GENEALOGÍA DE LA RAZÓN, Y LA CONCIENCIA, APLICADAS.

ELEDUBINA BECERRIL RODRÍGUEZ

(ENSAYO FILOSÓFICO, EXTRACTOS)

Filósofa

Alguna vez me preguntaron, de donde procedía la fuerza de mis argumentaciones, la contundencia de mis palabras y la argucia de mis arrebatos geniales; porque la seguridad con la que hablo y con la que me pongo a crear, (obra literaria, o artística en general) en horas disímbolas, sin ambientes prefabricados y con la intermediación de la nada en apariencia.

Contesté, que, para eso, aprendí o me adapté de la mejor forma al sistema sofisticado de los griegos, aquel que se inserta en el pensamiento, donde predomina la lógica mediante el silogismo, permitiendo avanzar en las incontenibles marejadas que dan paso al amor a la sabiduría.

Entonces nadé en los prolegómenos que anteceden el texto, discurriendo en la crítica de la razón pura, sin quedarme mucho en las orillas del existencialismo, jamás anclándome en el nihilismo.

Los extremos desconocidos de la genialidad, encuentran su contraparte en el espejo del ‘arjé’ o ‘ élan vital’ que todos buscamos, pero no nos es tan fácil encontrar, porque como toda esencia, no es posible asir, si asimilar, pero no atrapar.

Entonces medité sobre las dificultades del problema ontológico, que a veces corren y rompen sus propias barreras, porque se convierte de ya, en un problema logológico, que busca su propio significado en el origen de la palabra.

La Filosofía impone su propio sistema, tan es así, que lo continuamos usando, utilizando, reutilizando, sin apartarnos de su fin donde ciencia, arte, religión y demás disciplinas se rigen por el mismo.

Pasarán millones de años, vendrán y sobrevendrán ideas, corrientes del pensamiento distintas y diversas, pero sin el sustento del original aristotélico, nada pasará.

Ahora, hay que tener en cuenta, varias vertientes:

SABIDURÍA es, a diferencia de conocimiento, todo aquello que es conocido pudiendo aplicarse a través del ensayo y el error.

Y conocimiento, solo aquello que ingresa a nuestro intelecto, sin previar o demostrar.

Luego entonces, sabiduría, es la punta del iceberg.

Amor a la sabiduría, es lo que nos llena, nos retribuye, nos regenera y nos dignifica como seres humanos.

No hay mejor razón, que el conocimiento razonado, ni mejor sabiduría, que aquella que trayéndonos a colación los libros, solo unos pocos podrán poner en práctica.

Por eso es ahora tan difícil que alguien la tome como opción para estudiar profesionalmente.

La Filosofía trae reglas, normas y un ordenamiento pre-establecido, muy diferente por ejemplo al del Derecho, que paradójicamente nos lleva a la disyuntiva de la libertad.

Si, te marca la línea, te da la directriz, te asoma a la inmensidad, pero te regala la libertad, de ser, de estar, de hacer y de decir lo que tú quieras, bajo estas condicionantes:

– El uso del lenguaje,

– El uso del pensamiento,

– El uso del razonamiento,

para proponer, para crear, porque entonces ¿Cómo haríamos posibles los conceptos de inmanencia y trascendencia?

Existen conceptos perfectamente explicados a través de la prosa culta y sublimada, además de otros que sobrepasan esos límites, profiriendo a gritos la excelencia de la poética, entonces nos asomamos a capítulos muy específicos de escritores variados, que, sin ser propiamente filósofos, nos brindan esa luz.

Los destellos consecuentes de la gran sabiduría primigenia, se encuentran en toda la obra de la humanidad, toda obra, escrita y no escrita, visible y no visible, en eso que se dio en llamar la ‘ obra abierta’, que está ahí esperando su análisis.

Decir: “toda la obra”, es una ambición monumental, porque esta jerarquizada, amoldada, estructuralizada en su tiempo y espacio, en espera de su exégesis, de su hermenéutica y de su didáctica.

La poderosa sistematización del discurso filosófico viene inserta precisamente, en el largo discurrir de las palabras, pasando por unas y otras, desde los confines libertarios de su conocimiento, algunas han encontrado su camino a través de la evolución histórica, es decir, ya no significan lo mismo que cuando vieron su origen, sin embargo, al trasluz de la Filosofía, quedan para la posteridad, sin filtración del cambio, renovadas y listas para permanecer.

El lenguaje, del que yo siempre tengo bajo defensa, debe ser entendido en su calidad de portavoz y medio para lograr el conocimiento, nunca como ‘algo’ que podemos sobajar, modificar o mal utilizar a nuestra conveniencia.

Cuando alguien me pregunta:

¿Para qué o de que sirve el estudio de la Filosofía y del lenguaje?

La respuesta es:

Para interiorizarme, abstraerme y asombrarme.

También cuando preguntan:

¿De qué sirve o para que sirve escribir ensayo o poesía?

Pues para lo mismo, para preservarlo (el lenguaje) y preservar el conocimiento, que será dejado para las generaciones venideras.

Para mis lectores que han hecho la observación sobre mis fuentes, aquí les dejo una relación de los que siempre estoy citando, aunque no les de crédito, porque además de filósofa, bibliotecaria, artista multidisciplinaria, bibliófila, e investigadora, soy también autora que detesta el plagio y la cita simple.

Toda la obra, a menos que se cite una en específico:

Abelardo, Pedro

Agustín de Hipona

Aristóteles

Anselmo de Canterbury

Bacon, Róger

Da Jandra, Leonardo

Da Vinci, Leonardo

Descartes, René

Eco, Umberto

Foucault, Michel

Hobbes, Thomas

Hume, David

Kant, Immanuel

Kuhn, Thomas

Locke, John

Lutero, Martin

Maquiavelo, Nicolo

Moro, Tomás

Moore, G. E.

Platón

Protágoras de Abdera

Sartre, Jean Paul

Spinoza, Baruch

Tales de Mileto

Tomás de Aquino

Voltaire, François-Marie Arouet

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