Ómicron


Por Leticia López Pérez

Paulina despertó de madrugada. Enrique, su hijo, ardía en fiebre. Un baño rápido ayudó por un momento a bajarla, pero volvió a subir. Después de casi 2 años de encierro, parecía un mal sueño descubrir lo que más miedo le daba: que su hijo contrajera Covid-19. Su hijo, su todo, su mundo, su centro.

Poco notó que ella, a su vez, tenía síntomas similares, que la vida se topaba con su pequeño mundo a salvo de la pandemia, que ahí, dentro de su pequeña casa, estaba el virus del que se hablaba tan mal.

Ante la persistencia de la fiebre, aún bañándolo, aún dándole remedios, Paulina se preparó para acudir a urgencias del hospital infantil. Todo su ser pensaba en Covid, pero tenía que estar segura.

Al mismo tiempo que su cabeza reproducía miles de ideas, preguntas, miedos, ella no decía nada, abrazaba a Enrique, lo consolaba, lo sostenía.

-Vas a ver que es sólo una gripa, mi amor, no te asustes.

Enrique se abismaba ante el miedo de tener Covid y morirse, como había visto que sucedía con tantos enfermos. Paulina también tenía ese miedo, pero sabía que no podía externarlo.

Llegar a la sala de urgencias no fue suficiente. Un oficial se les acercó para preguntarles si iban por problemas respiratorios y ante la respuesta afirmativa, los llevó a otra sala de espera. Después, un médico salió a preguntar a cada persona en espera el motivo de la visita. A todos les dijo que tararían cuatro a cinco horas en atender, y todos se fueron, menos Paulina. Ella decidió que esperaría lo necesario.

Despejada la sala, solo esperaron veinte minutos para ser atendidos. Ahí le pidieron que sostuviera las manos de un Enrique hecho lágrimas y resistencia, para introducir el hisopo en su nariz, a fin de obtener una muestra suficiente de moco, y así realizar la prueba. Mientras esperaban los resultados, los residentes adelantaban un diagnóstico de gripa, hasta que llegó otro médico a decirles que la prueba era positiva.

La peste. La condena a muerte. La señal que nos distingue del resto de las personas, que nos aísla, que nos separa hasta que la suerte nos permita regresar al mundo.

Paulina no quería que los demás supieran del diagnóstico, pero Enrique aún era pequeño, y estaba impactado por la experiencia de la prueba, así que estuvo comentando la consulta al taxista que los llevaba a casa. Lo contó al farmacéutico que les vendió lo necesario para transitar el cuadro viral, lo contó al trabajador del edificio en el que vivían, y cada persona que lo escuchaba, hacía vacío al rededor de esta familia de dos.

Informar a un padre ausente no tenía sentido. Ante Paulina y Enrique, había diez días de aislamiento y un camino de regreso a la salud en completa soledad. Una experiencia que le recordaba a ella los primeros días de la vida de Enrique, ambos vulnerables, necesitados, y sin nadie a quien buscar para alcanzarle al menos, un vaso con agua.

Paulina le tomó la temperatura a Enrique mientras sentía los latidos de su corazón en todo el cuerpo, moviéndola. Deseaba acostarse, pero no podía, pues su hijo aún es niño, y hay cosas que su inmadurez olvida.

La fiebre de Enrique movilizó a Paulina, y aunque le dolían los huesos, metió en la ducha a su hijo para bajarle la fiebre, y no perderlo. Enrique le dijo que se sentía muy mal, y Paulina le contestó que lo sabe, lo acostó, ya menos caliente, indicándole que duerma para reponerse.

Ese momento no fue de descanso para la madre enferma, pues aún con el dolor de cabeza y de garganta, es el único adulto para cocinar, para cuidar fiebre y oxigenación, para mantener vivo a Enrique ante este virus impredecible.

Ellos viven solos. Ella trabaja desde su casa, y aún enferma, se sentó frente a la computadora de la oficina, a atender llamadas y dar servicio al cliente. Sintió piquetes en la espalda, y ganas de llorar, pero Enrique abrió sus ojos desde la cama del cuarto que rentan, y es su vivienda.

-Mamá
-Dime hijo – Respondió Paulina, atenta a cualquier cambio de salud de Enrique.
-Te adoro

Y esas dos palabras lo fueron todo en un confinamiento al cual ningún vecino ni familiar asistió.

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