María… de vuelta

Por Leticia López Pérez

El recuerdo de un parque no ayuda cuando el dolor paraliza la cadera, y no puede respirar.

El recuerdo de los gansos en el lago del parque, hoy no tiene las lágrimas para alimentarlo, porque la sangre se lleva las posibilidades, las ilusiones, los pasos.

No hay sandalias bajo la lluvia porque lo que cae proviene del útero, de una vida que no pudo llegar nunca.

Hay una cama sobre la cual caer con dolor que frena el aire, con la búsqueda de una ayuda que no escucha y que es con hilo de voz que no sale.

El miedo a mirar si algo más ha salido de su cuerpo, si ya ha sido todo, o si no ha terminado. Contracciones que no son de parto, ni de paseos a los otros parques con sándwiches, y pelota para jugar.

Un dolor no va a fines de semana de sol y abrazos con risas, porque termina en una cama individual con un sarape sin almohada ni teléfono para pedir ayuda.

No llegará la Navidad con la ilusión de juguetes al día siguiente bajo el árbol y el ir a dormir con los nervios de niño que preguntan si de veras vendrá alguien mágico a media noche.

El dolor físico abarca el presente tanto que ya no hay ayeres ni mañanas, más que una cortinilla negra en los ojos que se cierra con la imagen de todos los seres espirituales en los que ella creyó desde pequeña, y se va, como en un clavado de espaldas, en caída sin fin a una oscuridad donde ya no siente nada.

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