Existe un término en la lengua castellana, o español, como es denominado en Latinoamérica, cual es “sinvergüenza”, que hace referencia a la ausencia de dolor moral o falta de ética, a la hora de llevar a cabo algún daño hacia otros.
No tener vergüenza por haber hecho alguna faena a otra persona, es decir, por haber realizado cualquier maldad, suele ser propio de gente con una costumbre sistemática de llevar a cabo este tipo de acciones, bien porque cuenta con un poder oficial para poder hacerlo, cuál sería el caso de la política, o bien porque su código ético-moral es inexistente, o es aplicado a discreción, según conveniencia propia, cuál sería el caso de los criminales, o de la delincuencia organizada.
Ser un sinvergüenza, equivale a carecer de conciencia, puesto que la vergüenza sentida por haber obrado mal proviene de la conciencia en las personas, ese ámbito del espíritu donde residen nuestros escrúpulos y limitaciones en el obrar, ya que no debería valer todo en esta vida, sino que deberían existir unos principios que nos dirigieran a la hora de comportarnos.
El “todo vale”, equivale a confiar en el poder del abuso, en la fuerza bruta, y en la carencia de ningún tipo de moral o de ética, algo que nos define, esto último, como seres humanos. El “todo vale”, aplicado en el entorno social, nos está hablando de una degradación, y de la apertura de conflictos, porque la convivencia se va a poner cuesta arriba, ante la falta de respeto entre todos nosotros.
Cuando se hace lo que “te da la gana”, se está renunciando al cumplimiento del deber, muy distinto del obrar a golpe de apetencia, o de lo que me dictan mis instintos. El deber es aquello a lo que estamos llamados, precisamente, como personas conscientes de serlo, de que pertenecemos a una familia, a una sociedad, y a una comunidad regional y nacional, dentro de la cual existen otras personas, con las que debemos interactuar en el respeto de sus derechos, que empiezan a valer donde acaba el valor de los míos.
El atropello, y el llevarse por delante a los demás, más bien es propio de las bestias, con un peso de más de 500 kg, una cornamenta peligrosa, y la consigna de cornear todo aquello marcado por el rojo. Vamos a ser humanos, y vamos a ser hombres y mujeres con derechos y obligaciones, a los que nos importe la justicia, y nos duela hacer daño a otros, por habernos saltado todos los códigos posibles de convivencia.
Que no nos dé igual 8 que 80, por favor. Que a la hora de sumar 2 más 2, el resultado siempre sea 4, y no cualquier otro, sin que ocurra gran cosa, porque estaremos marcando la diferencia entre el desarrollo y el subdesarrollo, entre la civilización y el atraso, entre el progresista y el retrógrado.
Para avanzar y para lograr ser grandes, es imprescindible el respeto del Derecho, y tener educación. Estamos hablando de dejar de arrancarnos la conciencia que nos permite respetar a los demás, es decir, de tener en cuenta que existen otras personas con corazón, y con una vida merecedora de ser vivida, sin que nadie vaya a arruinarla, con una falta de consideración inaceptable en el Primer Mundo.
FRAN AUDIJE
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentaria

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