Elo

Por Leticia López Pérez

Imágenes pixabay.com

Una madre soltera tuvo que trabajar como empleada doméstica desde los primeros años de su hija, hasta hoy. La colonia Emiliano Zapata ha sido su cobijo, pero también su problema. Esa casa de fabricación familiar, con techo de lámina, ha sido muy difícil de sostener, y sin embargo, hacinada con otras familias en cuartuchos dentro del mismo terreno, ha sido inevitable escuchar gritos de vecinos peleando, sonidos estruendosos a horas del descanso, y el enorme bote de basura orgánica que tenían los vecinos que viven en el cuarto cercano a la entrada; un foco de infección, porque ahí, habitantes de la colonia depositaban sus desperdicios de comida. Parecía ser un negocio de la familia que habitaba dicho cuarto, pues vendían la basura a un criadero de cerdos para engorda.

Hoy Elo ya es una mujer madura de 45 años, y su hija, una joven madre soltera también, de 29 años, le ha dejado tres nietos a su cuidado mientras trabaja. Son una niña y dos niños.

Mientras la hija de Elo iba a trabajar en un hospital ocho horas, Elo preparaba a los nietos para ir a la escuela, los llevaba, y luego se iba a trabajar a la casa de una señora que vive en la Colonia Avante, y quien la explotaba, porque no le daba ningún seguro, ni vacaciones, ni aguinaldo, ni días de incapacidad cuando se enfermaba, pero es que el salario de su hija era insuficiente para los cinco miembros de esta familia, así que Elo no tenía más remedio que ir a trabajar.

A pesar de estar en la madurez, Elo se veía cansada. Con frecuencia sus labios estaban secos por el mucho trabajo que tenía a cuestas. Al medio día terminaba su jornada laboral, y le daba a penas tiempo para pasar por un mandado, y a la escuela por los nietos, que salían hambrientos y llenos de historias. Con sus uniformes ya rotos, y remendados, con sus mochilas reparadas ya muchas veces, pero alegres, y contando a Elo sus vivencias dentro de la escuela. Caminaban por las calles de la zona. Para cruzar las calles grandes, hacía que todos se tomaran de la mano, y ella sostenía al más pequeño, de ocho años. Al llegar, preparaba rápidamente la comida mientras les preguntaba si tenían tarea. Elo aprendió con su hija que lo mejor es preguntarles a los niños por todo, así no sólo sabe cómo están, sino que se asegura de que no le pidan cartulinas, colores, o monografías a la hora en que ya está cerrada la papelería.

Comían los cuatro juntos, y luego ponía a la niña a lavar con ella los platos, mientras los dos niños jugaban un rato. Después de lavarse los dientes, Elo empezaba a preparar la mesa para las tareas, y aunque ella sólo cuenta con primaria, procuraba ayudar a sus nietos.

A las seis, con extremo cansancio, llegaba la hija de Elo, abrazaba a sus hijos, los regañaba si hacía falta, y los castigaba si Elo le informaba de algo fuerte. Después se unía a ayudarles en la tarea, Elo preparaba la cena, y los mandaba a dormir. Así todos los días.

Los fines de semana iban al parque, o si había algún dinero extra, iban al cine. Pero eso era muy raro.

Hoy eso no sucede. El confinamiento ha puesto a toda la familia en casa, excepto a la hija de Elo, porque es enfermera. Ella de todos modos se va diariamente a trabajar, y cada día es la angustia de ambas por si llegara a contagiarse.

En una vivienda de dos cuartos, para los niños empieza a ser pesado estar dentro todo el día, así que Elo los deja salir a jugar al patio común. Esto no es tan bueno, pues en el terreno donde viven, el vecino de la entrada tiene un hijo adolescente que no deja de mirar a su nieta. La niña se siente incómoda, guarda silencio, regresa a casa con Elo. Pero todos los días ocurre lo mismo cuando los niños bajan a jugar.

Elo piensa que podría poner otra cerradura en la casa, hacerse con un buen palo para defender a la niña, o instruir a sus nietos para que protejan a su hermana. Pero la realidad es que ese adolescente es enorme, y ella teme que la situación se haga más peligrosa.

A veces opta por encender la tele e invitar a los niños a mirarla con ella. Pero este no es suficiente entretenimiento, y el hambre que diariamente les queda, aún con comida en la mesa, pone a los niños algo tensos. No hay suficiente porque la patrona de Elo no le pagó su salario al haber iniciado la cuarentena, y sólo le dijo que ya no fuera. Esto desencadenó una crisis, porque antes de esto, cada vez que la hija de Elo tenía alguna dificultad, Elo podía abrir su monedero y apoyarla, o decirle que no se preocupara, que ella compraría lo necesario para la comida. Pero eran compras para un día.

Ahora no tienen ese ingreso, y la familia completa depende del salario de la hija de Elo, quien, al ser enfermera, todos los días teme por su salud, pero en una vivienda de dos habitaciones, no hay manera de aislarse. Solo acordaron que todos los niños dormirían en la cama de Elo, con ella, y su hija sola, en otra cama. Solo le ponen otros zapatos en la entrada para que se cambie el calzado y pueda dejar afuera los del trabajo. Solo deja el uniforme en remojo de agua con cloro para que Elo lo pueda lavar al día siguiente, y así cada día.

Pero si la hija contrajera Covid, todos enfermarían, y quizá no puedan tener la movilidad suficiente para llamar a una ambulancia. Quizá dejar a los niños sea el inicio de la tragedia, porque Elo sabe que el vecino acecha a su nieta – ¿Y qué le vio? – Piensa, -si todavía está bien niña mi niña-.

Además, la posibilidad de que los niños tomen clase a distancia no existe. No les alcanza para internet, y solamente tienen el celular de Elo para entretenerse. Se levantan temprano y ven el canal once para tomar sus clases, pero tampoco es suficiente, pues los niños tienen dudas y no pueden preguntarlas. Luego comen, juegan, Elo los vigila, regresan a la vivienda, meriendan, y duermen. Elo respira por haber completado otro día sin enfermarse. Mañana no saben…

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