Diana

Por Leticia López Pérez

El helado viento generaba dolor en su cabeza. Diana en un balcón mirando pasar los autos durante el confinamiento.

Los sorbos de café en su boca pasaban difícilmente por su garganta, mientras su cabello parecía hecho de agujas heladas contra su frente, pero esto no causaba ninguna reacción en ella. Una vista urbana casi igual a las del pasado, excepto porque ahora había una pandemia. Excepto porque ahora sabía que nunca tuvo el amigo que creía tener.

Hace 30 años, una fiesta, mucha sonrisa, Liam le ofreció una gran velada, y fue el comentario de todas sus amigas, como si ese hubiera sido un flechazo, que solo dio lugar a la amistad.

Tiempo después, cada mañana en la Universidad, un café, y el camino de vuelta a casa juntos. De cuando en cuando Diana notaba que él valoraba a las chicas por virginidad, por religiosidad, por ideología, y supo que ella nunca podría contarle todo, por temor a ser juzgada.

Ella permitió que los ojos de Liam entraran en la valoración que Diana tenía de sí misma. Así que le ocultó novios, relaciones, y un aborto. Los ojos de Liam siempre vigilaban su vida, y ella aprendió a ocultar información. Un día, en la Universidad, entrando al elevador, cierta mirada de Liam la hizo sentir incómoda, atrapada, sujeta, atravesada, y fue como si cierta brujería la hubiese amarrado con él, y la verdadera personalidad de Liam quedara tras un velo ligero, pero imposible de romper. Solo quedaba una sensación de que había algo, y una tensión permanente debajo de las risas, el apoyo, la lealtad.

Así fueron treinta años. Diana se casó, fue madre, y en cada momento de su vida, Liam estaba presente. Como un policía que cuida su propiedad, pero deja que los niños jueguen en el césped, Liam siempre apoyaba.

Un tiempo, Diana tuvo trabajo en oficinas cercanas al empleo de Líam, de manera que él siempre la llevaba de regreso a su casa.

Todo parecía ser amistad y alegría. Cada Navidad y Año Nuevo. Cada cumpleaños, y siempre había vigilancia de Líam hacia las parejas de Diana. Pero ella no veía nada más.

Con los años, llegó el momento en que iniciaron un negocio juntos, y ella empezó a notar que Liam parecía secundar todas sus propuestas, y poco después que en realidad él copiaba todo lo que ella decía. Repetía sus frases. Replicaba sus iniciativas, y además tenía cierto deseo de control, dominio, mando, desprecio.

Empezó el maltrato. Primero una frase. Primero un gesto. Después cierto mando, cierta exigencia a ser respondido de inmediato, y al mismo tiempo, no escuchaba sugerencias ni opiniones de los otros socios.

Cada día, Diana se quedaba pensando en la incomodidad, en que sus manos se iban atando y la atadura apretaba poco a poco más, y aun deseando proteger a Liam, intentaba salir del negocio diplomáticamente, y esto hacía más lejana su libertad.

Nada más cerramos este negocio y me despido, pensaba.

Pero durante ese proceso, Liam tejía una traición donde no puede verse. Tomar el trabajo de quien da todo, y hasta esperanzas para llevárselo a otro, y que ese otro se quede con el beneficio, para luego decírselo a Diana con el mismo tono con el que daba una receta. Resultaba increíble, como ver a través de un cristal ámbar, como notar este cristal y descubrir que los colores del mundo eran en realidad otros, y que por años un hechizo bloqueaba absolutamente toda su vida. Ella era prisionera de “su mejor amigo”.

Y notó que violencia de género no sólo la puede vivir con su ex marido, sino también en Liam, que se presentó como amigo y ahora ella no sabía qué era ese señor.

De pronto un solo acto develaba la realidad, de treinta años de acoso oculto en amistad. Un acecho capaz de habitar cada rincón en la vida de Diana, una atmósfera cubierta con un aire denso y hediondo que limitaba su experiencia completa con este mundo, y ahora al notar la traición, se despejara su entorno en un instante, y solo quedara Liam, el monstruo gigante que la miraba con deseo e incapaz de tocarla.

Entendió que esa incapacidad para tocarla lo llevó a hacerle un cerco, y soñar con ese contacto a través de cada pareja que le controló, a través de cada red social, a través de cada servicio contratado.

Liam monstruo extendía ramas de sus dedos hasta ella con conjuros, y se alimentaba de ella, de su vida, de sus palabras.

Y ahora al haberla traicionado, ella podía mirarlo, y todas esas redes que la habían inmovilizado treinta años, se secaban, y él con su mirada, sabía que este momento al fin llegaba, y acorralado en el pavimento, moviéndose lento, pensaba en una nueva manera de atarla a él, y soñar con tenerla en el lejano contacto de una llamada telefónica larga.

Pero la fuerza del instante anagnorítico arrasó con todo. Y ella ahora solo miraba a un monstruo del cual alejarse, y se le hizo urgente.

Se lo dijo a Liam, cerrando toda posibilidad de contacto, viendo secarse todas las ramas que él había tejido y caer, liberándola.

El sentimiento era confuso, comprendiendo el mundo nuevamente, sin Liam, recuperando todo lo suyo en esa taza de café durante el frío, mientras Liam se secaba en algún rincón del Sur.

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