LA MUERTE VISITA

Por Luis Mac Gregor Arroyo

Foto de Mike en Pexels.

 hoyo blanco.com.mx

Caminaba rumbo a algún sitio en la ciudad. De esos en que uno va a perderse una o dos veces por semana con los cuates y las cuatas acompañado de un buen café o algún alcohol desinhibidor. Que la noticia de la semana, que subió el dólar, que ya sabes quién se metió con quién y… —Oye, ya en serio, ¿cómo te ha ido con la Laura?

—Bien —.Responde uno.

Se regresa uno al hogar, no sin antes pararse en la colonia Roma a comprar el café preferido. Con un kilo de grano de tostado oscuro, curiosamente preferí el de color tono medio.  Me aventuro, de nuevo, por las calles que me llevarán al Politrén, que recorre la calle principal de la ciudad, para ir a mi hogar, cuando, a un cuadra en la parte de atrás de un coche lujoso, viendo a través del vidrio bajado de manera parcial, se veía una mujer esquelética, como fuera de este mundo, con la piel grisácea, pálida en extremo. Parecía una muerta. Tras el impacto de verla por unos segundos, su imagen se volvió normal, a la de cualquier mujer de la alta sociedad en la parte trasera de su coche, manejado por un chofer profesional.

Agitando la cabeza y recordando que llevaba la bolsa con el café seguí mi camino. Media hora después ya me encontraba en la zona residencial donde estaba mi vivienda. En el trayecto no había podido dejar de preguntarme, ¿por qué se me habría aparecido… la muerte? Hasta ese momento relacioné la imagen de esa mujer con la parca.

¡¡¡CUASHHHH!!! De repente vi pasar un tubo de cobre enfrente de mí a gran velocidad. Lo seguí con la vista y después, lo innombrable… ¡¡¡SPUONKKHH!!!, el objeto cilíndrico cruzó a Laura desde la altura del corazón a la de la axila izquierda y ella cayó frente a mis ojos. No pudo quejarse, mucho menos pedir ayuda. Su muerte fue instantánea. LAURA, el sostén de mi vida, la cordura de mi existencia.

Apresurado llegué junto a ella y me hinqué. De alegre en la reunión con los amigos pasé a la devastación. En mis años abundantes de soledad encontrar a Laura había sido un golpe de suerte. Lo mejor que me había sucedido en la vida. Ahora había fallecido. Sin remedio, como un niño chico me puse a llorar junto a su cuerpo. La multitud se acercó. La desesperación del dolor y sentirme rodeado de desconocidos me abrumó… Una hora después estaba rumbo a la morgue y yo me retiré al departamento. Entre, perdido, al antecomedor. En la mesa estaba el calmante que le había recomendado el doctor para que se relajara de la tensión laboral.  Me le quedé viendo a la caja, sabía de antemano: “Qué más da”, pensé, y me tragué 25 de las pastillas, sin Laura, vivir otros treinta años de soledad, no tenía caso. Si había Dios se podía ir al carajo.

Tomé el blister y les quité la cubierta a un grupo de aproximadamente cinco pastillas, después a uno de diez y luego a uno de siete, me las tragué todas. Después me senté, y a esperar: “Me uniré contigo Laura, no, la soledad no me va, no es lo mismo”. 10 minutos después comencé a sentir mi corazón latir más fuerte y comencé a sentirme dolorido del órgano, aunque era manejable. Cinco más tarde me levanté un poco y sentí mareo, para ir de un lado a otro de la pieza tenía que terminar sujetándome de algo. Pero, ¿qué quería lograr? Nada, me iba a dejar fallecer. Después me senté en el piso con el rostro recargado en las rodillas. Desconocía lo que me esperaba; pero debía ser firme. La vida como antes no tenía sentido. De repente algo semejante a si algo bajara sobre mí todo se volvió negro. Me agité y volví a ver. Pero retomé, seguí en mi empeño. Si todo se volvería oscuro, sería así. Dos minutos después todo se volvió a obscurecer, ¿estaría muerto? Moví mis brazos pero seguía sintiendo los objetos del entorno ¿Sería que poco a poco dejaría de sentir lo de alrededor y fallecería al final? No lo sabía, pero la oscuridad no se sentía amigable sino como una terrible pesadilla. Decidí ignorar, me levanté como pude me guié por las paredes que sentía al tacto. Salí del departamento y grité pidiendo ayuda desmoronándome.

Casi de inmediato una vecina que venía por las escaleras se detuvo a auxiliarme. Había ya recuperado algo la vista. El salir del cuarto donde tomé las pastillas aminoró el efecto de la negrura en los ojos. A los pocos segundos de haber llegado la ayuda ya no podía hablar bien. Mi lengua se había hinchado. Tras la vecina que había llegado, llegó otra al oír el llamado de auxilio mío y de la primera. A fin de cuentas una llamó una ambulancia y la otra se dedicó a levantarme y a llevarme a la puerta de salida del edificio. Ahora comenzaba a ver todo como con una capa de película de color amarillo. Minutos más tarde un hombre se acercó a mí diciendo si necesitaba una silla de ruedas. No la requerí.

Me encaminé a la ambulancia que estaba frente al edificio. Ahí había dos o tres paramédicas. Me subieron al vehículo y entre que me recostaban y me mantenían parcialmente sentado mi vista volvió a estar bien aunque se me hacía pesado moverme. Sin embargo, conseguía percibir todo a la perfección. Una de ellas realmente no la recuerdo; la otra era muy atractiva, pero concentrada en sus preguntas, aunque más bien me pareció teatro para permitir que la tercera me preguntara más y tomara mi brazo.

—¿Te sientes bien? —Me dijo sentada a mi lado mientras permitió y casi colocó mi brazo extendido sobre sus piernas y mis dedos tocando su parte noble. Estaba tan atolondrado que pese a darme cuenta no me atreví a sugerirle nada… Eso sólo duró un par de minutos. Después una vecina, cercana de Laura llegó y me bajaron de la ambulancia para llevarme en el automóvil de ella. Posiblemente el coste de la ambulancia era alto.

Poco tiempo después ya estaba en la recepción del hospital. Supongo mi conciencia se iba y volvía por momentos, porque recuerdo como todo se fue dando demasiado rápido, aunque sin suceder de manera veloz. Casi de inmediato me pasaron a Urgencias. Ahí, como si pasara por una máquina preprogramada. Me pusieron una sonda nasogástrica, me hicieron un lavado de estómago antes de que me diera cuenta de ello, y para cuando ya estaba reaccionando, aparte de canalizarme en el brazo derecho, me estaban tomando permanentemente mis signos vitales con una serie de cables sujetados con ventosas a mi pecho. Ya no me quería quitar la vida. Quería salir para atender mi cafetería y no perder la clientela ganada, pues apenas estaba arrancando. Estaba por desesperarme; pero decidí mantener la calma. No era bueno tomar decisiones atrabancadas: “¡Ja! Como si no hubiera hecho eso en las últimas dos horas”.

Me sentí sólo, ningún pariente me había llevado ahí. Al parecer mi pensamiento fue leído y apareció por la puerta de la sala mi madre. Seguramente Gloria, la amiga de Laura, le llamó ¿Cómo consiguiera su teléfono? Ni idea. Las mujeres tienen caminos insospechados por los que actúan. Ahí estaba ella. A sus casi ochenta años. Entera, con los ojos húmedos, dispuesta a darlo todo y yo… Sí, triste por la pérdida de Laura… ¿Qué le podía decir a quien me trajo al mundo?

—¿Cómo estás mi hijito?

—Bien mamá. —Mas no pude evitar una voz llorona y que una lágrima escurriera por mi ojo izquierdo. Ella correspondió con la humedad en sus ojos y mientras lloré recatadamente. Esa noble mujer compartió el sentimiento. Laura había sido buena mujer y mucho mejor hija con mi madre que yo con ella. La extrañaba mi mamá también; pero más bien se veía dolida porque le apenaba mi situación, le preocupaba…

Mi mamá tan movida de piso, ¿qué nunca se preocupaba mi esposa por ella? Las mamás siempre se desviven por los hijos… “¡Ay! ¡Laura! ¿Ahora qué voy a hacer en la vida?” Vertí dos lágrimas más. Tragué saliva y me mantuve con esa mujer frente a mí, hacía nueve meses que no la veía.

—Hijo… —Y se puso a llorar adivinando mi sentimiento.

Me hice de valor —Calma mamá, no hay más que hacer. Uno debe serenarse y echar pa’ delante.

—SSíí —. Un par de minutos después, ya estaba repuesta —. Deseas que te traiga una cobija.

­—Aquí deben de tener. En un rato me la han de traer.

—Está bien, debo estar afuera, luego nos vemos.

—Sí mamá. —Al verla darse la vuelta, me envalentoné, ¿qué caso tenía que yo estuviera ahí? Ya no tenía síntomas. Si de llorar se trataba mejor hacerlo en casa. Igual y ahora sí lograría mi objetivo —¡Mamá! Y si me sacas de aquí por baja voluntaria. Volteó y se me quedó viendo muy seria.

—Hijo no sé lo que has pasado pero no debes salir de aquí hasta estar bien.

A la distancia. No muy lejos, el doctor del turno, escuchó sin querer el diálogo que inicié con mi madre.

Saliéndome lágrimas de un ojo y humedeciéndoseme el otro —De qué me sirve estar aquí si puedo llorar igual aquí o en casa. Además alrededor no hay ni una ventana todo está iluminado por luz artificial. El techo está bajo. Casi casi todo está para deprimirlo a uno.

—Pero no te puedo sacar. No estás bien, debes esperar.

—Mamá no puedo estar aquí ya me entubaron, ya me están picoteando cada hora para ver si tengo diabetes —, ya no lloriqueando sino con tono algo enérgico —. Parece que les urge más que la tenga que evitar el padecerla.

Sin que me percatara, el doctor estaba bastante atento a la plática. Era un hombre que conocía de la fisonomía de las personas y notaba algo evidente. Esa mujer de 78 años se veía desgastada, cansada, con necesidad de atención y aquel cuarentón casi en sus cincuenta años, era un testarudo, se le había ido la mujer, pero se negaría a amar lo que tenía enfrente por el trauma popular de que las madres están para sufrir no para ser correspondidas, ya que, como todo mundo piensa… “Eso puede esperar”.

Mi madre sintió mi tono y se me quedó viendo pensativa por un par de segundos. —Mira Rubén, le voy a decir al doctor; pero vas a dejar ese departamento donde estás o me voy para allá para estar contigo unos meses. Ya estoy vieja y si te pasa algo, me muero no sólo del dolor ¡Dios sabe a dónde terminaría!

—¡Ay, mamá!

—¡No! Lo digo en serio, te vas a poner mal sino tienes a nadie quien te cuide.

La plática fue interrumpida por el doctor —Ejumm, ejummm. Disculpen pero usted se encuentra en estado de observación y su mamá, al ser el pariente más cercano, está a cargo de usted. Si ella dice que lo dé de alta, entonces usted se podrá ir de aquí.

—Pues yo como usted lo recomiende doctor porque la verdad si no lo ve bien yo no me atrevo a permitirlo. —Dijo mi madre pretendiendo sensatez pero en el hilo de la fragilidad.

La llamé para que se acercara y el doctor aprovechó para desaparecer —Mira mamá, yo tuve 40 años de miserias por ti y ya estuvo bueno. Lo único que me dio vida fue Laura, así que, por favor, sácame de aquí.

Se me quedó viendo triste. Con mirada amarga, pensativa, como perdida. Como si nunca fuera a comprender —Le voy a decir al doctor y mañana temprano a las once te saco de aquí.

—Bueno sí ándale, ya de perdida. —Y se retiró con dirección a donde el doctor se había dirigido. No la volví a ver sino hasta el otro día.

El resto de la tarde me la pasé pensando en ella, en Laura. Lo mejor de mi vida se lo debía a ella. Por ella comencé el negocio del café. Increíble, por quien era prácticamente huérfana, comprendí lo que era amar. Llenaba de vida mis días. Nunca me fallaba cuando se trataba de irse de pata de perro por algún lugar. Cuando trabajaba, lo hacíamos los dos. Para mí el significado de la mezcla de la leche y el café se quedaba muy atrás con la manera en que nuestras vidas se entrelazaban. Éramos más allá que una simple mezcla en sintonía unas cuantas horas y fracción en la mañana. Nuestra rutina era continua, era la sucesión del disfrute por el gozo mismo de simplemente estar y compartirse. Donde quiera que iba siempre la tenía presente. Es como si pudiera sentir su presencia en cualquier lugar. Me daba seguridad. Me daba impulso. Me daba vida… Quedé con la mirada perdida y otra vez las lágrimas llegaron a mis ojos.

—Disculpe, la presión.

Voltee en la dirección de donde venía la voz y, antes de reaccionar, la señorita me había tomado del brazo y puesto el brazalete. —Se le ve muy triste oiga, ¿quiere que le demos un calmante?

Tensionándome rápido —¡No! No, prefiero superarlo solo.

—Como guste. Cualquier cosa me lo dice. Me llamo Martina. Soy la enfermera de la tarde.

El resto del día me la pase serio emberrinchado con mi ‘tragedia’. Necio a no dejar de intentar pensar lo desgraciado que era y, ¿sería? Así estaba mi confuso sentir y mis pensamientos cuando acabé tendido y me dormí.

A las seis de la mañana del día siguiente abrí los ojos. Frente a mi vista había un carrito con desechos de todo tipo de materiales de la Sala de Urgencias del hospital. Llamé a un enfermero y me enderezó el respaldo de la cama, logré sentarme y estarme tranquilo. La noche había borrado el berrinche. Ahora sólo tenía la angustia. Solo y sin tener a quien amar. Encontrar a alguien similar o quien me entretuviera sería posible. Al menos no habíamos tenido hijos. Eso ya me hacía sentir algo tranquilo.

En eso llegó una camilla con una mujer algo amarilla con su hijo al lado —Solemos llevarla a otros sanatorios, pero estaban cerrados por lo del corona virus. —Decía él.

Mientras abrían paso para colocar a la mujer a dos camas de distancia de mí —Sí, aquí nos arriesgamos, o al menos así le pareció correcto a los directivos. —Respondió la enfermera encargada. Mientras entre varios camilleros colocaron a la mujer en la cama asignada.

“Qué mala suerte, la vida te da un poco de amor y de súbito te da un golpe y te quita lo que más quieres. Como tener todo en un momento y de repente quedar vacío”, pasaron unas dos horas y por ahí de casi las nueve me llevaron el desayuno en una charola. De estar ensimismado en mis pensamientos pasé a estar absolutamente absorto en la charola y la comida.

—Le voy a quitar la sonda para que coma. —Me dijo la voz amable de la Aidé, la enfermera de la mañana. Y diciendo y haciendo en menos de cinco minutos ya estaba listo para comer.

Absorto observé la charola, que era doble, abajo tenía huevo con verduras y arriba atole, pan, una manzana cocida, una gelatina y un té. Comencé a comer sin la menor consideración. Tenía ganas de comer, de vivir, de salir de ahí y seguir mi día. Inicié por la manzana cocida y el pan con el atole. Después tomé la gelatina y pasé al huevo con las verduras. No estaba todo muy delicioso pero para haber tenido carbono en el estómago como alimento esto me sabía a la gloria… —¡Cinco… diez… quince! —Paré de masticar y me quedé con el bocado a medio entrar en la boca. La mujer que habían traído había sufrido un paro cardiaco y trataban de resucitarla.

Me sentí mal, de seguro llevaban como cinco minutos tratando de revivirla y yo no me percaté. Como alguien absolutamente ajeno al asunto, pese a estar casi a mi lado. Terminé por tirar toda la charola en el bote al lado de mi cama. Los paramédicos se reemplazaban, me toco ver como a tres tratar de revivirla. Le inyectaron epinefrina y siguieron intentando volverla a la vida. Ella era diabética.

Fue la segunda persona que vi morir en dos días y no fueron tres porque yo me negué a fallecer. Al declararla muerta el médico en turno, permitió la entrada a su hijo. Un hombre como de mi edad o más joven. Se acerco le lloró —¡Mamacita! ¡Mamacita, ahora qué voy a hacer! ¡No, mamá! ¡Qué voy a hacer, vamos, vamos piensa Rodrigoo! ¡Mamaa!.

Vi a ese hombre llorar desconsolado. Después entraron sus dos hermanas. Ellas casi no lloraron. Él estaba sin consuelo, desecho, como yo cuando falleció mi querida. Después se fueron las dos hermanas y el siguió ahí –¿¡Qué voy a hacer mamá!? ¡¡¡Que voy a hacer!!!

Algo pasó en mi viendo a aquel hombre. Se veía en peor situación personal y hasta profesional que yo, por el tipo de vestimenta que llevaba. Su mamá se había muerto, la persona que le había dado vida acababa de fallecer. Uno de esos seres que dan sin esperar recibir y uno da por hecho eso como natural en ellos esperando nosotros buenos tiempos para poder darles algo… “¿Tal vez? Si ese día llega…” Algo, algo vino a mi memoria.

—De qué te ríes —, le dije una vez a Laura.

—Tonto, el amor se otorga por que amar da amor a uno.

—Entonces por eso soy tan feliz.

—Yo soy feliz por ti y porque a alguien contigo le puedo dar lo que no tuve de joven.

—¿De qué hablas?

Y se me quedó viendo con mirada profunda y después sonrió un poco distante acabando por sonreírme: ligera, de frente, acariciándome los cabellos de mi frente —Ya lo sabrás —, respondió —, pero recuerda, te amo.

Eso había sido dos meses atrás. De repente, como un golpe a mi ser entendí —¡¡¡Yo tengo a mi mamá viva!!! —Ese hombre lloró lo que no le pudo dar y ya no podrá dárselo jamás —¡¡Laura —Y con la mano en el rostro me cubrí los ojos de vergüenza y lágrimas, y una extraña tranquilidad por comprender. Ella había sido así de feliz conmigo por mí y por… Entrando a la sala de urgencias alcancé a ver los cabellos canosos de mi madre: “…Mi madre”, pensé.

—¿Cómo sigues hijo? En media hora sales.

Atento, con los ojos abiertos —Sí mamá… Te mudas al departamento.

—Si quieres, pero vas a tener que atenderme.

—Lo sé… eso está bien.

Se me quedó viendo, fija. Me pareció que sus ojos se humedecían pero, como muchas veces, nunca lo sabía por cierto.

Laura ya no estaba, pero comprendí algo: Me quejaba y maldecía mi mala suerte o aprovechaba y disfrutaba del amor que tenía ahí, tal vez por no mucho tiempo. Una muerte es horrible, querer matarse es sumamente terrible, pero perder a la madre y no retribuirle: “eso, eso no tiene nombre y lo comprendí hoy”. Al menos supe algo ese día en la Sala de Urgencias no terminaría como ese pobre hombre. Quien de seguro no había conseguido ni una pareja y a su madre no le dio: atención, cariño y respeto. Trataría de aprender amarla y no quejarme por lo perdido sino ver por lo bueno por venir y, quien sabe, tal vez también habría otra Laura en mi vida.

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