México y Bolívar

Rafael Heliodoro Valle 

Fotografía Héctor Tenorio

El navío de guerra “San Ildefonso”, que a principios de marzo de 1799 llegó a Veracruz con procedencia de la Guaira (Venezuela), había hecho una travesía “felizmente, gracias a Dios”, conduciendo azogues de Almaden y de Alemania, papel para las oficinas virreinales, un cuadro de pintura para la Real Academia, 3 baúles de particulares y 6 cajones con flores; yerbas y raíces para el hospital de Manila. De Venezuela salió el 19 de enero, y la “Gazeta de México” asegura que llegó a Veracruz el 1º de febrero. Entre los pasajeros figuraba un caraqueñito huérfano, que iba a Madrid para continuar su educación: traía cartas del intendente Esteban Fernández de León y del obispo de Caracas para su sobrino el oidor don Guillermo de Aguirre y de don Juan Esteban Hechesuria para el ricacho don Pedro Miguel Echeverría; pero le servían de mejores credenciales sus quince años alertas, su urbanidad de seda, la soltura en la conversación, la inteligencia que deslumbraba a cuantos le conocían y la posición pecuniaria y de abolengo que le distinguía en aquella capitanía general. Dos españoles de sus apellidos habían brillado en la Nueva España: en 1664 figuro el licenciado don Nicolás de la Redonda Bolívar, abogado de la Real Audiencia, teniente del gobernador de Yucatán y uno de los jinetes que a la caída de la tarde, paseando con sus amigos, alegraba las calles de la tranquila Mérida; en 1649 figuraba don Juan Bolívar, relator más antiguo de la misma Audiencia, que pasó el año siguiente a ser fiscal de Manila, siendo remplazado por su hijo. 

El “San Ildefonso” permaneció surto varios días en Veracruz, esperando los caudales que irían al reino; pero como el oro y la plata no llegaban al puerto y se sabía que La Habana estaba boqueada por dieciséis barcos ingleses, tuvo que detenerse en Veracruz, y entonces el joven Bolívar dispuso conocer Puebla, Jalapa y la capital del virreinato. Huésped del oidor de Aguirre y aposentándose en la casa de los marqueses de Uluapa, salía a conocer la ciudad, acompañado del señor oidor, quien pronto le relacionó con el virrey. La marquesa, que estaba fascinada por la vivacidad del caraqueñito, era nada menos que doña María Josefa Rodríguez de Velasco, hermana guapísima de aquella “Güera” célebre, que también fue flor de beldades. Y el virrey don Miguel de Azanza gustaba de charlar con él; le hacía muchas preguntas; y cierto día –dice Larrazábal– , que entrando “a cuestiones de peligroso examen”, se habló incidentalmente de la última insurrección de Caracas, el imberbe viajero no se desconcertó por las preguntas de Su Excelencia, y como dijese con valentía, que era justa la causa de América, hizo el De Azanza girar la conversación hacia otro tema, y llamando aparte al oidor, le sugirió que era prudente que el mancebo siguiera pronto el viaje a España. 

El 20 de marzo por la mañana estaba ya de regreso de la capital, donde permaneció ocho días, según dice la carta más antigua de Bolívar. Su viaje en coche y otros gastos menores ascendieron a cuatrocientos pesos, que pagó el señor Echeverría; y como no había entonces mesón en todo el puerto de Veracruz –cosa más escandalosa que las respuestas dadas al señor virrey-, tuvo que alojarse en la casa de don José Donato de Austrea, “el marido de la Basterra”, quien le invitó con insistencia; y ese día, después de escribir a su tío Palacios y Sojo, aprovechando el barco que salía para Maracaibo, el joven Bolívar continuó su viaje, pasando por La Habana. 

EL IMPERIO OPULENTO 

Su rápida visita, a la que llamó “la opulenta México” en carta al gobernador de Curazao (21 de octubre de 1813) le fue más tarde profunda insistencia en sus preocupaciones y hasta le gustaría volver a México, según lo advirtió al general Santander (20 de mayo de 1825) cuando pensaba salir fuera de Colombia: “Si el gobierno me quisiera emplear en Méjico, como agente diplomático, me alegrará, porque al fin es un país agradable, sano e independiente”. Veía a México, en la lejanía de sus recuerdos, con la “reputación de rico y grande” (4 de agosto de 1823) y por primera vez le asaltaría seriamente la suerte de este país, cuando la guerra de independencia se desatará en toda la América española, presentando a su vista un panorama de países “comparable a unos vastos cementerios, donde el gobierno español amontona los huesos que ha dividido su hacha homicida”.  

Y ese cuadro lúgubre vuelve a su mente el 18 de agosto de 1815, cuando en Kingston escribe al editor de “Roger Gazette”: “en Méjico más de un millón de sus habitantes han perecido en las ciudades pacíficas, en los campos y en los patíbulos. No ha sido solamente una guerra a muerte la que los españoles han declarado contra aquel opulento imperio, sino una guerra de exterminio, la que las tropas españolas hacen con ferocidad; sin cuartel para el vencido; ejerciendo su venganza contra las poblaciones inofensivas de todas clases y pasando a filo de espada, no solo a prisioneros sino aun a los civiles, a los ancianos y a los enfermos, a las mujeres y a los niños, saqueando y destruyendo las ciudades y aldeas y la propiedad en general sin exceptuar siquiera a los animales”. 

LOS OPRESORES SANGUINARIOS 

Cuatro días después de esa carta abierta, se dirige al Presidente de las Provincias Unidas de Nueva Granada, comentando la batalla de Waterloo. En ella le hace notar que “si Napoleón es bien recibido por las Américas del Norte, esta será combatida por toda la Europa, y por consecuencia Bonaparte intentará poner de su parte a los independientes de Méjico, sus vecinos”. De las actividades del espionaje francés en América, Bolívar se ha percatado claramente, y andando el tiempo (9 de febrero de 1825) señala a J. Benito Chasseuriau como espía de Francia en México y en el norte de Colombia.  

En su carta de Kingston (6 de septiembre de 1815) estiliza por primera vez su sueño de hacer de América “la más grande nación del mundo”, en que según indica: “la metrópolis, por ejemplo, sería Méjico, que es la única que puede serlo por su poder intrínseco, sin el cual no hay metrópolis”. Y en esa ocasión es cuando consigna datos sobre la situación mexicana, que vale la pena recordar: “en Nueva España -dice- había en 1808, según nos refiere el barón de Humboldt, 7.800.000 de almas con inclusión de Guatemala. Desde aquella época, la insurrección que ha agitado a casi todas sus provincias ha hecho disminuir sensiblemente aquel computo, que parece exacto; pero más de un millón de hombres ha perecido, como lo podrá usted ver en la exposición de Mr. Walton, que describe con fidelidad los sanguinarios crímenes cometidos en aquel opulento imperio. Ahí la lucha se mantiene a fuerza de sacrificios humanos y de todas especies, pues nada ahorran los españoles con tal que logren someter a los que han tenido la desgracia de nacer en este suelo, que parece destinado a empaparse con la sangre de sus hijos. A pesar de todo, los mejicanos serán libres porque han abrazado el partido de la patria, con la resolución de vengar a sus antepasados o seguirlos al sepulcro. Ya ellos dicen con Raynal: llegó el tiempo, en fin, de pagar a los españoles con suplicios y de ahogar a esa raza de exterminadores en su sangre o en el mar”. 

EL ILUSTRE MORELOS 

Sus noticias sobre la situación de México (según se desprende de la famosa carta de Kingston), eran fidedignas: “los sucesos de Méjico han sido demasiado varios, complicados, rápidos y desgraciados, para que se pueda seguir en el curso de su revolución. Carecemos, además, de documentos bastante instructivos, que nos hagan capaces de juzgarlos. Los independientes de Méjico, por lo que sabemos, dieron principio a su insurrección en septiembre de 1810, y un año después ya tenían centralizado su gobierno en Zitácuaro e instalada ahí una junta nacional, bajo los auspicios de Fernando VII, en cuyo nombre se ejercían las funciones gubernativas. Por los acontecimientos de la guerra, esa junta se trasladó a diferentes lugares, y es verosímil que se haya conservado hasta estos últimos momentos con las modificaciones que los sucesos hayan exigido. Se dice que ha creado un generalísimo o dictador, que lo es el ilustre general Morelos; otros hablan del célebre general Rayón; lo cierto es que, uno de estos grandes hombres, o ambos, separadamente, ejercen la autoridad suprema de aquel país; y recientemente apareció una Constitución para el régimen del estado. En marzo de 1812, el gobierno residente en Zultepec, presentó un plan de paz y guerra al virrey de Méjico, concebido con la más profunda sabiduría. En él se reclamó el derecho de gentes, estableciendo principios de una exactitud incontestable. Propuso la junta que la guerra se hiciese como entre hermanos y conciudadanos; pues no debía ser más cruel que entre naciones extranjeras; que los derechos de gentes y de guerra, inviolables para los mismos infieles y bárbaros, debían serlo para cristianos, sujetos a un soberano y a unas mismas leyes; que los prisioneros no fuesen tratados como reos de lesa majestad ni se degollasen los que rendían las armas, sino que se mantuviesen en rehenes para canjearlos; que no se entrase a sangre y fuego en las poblaciones pacíficas, no las diezmasen ni quitasen para sacrificarlos; y concluye que, en caso de no admitirse ese plan, se observarían rigurosamente las represalias. Esta negociación se trató con el más alto desprecio; no se dio respuesta a la junta nacional; las comunicaciones originales se quemaron púbicamente en la plaza de Méjico, por mano del verdugo y la guerra de exterminio continuó por parte de los españoles, con su furor acostumbrado, mientras que los mejicanos y las otras naciones americanas no lo hacían ni aun a muerte con los prisioneros de guerra que fuesen españoles. Aquí se observa que por causa de conveniencia, se conservó la apariencia de sumisión al rey y aun a la constitución de la monarquía. Parece que la junta nacional es absoluta en el ejercicio de las funciones legislativas, ejecutivas, judiciales y el número de sus miembros muy limitado”. 

BANDERAS LIBERTADORAS 

Bolívar admiraba el espíritu religioso de los insurgentes mejicanos. En su carta de Kinston dice: “Felizmente los directores de la independencia de Méjico se han aprovechado del fanatismo con el mayor acierto, proclamando a la famosa virgen de Guadalupe por la reina de los patriotas; invocándola en todos los casos arduos y llevándola en sus banderas. Con esto, el entusiasmo político ha formado una mezcla con la religión, que ha producido un fervor vehemente por la sagrada causa de la libertad. La veneración de esta imagen en Méjico es superior a la más exaltada que pudiera inspirar el más diestro profeta”. Ese espíritu querría ver encendido más tarde “para oponerlo contra las pasiones de la demagogia” (carta a J. Rafael Arboleda, 29 de julio de 1828). 

Bolívar estaba en comunicación asidua con los adalides insurgentes de América. El 26 de septiembre de 1816, hallándose en Port-au-Prince, avisa a Mr. Max Maxewell Hyslop: “se espera de un momento a otro al general Mina, que a la cabeza de una expedición debe de dirigirse hacia Méjico” y ojalá que se encontrase la carta que Mina le dirigió desde Baltimore el 21 de julio, hablándole de esa expedición, como lo comunica Hyslop, el 8 de octubre siguiente: “Ella (la expedición) va destinada a México, una parte llegó ya a Port-au-Prince, en donde el general es esperado todos los días. Su carta está llena de elogios que me hace y sería muy largo detallarle aquí”. 

Que a Bolívar le obsesionaba la suerte de México en la lucha por la emancipación, bien claro está en su proyecto de llevar fuera de Colombia las armas libertadoras, una vez que él impusiera la paz en Caracas (8 de agosto de 1820 a Santander); “y después –Dios nos asista!, adiós del Perú y México. Adiós de La Habana y Puerto Rico. Yo no le pido a Dios más que una victoria, porque las demás ya las tengo seguras”. El 16 de agosto de 1821, con videncia que asombra, el Libertador escribe a Santander: “Se está esperando la paz por momentos y la independencia de México y del Perú, porque todo se ha acumulado a favor de la libertad de América”. Y el 16 de septiembre ya latiéndole con violencia el afán de ver madurar su esperanza, como si recibiera mensajes sobre el Plan de Iguala, escribe al Dr. Pedro Gual, que se le ha asegurado que Iturbide ha entrado en junio en la capital mexicana, al mismo tiempo que San Martín en Lima. 

QUETZALCÓATL Y BOLIVAR 

Bolívar habla con devoción de la Virgen de Guadalupe, como buen ciudadano de América, que busca números para una simbología americana. En la carta de Kingston expone su pensamiento sobre el mito de Quetzalcóatl, sin renunciar al credo religioso, y por vez primera, apartándose de los intérpretes sectarios, le da un nuevo sentido al personaje precortesiano. Acaso en el P. José de Acosta o en Clavijero, se nutrían sus informaciones sobre el pasado de México. He aquí su tesis sobre la deidad de las múltiples facetas: “los americanos meridionales tienen una tradición que dice que cuando Quetzalcóatl, el Hermes o Buda de la América del sur, renunció su administración y los abandonó, les prometió que volvería después que los signos designados hubieran pasado, y que él restablecería su gobierno y renovaría su felicidad. ¿Esta tradición no opera y excita una convicción de que muy pronto debe volver? ¿Concibe usted cuál será el efecto que produciría, si un individuo, apareciendo entre ellos, demostrase los caracteres de Quetzalcóatl, el Buda del bosque, ¿o Mercurio, del cual han hablado tanto las otras naciones? ¿No cree usted que esto inclinaría todas las partes? ¿No es la unión todo lo que se necesita para ponerlo en estado de expulsar a los españoles, sus tropas y los partidarios de la corrompida España, para hacerlos capaces de establecer un imperio poderoso, con un gobierno libre y leyes benévolas?” 

Y prosigue, diciendo: “Pienso como usted, que causas individuales pueden producir resultados generales; sobre todo en las revoluciones. Pero no es el héroe, gran profeta o Dios de Anáhuac, Quetzalcóatl, el que es capaz de operar los prodigiosos beneficios que usted propone. Este personaje es apenas conocido del pueblo mejicano y no ventajosamente, porque tal es la suerte de los vencidos, aunque sean dioses. Sólo los historiadores y literatos se han ocupado cuidadosamente de investigar su origen, verdadera o falsa ambición, sus profecías y el término de su carrera. Se disputa si fue un apóstol de Cristo o bien pagano. Unos suponen que su nombre quiere decir Santo Tomás; otros que Culebra Emplumada; y otros dicen que es el famoso profeta de Yucatán, Chila-Cambal (sic.). Es una palabra, lo más de los autores mejicanos, polémicos e historiadores profanos, han tratado con más extensión la cuestión sobre el verdadero carácter de Quetzalcóatl. El hecho es, según dice Acosta, que él estableció una religión, cuyos ritos, dogmas y misterios tenían una admirable afinidad con la de Jesús, y que quizá es la más semejante a ella. No obstante esto, muchos escritores católicos han procurado alejar la idea de que este profeta fuese verdadero, sin querer reconocer en él a un Santo Tomás como lo afirman otros célebres autores. La opinión general es que Quetzalcóatl es un legislador divino entre los pueblos paganos del Anáhuac, del cual era lugar-teniente el gran Moctezuma (sic) derivando de él su autoridad. De aquí se infiere que nuestros mejicanos no seguirían al gentil Quetzalcóatl, aunque apareciese bajo las formas más idénticas y favorables, pues que profesan una religión la más intolerante y exclusiva de las otras.”  

CUAUHTÉMOC-REY TRÁGICO 

Bolívar había hablado antes de Cuauhtémoc, de Guatimozin como se le llama en las historias: “Si a Guatimozin, sucesor de Moctezuma, se le trata como emperador y le ponen la corona, fue por irrisión y no por respeto; para que experimentase este escarnio ante las torturas. Iguales a la suerte de este monarca –dice- como las del rey Caolzontzin; el Zipa de Bogotá y cuantos toquis, primas, zipas, ulmenes, caciques y demás dignidades indianas sucumbieron al poder español” (Carta de Kingston). 

Es curioso consignar el hecho de que el escritor don José Fernández Madrid haya escrito en La Habana su tragedia “Guatimoc”, siguiendo los lineamientos de la técnica italiana de entonces, y que haya dedicado a Bolívar su trabajo. En carta de éste fechada en Bogotá 13 de noviembre de 1827, hace este comentario: “He recibido el ‘Guatimoc’ con el mayor gusto, porque veo en él un momento del genio americano; le diré a usted lo que siento sin ser poeta: hubiera deseado más movimiento y más acción en la escena. Generalmente hablando, el pueblo no gusta de acciones tan sencillas, que den tan poco a trabajar al pensamiento que desea divertirse en su propia curiosidad y en el efecto de la catástrofe C’ EST TROP UNI”. 

VICTORIAS BOLIVARIANAS 

La noticia de la victoria de Junín fue dada a México por el administrador de correos de Trujillo (Perú) señor Caledonio Bombix, en carta del 30 de octubre de aquel año. Era Bolívar en México la figura que más atraía a los hombres de América, “el príncipe de la mirada irresistible”. En la traducción que don Lorenzo de Zavala hizo del estudio de Mr. Pratt sobre la América española y que apareció en “El Sol” de aquella capital, decía: “Se asegura que Bolívar aprovechándose del desorden de las tropas realistas ha hecho triunfar la buena causa”. Dicho diario reprodujo el 20 de enero aquella “Oda al Libertador de Colombia” que apareció en “El Correo Mercantil de Lima” el 18 de septiembre de 1823, que comienza: “Con que al fin has logrado –afortunada Lima- recibir en tu seno al inmortal Bolívar?” Y he aquí lo que pluma anónima consagraba al Libertador en el mismo diario de 10 de febrero: “Poseedor de un inmenso caudal en el antiguo gobierno, despreció todo para libertar a su patria. Perseguido por la suerte, oprimido en muchas ocasiones por la fuerza enemiga, no desmayó jamás de su empeño hasta tanto que logró triunfar a fuerza de valor y constancia, libertando a Colombia desde la mar del norte hasta el sur” (“El Sol”, 10 de febrero de 1824). 

La goleta colombiana “Tres hermanas” llegó el 27 de enero de 1825 a Acapulco, procedente de Guayaquil, después de 27 días de navegación, trayendo las noticias de la victoria de Ayacucho. Al día siguiente, el diario “El Sol” la amplió publicando la orden del día expedida desde el cuartel general en Lima el 22 de diciembre de 1824, suscrita por “El jefe interino”; el parte de Sucre al libertador del 10 de diciembre inserto en la “Gaceta Extraordinaria de Lima” del 22 de diciembre, y la proclama de Bolívar a los peruanos en la “Gaceta Extraordinaria del Supremo Gobierno de la Federación” del 2 de febrero; y a esos documentos agregó esta noticia oficial: “El Exmo. Sr. Presidente lleno de la satisfacción que tan próspero suceso debe inspirar a toda la nación, ha dispuesto se solemnicen con salvas y repique general en toda la República.” La noticia oficial la daba desde el Palacio Dictatorial de Lima el ministro de Estado en el Departamento de Gobierno de Relaciones Exteriores, don José Sánchez Carreón, quien en párrafo aparte se honraba al congratular a nombre de su gobierno “a la nación mexicana por una jornada tan célebre en los anales americanos, y que alejando para siempre los temores que infundía el poder español hará concentrarse en una gran masa de repúblicas a las secciones del Nuevo Mundo, que habiendo partido los males de la colonización española se reunirán ahora a comunicarse las inmensas ventajas de su independencia.” Al margen de este documento puso de su puño y letra el Ministro Alamán: “Contéstese al señor ministro del Perú muy expresivamente su felicitación. Los impresos que acompañan publíquense en La Gaceta los que no estén ya publicados”. Y así se hizo el 2 de febrero: “Al tener la honra de contestar la muy plausible nota de S. E. fecha de diciembre último pasado cuyo contenido he puesto en conocimiento del Exmo. Sr. Presidente de esta república de su orn, le suplico a su gobierno y congreso peruano luego que se instale que los sucesos a que se contrae y aún más la victoria de Ayacucho y que posteriormente hemos tenido noticia han llenado de satisfacción a S. E. y a toda la nación.” A la vez se dirigió al secretario del Exmo. Señor Libertador del Perú la que dice: “El Exmo., señor presidente de esta federación se ha llenado de satisfacción y júbilo al saber la gloriosa y decisiva victoria de las armas americanas del Sur sobre las españolas, acaecida en el punto de Ayacucho el 9 de diciembre último y así demanda que lo manifieste a V.E. a fin que a su nombre se sirva felicitar al Exmo. Sr. Libertado”. Ambas fueron enviadas el mismo 2 al señor comandante del apostadero de Alvarado, para su remisión al administrador general de correos de Trujillo, Sr. Bombix, a fin que la hiciera llegar a su destino; pero la nota del 13 de abril, dirigida por Alamán al Ministro de estado y Relaciones del Perú es la más expresiva. “Una jornada tan satisfactoria para las Américas Independientes y en que ha brillado el valor y el denuedo del ejército libertador, la sabiduría de C. E. el dictador del Perú, los talentos militares del Sr. General Antonio José de Sucre, y la pericia de los demás jefes y oficiales, ha llenado de júbilo al E. S. P. de esta república, congratulándose como es justo al ver abatido a un poder que sólo ha aspirado a prolongarnos los males de la guerra”. 

BOLÍVAR EN LA PRENSA MEXICANA 

Informaciones y noticias sobre Bolívar y sus hazañas eran frecuentes en la prensa mexicana de 1823 a 1831. Noticias que traían los capitanes de los barcos a Veracruz, Tampico o Acapulco; informaciones que eran reproducidas de los periódicos colombianos o los de Nueva Orleans o Filadelfia, y que permitían a los lectores mexicanos estar al tanto de lo que el Libertador hacía. “El Sol” de esta capital (del 19 al 21 de mayo de 1824) dio a conocer una nota del secretario de Bolívar al gobierno de México y la famosa proclama de Pativilca; y el 19 de dicho mes comunicó a sus lectores que por un barco llegado del Perú al puerto de Guaymas en Sonora, se había sabido que a mediados de febrero fue tremolado el pabellón español en la fortaleza del Callao por el jefe que mandaba en ella, “indio natural de las pampas en Buenos Ayres” y se transmitía la noticia de que Bolívar de hallaba en Pasco al frente de ocho mil colombianos, tres mil chilenos y cuatro mil peruanos. “Sabiendo estos acontecimientos dijo que siendo Lima una ciudad de ninguna importancia militar, su ocupación por los españoles por la infamia del comandante del Callao no era un motivo suficiente para alterar su plan de operaciones que parece era hacerse dueño de las ricas provincias del Alto Perú, de donde los españoles sacaban tantos auxilios sin hacer mucho caso de las playas”.  

Decía “El Sol” (1º de noviembre de 1824) que el señor Miguel Santa María, primer ministro de Colombia en México, había puesto a su orden la colección de impresos de “El Patriota” de Guayaquil, desde el principio de julio hasta el 28 de septiembre, y de tales impresos tomó noticias sobre los triunfos del ejército libertador en el Perú a las órdenes de Bolívar y la proclama de éste, desde Pasco. 

En la librería de Recio, de esta capital, se vendía un libro que trataba del sistema colombiano popular, electivo y representativo. “Esta obra puede ser de alguna utilidad en las presentes circunstancias. Contiene un extracto de la Constitución general de Norteamérica; una comparación entre la Constitución de los Estados Unidos y la de Inglaterra: la actual Constitución de la república de Colombia, ideas sobre el federalismo: el discurso de Jefferson al tomar el mando de la presidencia: el de Bolívar al jurar la constitución de Colombia, y la despedida del gran Washington. Para disipar las preocupaciones que hasta aquí han propagado sobre la debilidad del gobierno republicano de los Estados Unidos, se presentan dos estados en los que a primera vista se lee toda la historia de la última guerra de los Estados Unidos con la Gran Bretaña. En el primero están descritos todos los combates en el mar y en los lagos: en el segundo se hallan todas las batallas de tierra. Esta obra está en un tomo en cuarto recortado a la holandesa, impreso en Nueva York en 1823; su precio es de dos pesos.” (“El Sol”, el 22 de febrero de 1824). Enseguida aparecieron: el tratado de confederación de las repúblicas Americanas (“El Sol”, 2 de octubre de 1824); un artículo sobre la religiosidad de Bolívar se publicó en “El Sol” el 9 de febrero de 1825; otro artículo titulado “Manco Capac al libertador” figura en el número 13 de mayo de 1826. Al año siguiente dio a conocer don José María Heredia su obra “A Bolívar” en esta capital. Del “Centinelas de Buenos Aires”, se tomó la noticia siguiente: “Bolívar hizo una entrada triunfante en Lima el 1º de octubre a la cabeza de 4,500 hombres. Se le había dado el mando supremo político y militar para cortar la rivalidad entre Torre Tagle y Riva Aguerro. A consecuencia de la derrota de Valdés el virrey La Serna abandonó la ciudad de Cuzco para irse a reunir con Canterac. En suma, todo prueba que el estado de las cosas es muy favorable a la causa de la Independencia y que el Perú quedará muy en breve enteramente libre del yugo español”. (“El Sol”, 13 de marzo de 1824) 

Era tanto el entusiasmo por Bolívar en México, que había un barco que llevaba su nombre (“El Sol” 12 de febrero de 1825). El 2 de abril de 1827 el mismo periódico anunció: “Luego que llegue la noticia a México de las turbaciones en Colombia y de los nuevos planes de Bolívar, es regular causen el efecto de disolverse el Congreso de Tacubaya. Mientras que los gobiernos a que pertenecen respectivamente los plenipotenciarios, se publica hallarse en un estado de disolución o de sufrir mutaciones fundamentales antirepublicanas, y no sabemos con qué grado o concepto de autoridad debida o utilidad en último término se pueden hacer pactos ni convenios algunos por aquella corporación”. Y el 19 de septiembre de dicho año publicaba este suelto: “El General Bolívar ha perdido mucho de aquel prestigio que le hizo tan adorado de los pueblos y tan poderoso contra los enemigos de su libertad. Hoy lo vemos disentir bastante de los mismos valientes que condujo a la victoria, y se presentaban los fatales síntomas de la guerra más desastrosa, guerra intestina, entre unos propios ciudadanos.” Sobre el mismo tema insistía el 4 de diciembre publicando este fragmento de carta: “Bolívar debe dar la vela mañana para Cartagena a bordo de la fragata inglesa “Truída” acompañado de su Estado Mayor y de 350 hombres de su guardia. Parece que el Libertador tiene intención de marchar inmediatamente a la capital. Dos buques en los cuales hay abordo un gran número de oficiales colombianos deben zarpar también siguiendo a la “Truída”. Como Bolívar deseaba vivamente conservar adictas a sus tropas, y de que se mantengan fieles, ha destinado todo el dinero que se hallaba en tesorería para el pago de los sueldos atrasados que les deben y para la subsistencia de las mismas, por consiguiente no ha quedado un peso, tanto en la tesorería de esta ciudad como en la de Caracas. Bolívar ha perdido parte de su popularidad en Caracas a causa de su comportamiento con los comerciantes, y de las sospechas que quizá sin razón se han concebido de que aspira al poder despótico.” 

ECOS DE SU MUERTE 

La primera noticia de la muerte de Bolívar fue dada a conocer por “El Sol” (5 de febrero de 1831), que insertó varios documentos: el parte oficial expedido por el comandante general de Magdalena, la proclama del prefecto del departamento, la despedida del Libertador a los colombianos y el certificado de ella que suscribieron el obispo Esteves, el general Montilla y otros amigos y compañeros de armas del héroe. El mismo día el “Registro Oficial del Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos” publicó la siguiente: “El 17 de diciembre ha muerto de consumación en Santa Marta el ilustre General Simón Bolívar. Él hará siempre un papel brillante en la historia de la Independencia americana, y su nombre figurará con gloria en los fastos militares de las nuevas repúblicas. Cualesquiera que hayan sido sus errores políticos, el hombre que creo la república de Colombia arrancándola del dominio español; que hizo la independencia del Perú humillando las banderas españolas en el último punto de la América en que tremolaba, será siempre objeto de la gratitud y de la admiración de todo amante de la independencia americana. Colombia continuaba en un estado de completa anarquía de la que no queda mucha esperanza de verle libre”. (“Registro Oficial del Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos”, 5 de diciembre de 1831). 

En su edición siguiente, “El Sol” (8 de febrero de 1831) insertó la Canción fúnebre por la ausencia eterna del libertador de tres repúblicas”, y el coro dice así: 

“Ya Bolívar no existe en la tierra, 

él habita en la sacra mansión, 

él nos deja de luto cubiertos, 

y anegados de llanto y dolor”. 

Hace más de un siglo que el doctor Teresa de Mier, con su ojo de águila mexicana percibió la gloria de Bolívar al levantar con palabras perdurables, en el Congreso Constituyente, un monumento digno del héroe. Los nombres de sus calumniadores se han borrado de la memoria de las gentes y sólo resurgen al conjuro de la erudición que les castiga sacándolos de lo anónimo. Y en estos días, en que la imagen de Bolívar se alza frente al Valle mexicano, volvemos a escuchar la convocatoria que hizo a los pueblos americanos para que siguieran luchando por los ideales que fueron la mejor justificación de su paso por la tierra. 

México, 1º de julio de 1946 

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