La Astronomía en el México colonial

Luis Navarro García

Madrid, España, 12 de abril del 2022

Es bien sabido que los pueblos mesoamericanos tuvieron algunos conocimientos astronómicos más que notables, aunque poco se conoce sobre la Astronomía en el México colonial. La parte práctica de esta disciplina llegó al Nuevo Mundo con los navegantes, pero la enseñanza académica comenzó de manera formal en 1540, cuando el agustino Alonso de la Veracruz comenzó a explicar conceptos de la astronomía geocéntrica en el Colegio Mayor adjunto al convento que su orden estableció en Tiripetío, Michoacán. En 1557 Alonso de la Veracruz formaba parte de los primeros profesores de la Real Universidad de México. Para facilitar el aprendizaje de sus alumnos, en ese año publicó la Physica Speculatio, donde se ocupó de diversas cuestiones de física aristotélica.

En 1606 el cosmógrafo Enrico Martínez publicó en la capital novohispana el Repertorio de los Tiempos, donde además de las explicaciones relativas al modelo geocéntrico del Universo, incluyó el primer canon de eclipses solares y lunares publicado en América. Calculó todos los eclipses que ocurrirían entre 1606 y 1620 y los adecuó a las circunstancias de la ciudad de México. En 1690 Carlos de Sigüenza y Góngora, que también fue profesor de la cátedra de Astronomía y Matemáticas, publicó en la ciudad de México su «Libra Astronómica y Filosófica», donde defendió la existencia de los cometas como cuerpos naturales, despojados de toda interpretación astrológica, lo que no era la regla en el mundo académico de ese entonces, ni en la Nueva España ni en muchos lugares de Europa. Sabemos de él que ya utilizó los telescopios para realizar observaciones, por lo que estas resultaron de alta calidad y confiabilidad.

La enseñanza pública del heliocentrismo –y por tanto de la modernidad astronómica- comenzó en México hacia 1765, y aunque se hizo todavía cuidando la ortodoxia religiosa, pues debe recordarse que desde 1616 había sido prohibida por la Iglesia Católica, poco a poco se fue afianzando entre los novohispanos interesados en ciencia, de forma tal que al finalizar la décimoctava centuria, importantes intelectuales de nuestro país ya lo aceptaron como una realidad física.

Velázquez de León, José Antonio de Alzate (de quien hablamos precisamente en nuestro artículo del 29 de noviembre de 2021, aquí en Unidad Parlamentaria), Antonio de León y Gama e Ignacio Bartolache, fueron los principales astrónomos mexicanos de fines del siglo XVIII. A ellos se debieron observaciones de eclipses solares y lunares, de los eclipses de los satélites de Júpiter y de otros sucesos astronómicos, pero sobre todo fueron los que dieron la lucha por introducir en las principales instituciones académicas del país la enseñanza de la ciencia moderna.

Sabemos que Juan López Velasco (cosmógrafo y cronista mayor de Indias) redactó una «Instrucción y advertimientos para la observación de los eclipses lunares» de cara al eclipse que se produjo el 15 de septiembre de 1578, y que impresa debía ser enviada a todas las colonias de ultramar, donde se podría observar el fenómeno. De igual modo sucedió con el eclipse del 15 de julio de 1581. Otra instrucción se mandó observar por la real cédula enviada a las colonias americanas. Gabriel de Luján, gobernador de Cuba, encomendó la observación del segundo eclipse a Francisco de Caloña, maestro de obras del Castillo de la Fuerza, que por aquel entonces se encontraba en periodo de construcción. En la Nueva España también fue observado en diversos puntos del reino. Al igual que los eclipses lunares de 1582 y 1584, que fueron calculados de acuerdo con sendas instrucciones para su puntual observación.

Fue por efecto de los estudios de astronomía de observación realizados en Europa por Cristóbal Clavio y Pedro Chacón, que el Papa Gregorio XIII se decidió a corregir el llamado calendario juliano, que reportaba ya un fuerte error cronológico. Por bula del 24 de febrero de 1582, el pontífice ordenaba correr el calendario 11 días, del 4 al 15 de octubre, así como suprimir tres años bisiestos en un lapso de 400 años. Estas medidas impondrían un nuevo calendario, el llamado «Gregoriano», en todos los países católicos. El rey de España, por aquel entonces Felipe II, acató la bula y dictó una real pragmática el 14 de marzo de 1583 ordenando que en México, el Caribe y Centroamérica se adelantara el 4 de octubre y pasara a ser 15 de octubre. La misma disposición regía para las colonias de la América meridional, quienes deberían poner en ejecución la real orden un año más tarde, en 1584. Lo importante de este hecho es que permitió que los astrónomos americanos (mexicanos, peruanos, cubanos y argentinos) tuvieran la posibilidad de estudiar las voluminosas obras astronómicas y matemáticas de Clavio, y basándose en ellas poder elaborar algunos textos de estas disciplinas.

Sin embargo, el más remoto testimonio histórico que poseemos acerca del estudio de la astronomía teórica en América fue publicado en la Nueva España en 1557 por el ilustre sabio Fray Alonso de la Veracruz. En 1757, fray Manuel Domínguez de Lavadera encabezó a un grupo de astrónomos y astrólogos para la impresión de trabajos como pronósticos, lunarios, almanaques, y demás textos con relación a la astronomía de esa época. Las colaboraciones venían desde Puebla de los Ángeles, de la Ciudad de México y desde Salamanca (España)

Fueron tres destacados científicos, Gabriel López de Bonilla y Fray Diego Rodríguez (de quien hablamos precisamente en nuestro artículo del 14 de diciembre de 2021, aquí en Unidad Parlamentaria), a quien se le atribuyen varios tratados sobre cometas y relojes solares, y la autoría del reloj solar del convento de Santo Domingo de Guzmán de Oaxaca, quienes vivieron en el siglo XVII, y la única mujer que escribió y publicó trabajos de astronomía y astrología, doña María Francisca Gonzaga del Castillo, a mitades del siglo XVIII, de quien no se tienen muchos registros. Gabriel López de Bonilla se dedicó a escribir repertorios, lunarios y pronósticos, aunque su obra más importante se derivó del estudio de los cometas publicado en 1654. Este libro abarcó temas desde la creación de la tierra, los efectos de los cometas en la salud de las personas y en su concepción personal de la formación de los cometas. Sin embargo el carácter astrológico de sus textos estaba muy presente por otorgarle características tangibles en la vida de las personas a los hechos u objetos del espacio.

Fray Diego Rodríguez fue un personaje muy importante, pues desde temprana edad desarrollo una vocación profesional por la ciencia, específicamente en matemáticas, a partir de las cuales deriva su interés en astronomía, geografía, ingeniería, entre otras. En 1637 fue nombrado el primer catedrático de matemáticas en la Universidad de México. Respecto a la astronomía. Se le conocen dos manuscritos sobre el cálculo de eclipses de Sol y Luna en base al uso de tablas. Fray Diego Rodríguez también aplicó y conoció las teorías de Kepler de armonía matemática y orbitas espaciales.

Para comprender el desarrollo de la gnomónica en la Nueva España es necesario revisar el avance científico alcanzado y las aplicaciones prácticas de esta ciencia en la España del siglo XVI. De acuerdo con las Leyes de Indias, dentro de las responsabilidades del cargo de cosmógrafo estaban las de enseñar la teoría de los relojes, así como calcular eclipses, recopilar derroteros de las embarcaciones, enseñar matemáticas y astronomía en ciertos periodos del año y elaborar las tablas de cosmografía de las Indias (relaciones de coordenadas geográficas de las poblaciones).

La tratadística especializada en temas astronómicos y gnomónicos influyó de manera decisiva en los constructores de relojes solares en la época colonial. Entre los autores más destacados está el ya citado Tomás Vicente Tosca, presbítero de la congregación de san Felipe Neri, con su tratado XXVI sobre gnomónica, que forma parte del tomo IX «Gnomónica, Ordenación del Tiempo, Astrología», publicados en Valencia entre los años 1707 y 1715, en lo que se conoce como «Compendio Matemático».

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