Fabiola

Leticia López Pérez

Hubiera sido bueno anotar los ingredientes del atole sin masa que le dieron a probar.

Lo bebía a prisa mientras caminaba a la calle donde pasaba la micro. Las calles casi vacías, a pesar de verse como en Viernes Santo, recordaban que, en sus casas, casi todos esperaban con temor a que llegara el virus por ellos.

Se acuerda de Sor Juana. La peste bubónica.

La micro se detuvo, ella subió. Arriba sólo estaba el chofer y otra persona. Un hombre de camisa gris, que claramente se veía muy usada, un pantalón de mezclilla que le quedaba grande y estaba roto, mocasines abiertos sin calcetines. Asomaban los tobillos de piel morena, y una delgadez muy extrema, lo mismo que su cara, el cabello rizado entrecano y opaco, y una gorra sucia.

El hombre con sueño tenía los brazos cruzados.

Ella no quería dar los buenos días. Pagó. Se sentó junto a la ventana. El trayecto era más breve ahora, con pocos autos en la ruta, porque los niños no van a clase.

Pero ella no descansó. Bajó en su parada, cruzó la calle. Mientras se ajustaba un tapabocas, cofia, y llegaba al supermercado para trabajar. Ahí le tomaron la temperatura, y pasó por el proceso de asepsia, con rocío de desinfectante, lavado de manos, uso de guantes, careta, gorra para el cabello encima de la cofia.

Se dirigió al área de servicio a domicilio, y al caminar, notó que faltaba una cajera. Una mujer mayor que trabajaba porque no tenía a nadie que cuidara de ella. Le pareció raro, pero la mujer faltaba a veces, así que no preguntó.

En su área había tres empleados. Saludó y recibió el documento de control de pedidos, para ver en cuál se habían quedado el día anterior. Hoy ya no importaba si eran pedidos de ese día o de otro, pues había tantos, que tenían rezago importante. Mientras veía los productos que había solicitado el cliente, su compañera comentó acerca de la cajera ausente. Le había dado Covid, y por su edad, se había puesto grave.

Todos guardaron silencio, miraron el espacio. Se abrieron las puertas del súper y entraron los clientes. Muchos sin protección, porque este establecimiento no controlaba la seguridad.

Ella respiró a través de la mascarilla, miró a sus compañeros, y la mirada recordó esa de los camaradas de pelotón antes de ir a la guerra, sabiendo que podrían perder la vida durante la batalla.

No hubo palabras.

Fabiola empezó su recorrido para surtir el pedido en turno.

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