempo, personas conocidas han quebrado los negocios que les permitía mantener a sus familias. Así, caminar por avenidas de mediana importancia es como acudir a un sepelio tras otro, con cortinas de metal cerradas, letreros de “se renta” muy juntos, escaparates que ya no dejan ver productos sino polvo y espacios vacíos.

Nuestro entorno ya no será el mismo. Muchas cosas que acompañaban nuestra vida ya se han ido y quizá no vuelvan. Una tienda de antigüedades quebró muy pronto, y sólo se aprecian objetos que nadie considera comprar por ahora detrás de una reja. Un edificio que se había concebido como plaza comercial está vacío en casi su totalidad, polvo, silencio, autos pasan sin reparar en el fenómeno, porque los grandes establecimientos siguen ahí, indiferentes a las pequeñas tragedias de sus vecinos menores, de los dueños de los espacios inútiles, para cuya remodelación no hay suficiente capital, y queda el deterioro por doquier.

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