Eres mío / Luis Mac Gregor Arroyo

Luis Mac Gregor Arroyo. Autor y escritor mexicano colaborador de UP.

Eres mío / Luis Mac Gregor Arroyo

Me gusta caminar, voy por la ciudad recorriendo mis cinco kilómetros diarios. Me energiza. Me da ánimo de vida y, de paso, descubro lugares de la metrópolis.

Voy por la Colonia Doctores, paso por los famosos bares de la Avenida Cuauhtémoc. De repente un obstáculo bloquea el paso peatonal, un campamento, un sitio que lleva más de un año, ya parece residencia permanente de los quejosos. Cerraron su restaurante, no les han pagado los salarios caídos. Nadie los recuerda. Son restos de otra época. Sin embargo, el acantonamiento se ve sucio, oscuro. Mejor avanzo rápido, no vaya a pasar algo.

Avanzo un par de cuadras, <<¿cómo me vendría bien un poco de compañía? Hace más de un año que no frecuento a nadie>>. En eso veo El Bar Gallego, un antiguo refugio para desamparados y aventureros. Años han pasado. Aquí venía con mis compañeros de preparatoria a deliberar sobre la vida, sus ires y venires. Me entra la añoranza y decido entrar a tomar una bebida y aventarme una botanita de cueritos con vinagre y limón. No hay recepcionista y uno entra como Juan por su casa.

Adentro el ambiente es de algarabía y gozo, los comensales bebiendo cerveza u otra bebida discuten los hechos del día. Quisiera sentarme en una mesa, pero frente a la barra, parada, veo a una mujer alta, de tacones, con falda por arriba de las rodillas, un trajecito imitación sastre, pero un tanto informal, de color gris y una blusa blanca. Está tomando lo que parece una copa de Martini y pagando una cuenta. Desde que entro no me pierde la mirada, y está dando el billete de pago por su bebida cuando me ve acercarme a la barra. Su cabello es corto y su cuerpo se nota aceitado. La piel de sus piernas, su cabello y su rostro se ve brillosa. Está provocadora pero su mirada es como si estuviera interesada en algo, en mí, en mí ser. Temo, pues pese al ambiente amigable del bar, es un lugar de mala muerte, aquí vienen personas de no muy buena reputación, ocasionalmente, y damas también.

Dudo, pero casi no se nota. Doy un paso hacia ella y sonríe al notarlo. Entonces declina pagar, casi sin desviar la mirada de mí.

–¿Hola?

–Hola, ¿qué tal?

–¿Gustas tomarte algo conmigo?

–Sí, encantada, ahí hay una mesa– dijo mientras dejaba el Martini vacío en la barra y señalaba una mesa a corta distancia.

Eres bellísima.

–Gracias.

Nos sentamos.

–Y dime, ¿a qué te dedicas?

–Soy comerciante. Tengo un negocio de refacciones para automóviles por Donceles.

–¡Huy, qué interesante! –Enderezó un poco su tronco, luciendo aun más su pecho –Debe ser una ocupación apasionante.

–Bueno, me agrada y me da para comer.

–¿Me invitas una copa?

–Claro.

Llamó al mesero y ordenó.

Seguimos platicando. Me comentó que era de Veracruz, de un pueblo cerca del Lago de Catemaco, que estaba solitaria y vivía con una amiga en un departamento cerca del bar. Realmente me sentí cómodo. Platicar con una mujer bonita me hacía falta.

A nuestro lado había un par de hombres haciendo un poco de ruido quienes, algo muy común en este lugar, se contaban chistes de gallegos.

Sonia me comentó que era una mujer muy apasionada y buscaba alguien igual a ella y que fuera trabajador, para llevar una bonita amistad. Al escuchar esto me envalentoné, ¿qué podía pasar? Además la muchacha se veía noble. Por qué no ceder y darle a la vida la oportunidad que me diera una sorpresa. Le platiqué de mi vida, de mis sueños, de cómo buscaba yo también lo mismo para compartir.

La veía contenta. Pidió otra copa y cuando menos me lo esperaba nos dimos unos besos. Ella me miró más alegre que sorprendida, pero comentó que esto no se lo esperaba y que sentía que si esto había sucedido es porque había buena química entre los dos. Entonces se me quedó mirando fijamente a los ojos y extendió sus manos y sujetó las mías. Parecía querer decirme algo importante a la vez que al lado los de los chistes levantaban la voz entusiasmados con su plática…

–…¿Y tú qué traes que andas tan contento?…

–Roberto, ¿sé que es muy pronto pero hablo de lo más profundo de mi ser?

–…Digo hombre que me he comprado una video…

–¿Confías en mí? Perdón, pero creo haber encontrado en ti al hombre que estaba buscando.

–…¿Una qué?…

–Soy una mujer que vale mucho la pena, pero necesito que me digas algo para seguir estando contigo.

–…Una video, una videocasetera…

–Necesito que me lo des todo, tu amor, tu cariño, tu entrega, todo tú y seré tuya, toda tuya. Te lo juro que no te arrepentirás.

–…¿Y cuándo? ¿Con qué te la habéis comprado si tú estás pobre?

–Sé que me acabas de conocer, pero te juro que valgo la pena. Por favor dime que te me entregas para que pueda ser tuya y hacerte feliz, es lo que más quisiera –En sus ojos se veía el brillo del ruego y la buena voluntad. Era una buena persona y me gustaba, no dejaría ir la oportunidad.

–…Vendí la tele…

Le apreté las manos y le dije –me entrego a ti de corazón, con todo mi ser para que podamos hacer de nosotros algo intenso y bonito.

–…Ja,ja,ja,ja, qué chiste más bobo.

Su mirada de inocencia en ese momento cambió a sería y con todo firme, de ansía y deseo dijo –No te arrepentirás –Y como fuego se acercó a mí y me infligió un beso de gula, de deseo, de pasión y perversión que abraza. Lo último que supe, a la mañana siguiente, es que desperté en el cuarto de su departamento, con ella al lado y como atontado.

Por un rato estuve sentado al borde de la cama tratando de recordar lo que había pasado. Como pude me levanté e iba a salir del cuarto, con la intención de quitarme ese aturdimiento, cuando ella despertó y me extendió un papel.

–No se te vaya a olvidar la dirección y el teléfono.

Di la vuelta voltee a verla y tomé el papel. Cuando ya estaba afuera y había caminado unas cuadras sentí que el aturdimiento aumentaba. Era como si ondas de energía envolvieran mi cabeza y me impidieran razonar bien. Avancé unos pasos más y esas fuerzas sobre mi rostro me imposibilitaban pensar. Estaba perdido. No sabía a dónde estaba y me encontraba sumamente aturdido. Entonces recordé, cuando había tomado el papel y la vi el mareo había cesado. <<¡El papel! ¿Dónde estaba el papel?>> Desesperado puse la mano en el bolsillo y lo saqué. Leí la dirección como pude, retrocedí y desanduve mi camino. “Ella debe de saber lo que me está pasando”. Con trabajos reconocí el edificio de su departamento. Me costaba ubicar visualmente donde andaba. Subí y toqué a la puerta desesperado.

–¡Abre! ¡Abre, por favor!

–Ya, ya, ya voy, no tires la puerta.

Al abrir la puerta y al verla todo cesó, mi vista se volvió nítida y el mareo cesó.

–¿Qué pasa? –dijo con tono de lo que parecía ser sorpresa.

–No sabía si sentirme aliviado o irritado, pero prevaleció lo segundo. <<¿Qué me había hecho esa mujer?>>. Sentí una opresión a los lados de mi cabeza al tan sólo pensar algo desleal contra ella.

¿Qué acaso no me querías? Ya me tienes, ya soy tuya –Extendió la mano y me acarició la mollera como a un perrito querido.

–Ahora vas a estar conmigo todo el tiempo, vas a cumplir todos mis caprichos y serás feliz.

Al relajar mi pensamiento para escucharla me sentí liberado, la presión disminuyó, y por un instante, al verla directamente a los ojos, condescendiendo, sentí un alivio invitador. <<¿En dónde estaba? ¿Qué me había hecho esta mujer? ¿Quién era ella?>> No sabía como reaccionar.

Me agarró del brazo con una mano y, con la otra, tocó mi espalda y me encaminó a un banquito en la cocina. Estaba en shock pero ahora sentía una gran paz en mi cráneo. Me senté.

–Ahora vas a tomar tu desayuno –Y me acercó un tazón con cereal y leche que puso sobre mis piernas.

<<No, no, si no era un perrito>>, <<era un ser humano pensante y libre, con derecho a mis pensamientos y mis sentimientos>>. Al pensar esto la tensión comenzó a desatarse alrededor de mi cabeza. Me levanté de ahí tirando el tazón al piso y le dije: –¡Qué has hecho de mí desgraciada! ¡¿Qué me has puesto?! –Y con una opresión en el cráneo que me llevaba a inclinarme, mirarla condescendiente contra mi voluntad, la sujeté de una muñeca.

Con tono serio y malvado, expulsando una malicia y un deseo profundo de posesión.

–¿No me querías? ¡Ahora ya me tienes! –Y soltó una risa que me hizo tambalear mis miembros, y comenzar, otra vez, a estar confundido.

–¡¡Ahora eres mío!!

Como pude la aventé y le di una cachetada. Mientras caía al piso como si ella hubiera tropezado y aparecía su compañera de departamento, salí como pude de allí.

Caminé por el pasillo, aturdido, y al llegar a las escaleras, un tanto atontado, tropecé al dar el primer paso para sentir el escalón y caí, mientras escuchaba el sonido de la voz de la amiga decirle algo a esa horrible mujer que había conocido. Ya en el descanso, más impactado que adolorido, escuché decir a la amiga, seguramente en el canto de la puerta del departamento: –¡Desagradecido! ¡Así agradeces cuando te dan, vete a la fregada! –Se escuchó el ruido fuerte de la puerta al ser cerrada. Estuve unos minutos ahí doblado en el piso, sintiéndome más aturdido, cuando me levanté, como pude con la presión en la cabeza, tratando de sujetarme de la pared. <<¿¡Qué diantres estaba pasando!? ¿Pero por qué? ¿Qué quiere esa mujer?>> Bajé los escalones. Llegué a la salida del inmueble, encorvado por la opresión en la cabeza y el mareo.

Eran cerca de las doce, el Sol brillaba al salir. ¿Qué iba a hacer? Como pude giré la cabeza y vi. Caminé por las calles. Habrían pasado poco más de diez minutos y el mareo se incrementó, de tal manera que me costaba reconocer en que dirección avanzaba. Entonces la oí, era el eco de sus tacones gruesos golpeando en el piso, caminaba de frente, hacia mí. Iba decidida, con falda pegada al cuerpo que le llegaba puño y medio arriba de los tobillos y una playera con cuello en V y escote profundo. En mi aturdimiento, tan sólo con verla abrí la boca y el malestar comenzó a menguar. –¿Y bien…?

–Yo… yo… –No pude evitar mirarla de abajo hacia arriba.

–¿Ya entendiste? –Dijo mientras se detenía frente a mí y la miraba, en ángulo agudo. El cese del dolor y el impacto de verla, así, ardiente y demandante me dejó perplejo. –¿Te decidiste! –Arremetió mientras adelantó con rapidez su pierna derecha y pisó el piso desafiante –¡¿O qué?! –, y me tomó del cuello de la camisa con una de sus manos mientras acercó su rostro al mío con un hambriento, intenso y oscuro deseo.

–¡Euhg…!

–Eres mío y sólo mío –Y sacó la lengua y me lamió el rostro desde arriba de la barbilla hasta la punta de mi nariz. Ahora estaba bien, y con una mujer descomunal frente a mí. Estaba confundido ¿Qué debía hacer?

–¡Eh! ¿Qué… qué es ser tuyo?

–Abre la boca –Abrí la boca y pegó sus labios junto a los míos en una especie de beso donde me hizo juntar mis labios alrededor de su lengua y pretendió comenzar a meter y sacar el órgano. Yo titubee, eso no me agradaba. Ella insistió, a mitad de la calle, tomándome con ambas manos por atrás pretendiendo forzar mi cabeza para consentir en lo que deseaba. Como pude me separé, y en ese momento, sentí levemente la presión en mi cabeza.

–Yo… –Apenas había comenzado a pronunciar palabra cuando ella me dio una seca y dura cachetada.

–¡Haz lo que te digo! –Y me volvió a agarrar el rostro, el aturdimiento terminó, y me penetró la boca con su lengua hasta que a su lujuria le bastó… Para entonces ya me había recuperado de la bofetada, pero ella no quería dar tiempo, cuando me percaté ya me había puesto una especie de correa en el cuello, que ella tenía sujeta por su cintura y me obligó a caminar tras ella mientras avanzaba no sé a dónde.

<<¿Pero qué estaba haciendo?>>, pensé. <<¡Yo no quiero esto!>>, y me detuve negándome a avanzar, volví a sentir la energía en mi cabeza. Ella se volvió como un relámpago y con brillo en sus ojos me miró, intentando jalar la correa hacia ella.

–¡Qué no entiendes! ¡¡¡ERES MÍO!!!– Y con un rostro tembloroso de rabia y deseo que reclamaban una posesión, junto con una mirada descomunal de lascivia controladora.

–¡¡No!! –Y jalé con todas mis fuerzas mi cuerpo en la dirección opuesta. Hasta que en mi desesperación y deseo de sobrevivir logré alejarme, con un mareo y una opresión en la parte superior de la cabeza que me impedían saber por donde daba cada paso. Avancé lo más rápido que pude. La mujer quedó atrás, pero la energía que me oprimía la mollera se incrementaba y el mareo también, más el miedo era más. Así anduve unos 20 minutos y la desazón no cesaba. Entonces vi un puesto donde venden incienso, amuletos, hacen curaciones y leen las cartas. Entré…

Atontado, me comenzó, también, a doler un poco la cabeza. Quien atendía era una persona de unos 55 años con canas y no del todo erguida. En su rostro moreno se veía el reflejo de una vida de experiencia. Conforme me acerqué a él, se me quedó mirando. –¿En que le puedo servir joven?

–¡Necesito ayuda! Nunca he creído en esto– Le decía casi doblando las rodillas. Creía que lo sobrenatural era cosa de la ignorancia de las personas…

–Siéntese– Y se hizo a un lado para que tomara asiento de un lado de la mesita que tenía en el local.

–Gracias ¬–De repente un dolor agudo del lado derecho me hizo inclinar la cabeza.

–¿En qué le puedo servir? –Y se sentó del otro lado de la mesa.

–Una mujer…me estoy cayendo de la desorientación y ahora me comienza a doler… –me puse la mano derecha donde me dolía.

Lo que siguió no duró más de media hora. El entorno en el local se oscureció. El hombre comenzó a recitar unas palabras impronunciables y su fisionomía se alteró, se le veía más fornido y alto, la cara amable se volvió más grande y henchida, como la de un indio ancestral de conocimientos oscuros y ocultos. El pareció estar, junto conmigo, en otro lugar, como en otra realidad. La oscuridad se acercó a nuestro entorno y nos rodeó continuó, como girando a nuestro alrededor. El hombre, ya a medio parar, continuó recitando frases de un antiguo idioma y se le veía un penacho con un plumaje no muy abundante y una especie de rama no muy gruesa, con dos especies de ovoides en los extremos, arrojando un humo blanco de la parte superior. De repente el hechicero dijo dos palabras con fuerza y lo negro se esfumó, yo quedé en mi silla agotado y sudando, y él apareció junto a mí, como lo vi desde el principio.

Con tono calmado el hombre me dijo– ¿Todo bien?

Yo de repente tomé conciencia de mí– El dolor, el mareo… ¡Cesaron!

–Sí, claro, ya no lo molestarán más. Sabe, eso es típico de por aquí, hay personas que tratan de controlar a otras por todos los medios. Tuvo suerte, esto apenas empezaba. Pero no se preocupe ya puede hacer lo que quiera.

–¿Cuánto le debo?

–Son quinientos pesos.

Busqué en mi bolsillo y hasta que junté los quinientos. Después me daría cuenta de que no traía ni un peso más. Me fui caminando a mi casa. Diciéndome a mí mismo que jamás volvería por ese rumbo.

hoyoblanco.simplesite.com

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