Dicen los viejos de la montaña que a veces un hombre se parte en dos sin que nadie lo note. Que una mitad sigue caminando entre la gente, saludando, sonriendo, diciendo discursos. Y la otra se queda atrás, detenida en el punto exacto donde la historia le pidió congruencia.
Leí tu carta sobre Trump. Hablas de dos Trumps, como si el mundo fuera un espejo roto donde cada quien escoge el reflejo que más le acomoda. Y mientras te leía, pensé que quizá no hablabas de él, sino de ti.
Porque también hubo dos López Obrador.
Yo conocí al primero. El que caminaba despacio para escuchar a los que nunca habían sido escuchados. El que no necesitaba escoltas porque lo cuidaba la gente. El que hablaba de principios como quien habla de semillas: con la esperanza de que un día florezcan. Ese López Obrador sabía que la dignidad no se negocia, ni con los poderosos de aquí ni con los de allá.
Pero un día —no sé si lo recuerdas— el camino se bifurcó. Y apareció el otro. El que hoy escribe cartas defendiendo a Trump como si la historia fuera un animal domesticado. El que acusa a los entornos ajenos de fanatismo mientras el suyo se alimenta de incienso y obediencia. El que convirtió la crítica en traición y la memoria en estorbo.
Y ya que hablas de “entornos”, permíteme recordarte a uno de tus más fieles acompañantes: Jaime Bonilla Valdez. Ese personaje que pasó de empresario de medios a político binacional por conveniencia; que un día se envolvió en la bandera de la 4T y al siguiente se reafilia —muy orgulloso— al Partido Republicano de Estados Unidos, el mismo de Trump. Sí, ese Trump del que ahora dices que hay uno bueno y uno malo.
A veces me pregunto, Andrés, si cuando hablas de “consejeros inexpertos, resentidos y fanáticos” no estarás pensando —aunque sea un poquito— en figuras como él. Porque si no son ellos, ¿entonces quiénes? La montaña dice que cuando el río suena, es porque alguien está moviendo las piedras.
No te lo digo con enojo. Te lo digo como quien mira una fogata que se apaga y reconoce que alguna vez calentó la noche. Te lo digo porque yo estuve ahí cuando la palabra todavía era puente y no muro.
Tú dices que quieres que regrese el otro Trump. Yo, con la misma calma con la que se afila un machete antes del amanecer, digo:
Que regrese el otro López Obrador. El que no necesitaba justificar lo injustificable. El que sabía que el poder es un préstamo breve y no un altar. El que entendía que la lealtad verdadera no se exige: se inspira.
Pero aquí termina el espejo, Andrés. Porque hay cosas que ya no vuelven. Los ríos no regresan a su cauce viejo. Las montañas no se inclinan para recuperar la piedra que rodó cuesta abajo.
Y tú lo sabes, aunque no lo digas.
En tu caso, tú ya no podrás serlo, y eso tú lo sabes bien.
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores. @UnidadParlamentariaEuropa
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