EL JUEGO DE LOS ESPEJOS

ELEDUBINA BECERRIL RODRÍGUEZ

(Cuento novohispano)

-Niña Merceditas, ya están descargando las cosas que traen para su papá- le dijo como en un susurro, la sumisa Petrita.

Francisca Antonia de las Mercedes de María Auxiliadora del Carmen y Castillo de Queiroz y Fuentes, o la “Niña Merceditas”, hija única de uno de los encomenderos de la Corona, entornó los ojos y abandonó la concha de mar nacarada que era su juguete favorito, para mover los pesados pliegues de la cortina de su ventana. Observó los movimientos de los criados de su padre y como es que bajaban las enormes cajas que contenían roperos, mesas, vitrinas, sillas, camas, traídas desde el otro lado del mundo.

– Dicen que me tiene un regalo especial mi padre –

Petrita agachó más la cabeza, mirando el piso recubierto de mármol veteado, tenía la misma edad que la niña Merceditas de 13 años, pero una vida tan diferente, que cuando estaba cerca de ella le hacía sentir privilegiada.

– ¡Mercedes! – gritó el encomendero- en este viaje del Galeón de Manila, ha llegado el mejor regalo que pueda existir, helo aquí

Y al decir eso, le presentó una caja enorme, que tres ayudantes se encargaron de romper los sellos en su presencia.

Quitando un falso recubrimiento de madera, que escondía la estructura cúbica de plata brillando frente a las miradas fascinadas de Mercedes y Petrita.

Durante varias horas los ayudantes armados con herramientas desconocidas, estuvieron manipulando las placas platinadas y colocando uno a uno, la serie de espejos sobre las mismas.

Mercedes, aburrida, al mirar que no parecían terminar nunca, recostó su cabeza en la cama de caoba y ébano traída desde Namibia, su almohadón de terciopelo, los edredones de seda la cubrieron gracias a Petrita, esta última soltó un grito de sorpresa cuando miró el regalo terminado.

Sigilosamente salió junto con los ayudantes, mientras el encomendero acostaba a su hija, dejándola completamente sola.

Era casi el mediodía, cuando Mercedes abrió los ojos, se dirigió hacia sus pesadas cortinas y las abrió un poco, entonces con la primera luminosidad que entró se dio cuenta, al voltear a ver la estructura en el interior de su habitación.

El enorme espejo de cuerpo entero en el centro, con dos espejos de menor tamaño simétricamente puestos a los lados y uno más, separado de todos ellos, con una nota que decía:

“PONLO FRENTE A LOS DEMÁS ESPEJOS “.

Muda de emoción, con el corazón palpitante, se postró delante del espejo, mirándose completa y después fragmentada, en los otros ocho espejos, en un diseño nunca antes visto.

Entonces atendiendo al mensaje escrito tomó el espejo suelto y lo puso frente al espejo central, logrando mirarse repetidamente hacia el infinito, en una serie de espejos repetidos que se empequeñecían donde ella repasaba sus rasgos y podía mirarse sin fin.

– ¡Niña Mercedes, niña Mercedes! -, escuchó en un susurro la voz de Petrita y los golpeteos en su puerta, con desgano soltó suavemente el espejo para dirigirse a abrir con vehemente molestia.

– Perdone usted, niña Mercedes, le traigo el desayuno, pero ya es tarde. ¿Le apetece algo más? – susurró tímidamente.

– No, gracias, así está bien – contestó Mercedes, ligeramente distraída y avanzando de nueva cuenta hacia la cama.

Petrita pasó justo frente a los espejos con un sobresalto, solo los observó de reojo.

Estaba a punto de salir, cuando Mercedes la jaló del brazo y la obligó a ponerse de frente, le dio el espejo suelto y la acomodó para volver a mirar el juego infinito de los espejos.

Mercedes sonreía, mientras Petrita asustada miraba como se iban empequeñeciendo los espejos, dentro del que ella tenía en las manos.

Para terminar la tensión, ambas soltaron una sonora carcajada.

Durante varios días, Mercedes, solicitó a su padre, el encomendero que dejara a su servicio personal a Petrita, y permanecían encerradas explorando las múltiples posibilidades del reflejo, como un caleidoscopio. También armaban dibujos o juegos de palabras, en diversas posiciones, para después mirarlos en la perspectiva del espejo.

Petrita llevaba animales o plantas, para poder igualmente mirarlos al revés y al derecho, hasta el día que llevó a un gato, el cual al mirarse erizándose dio un maullido grotesco, se le soltó de las manos y corrió desesperadamente hacia abajo de la cama atrapando a su objetivo:

– Una rata – gritaron ambas y se abrazaron llorando.

El encomendero trajo algunos ayudantes para fumigar y realizar limpieza exhaustiva en la habitación de Mercedes, revisaron cajones, muebles, ropa y todos los objetos hasta que encontraron un nido debajo de la pesada cortina, tan pesada que no se podía mover.

– La peste – susurraron los ayudantes y cuchichearon algunas palabras, el encomendero los mandó callar.

Petrita se veía cada vez más sumisa y cabizbaja, Mercedes le hablaba y ella distraída no hacía caso. Poco a poco pasaban menos horas juntas; en el siguiente cargamento de la Nao de China o Galeón de Manila, le trajeron muñecas de porcelana, vestidos de seda, zapatillas de piel de cervatillo, cajas musicales, adornos de perlas, pero para ella, nada, superaba el juego de los espejos.

Se levantaba para mirarse en él, como si de ello dependiera su vida.

Pasaron los días, entre la servidumbre, se escuchaban rumores y habladurías, una palabra desconocida para ella, cuando la mencionaban y la veían cerca, guardaban silencio.

Mercedes tenía la duda, pero pronto comenzó a notar la ausencia de Petrita, cuando preguntaba por ella, sentía el peso de la indiferencia, o simplemente no había respuesta.

Un día, paseando por los jardines, creyó ver a una niña y un niño tomados de la mano, con grandes heridas que chorreaban sangre, aterrada corrió a la casa y se miró al espejo, entonces se vio a si misma con enormes pústulas en el rostro y el cuerpo. Volvió a gritar, hasta que llegó su padre a tranquilizarla.

El ambiente se enrarecía, era el 31 de octubre de 1737, la víspera de la naciente celebración del Día de Muertos en el México Novohispano y había desabasto de ataúdes, porque la gente moría a causa del terrible mal, llamado “matlazahuatl”, tabardillo, tabardete o tifus.

El virrey y arzobispo de la Nueva España, Don Juan Antonio Vizarron y Eguiarreta, desplegó un comunicado para evitar en lo posible la mayor de las bajas en la población, dando todo tipo de recomendaciones a los encomenderos y poniendo énfasis en la revisión de todo cargamento proveniente de allende el mar, que llegaba en la Nao de China.

El mayor de los males, llamado “Gran Matlazahuatl”, se acercaba vorazmente al centro de la Nueva España, haciendo estragos y matando a las dos terceras partes de la población, en una epidemia estruendosa y terriblemente visible.

El encomendero tomó todas las precauciones con Mercedes, está un día asomándose en su balcón observó cómo se acercaba una procesión rumbo a la Basílica de Guadalupe, y entre la multitud iba Petrita rezando porque la peste hizo que se murieran sus dos hermanitos.

Mercedes siguió jugando muchos días con los espejos, hasta que las pústulas de verdad hicieron su aparición en su cuerpo, después de una fiebre intensa murió a causa de una hemorragia combinada con un cuadro severo de hepatitis, a los 14 años.

El encomendero, se deshizo de todas sus propiedades en la Nueva España y retornó a la península Ibérica.

El juego de los espejos se desmontó y se distribuyó para distintas familias, nunca más volvió a exhibirse como estuvo al principio.

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