Benito Juárez de puño y letra VI

Aquel 23 de noviembre de 1855. La “Ley Juárez” abrió la Segunda Transformación de México (La Reforma)

De gobernador a exiliado; de revolucionario de Ayutla a reformador del Estado

Por: Raúl Jiménez Lescas

            El paso de la Primera Transformación (cuando Benito era un niño) a la Segunda Transformación (cuando Benito era presidente) medió una revolución dirigida por un viejo insurgente formado por el generalísimo Morelos en su paso por la Tierra Caliente, un congreso constituyente que elaboró una nueva Constitución y una Guerra de 3 años o de Reforma. Ninguna transformación ha sido miel sobre hojuelas… ¿Por qué tendría que serlo la Cuarta Transformación que el país requiere?

            Ya sabemos que Benito Juárez viajó desde Nueva Orleans (Océano Atlántico) hasta Acapulco y Ayutla en el Océano Pacífico para unirse al Plan de Ayutla, a la revolución contra la dictadura del general Antonio López de Santa Anna (El seductor de la Patria), al gabinete del presidente Juan Álvarez y redactó la primera Ley de Reforma, que lleva su nombre: “Ley Juárez”.

            Juárez de puño y letra nos lo contó: “Como el pensamiento de la revolución era constituir al país sobre las bases sólidas de la libertad e igualdad y restablecer la independencia del poder civil, se juzgó indispensable excluir al clero de la representación nacional, porque una dolorosa experiencia había demostrado que los clérigos, por ignorancia, o por malicia, se creían en los congresos representantes sólo de su clase y contrariaban toda medida que tendiese a corregir sus abusos y a favorecer los derechos del común de los mexicanos. En aquellas circunstancias, era preciso privar al clero del voto pasivo, adoptándose este contraprincipio en bien de la sociedad, a condición de que una vez que se diese la constitución y quedase sancionada la Reforma los clérigos quedasen expeditos al igual de los demás ciudadanos para disfrutar del voto pasivo en las elecciones populares.”.

            Así era Juárez que abrazó la religión de sus padre y madre, pero que como liberal creyó que el Estado debería ser laico y separado de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Una revolución de las conciencias como le llamaría Enrique Dussel.

Obviamente los revolucionarios no todos estuvieron de acuerdo, en especial el próximo presidente de la Revolución de Ayutla, el general Comonfort. Lo escribió Juárez: “El general Comonfort no participaba de esta opinión porque temía mucho a las clases privilegiadas y retrógradas. Manifestó sumo disgusto porque en el Consejo formado en Iguala no se hubiera nombrado a algún eclesiástico, aventurádose alguna vez a decir que sería conveniente que el Consejo se compusiese en su mitad de eclesiásticos, y de las demás clases la otra mitad. Quería también que continuaran colocados en el ejército los generales, jefes y oficiales que hasta última hora habían servido a la tiranía que acababa de caer.”.

Muchos años después, Juárez reflexionó sobre su permanencia en el gabinete de la Revolución de Ayutla: “Lo que más me decidió a seguir en el Ministerio fue la esperanza que tenía de poder aprovechar una oportunidad para iniciar alguna de tantas reformas que necesitaba la sociedad para mejorar su condición, utilizándose así los sacrificios que habían hecho los pueblos para destruir la tiranía que los oprimía.”.

Camino a la Reforma

Escribió de puño y letra Juárez: “Mientras llegaban los sucesos que debían precipitar la retirada del señor [Juan] Álvarez y la elevación del señor [Ignacio] Comonfort a la presidencia de la República, yo me ocupé en trabajar la ley de administración de justicia. Triunfante la revolución era preciso hacer efectivas las promesas reformando las leyes que consagraban los abusos del poder despótico que acababa de desaparecer. Las leyes anteriores sobre administración de justicia adolecían de ese defecto, porque establecían tribunales especiales para las clases privilegiadas haciendo permanente en la sociedad la desigualdad que ofendía la justicia, manteniendo en constante agitación al cuerpo social.”.

            Es del dominio público que Melchor Oacampo fue el filósofo de la Reforma y yo lo creo, pero quien inició la Reforma, fue el licenciado Benito Juárez, con su Ley de administración de justicia o Ley Juárez de 1855.

            Sigue reflexionando Juárez: “Era, pues, muy difícil hacer algo útil en semejantes circunstancias, y ésta es la causa de que las reformas que consigné en la ley de justicia fueran incompletas limitándome sólo a extinguir el fuero eclesiástico en el ramo civil y dejándolo subsistente en materia criminal, a reserva de dictar más adelante la medida conveniente sobre este particular. A los militares sólo se les dejó el fuero en los delitos y faltas puramente militares. Extinguí igualmente todos los demás tribunales especiales devolviendo a los comunes el conocimiento de los negocios de que aquéllos estaban encargados.”.

            Benito Juárez trabajó en equipo, cosa rara en estos tiempos, pero dejemos que nos cuente su historia: “Concluido mi proyecto de ley en cuyo trabajo me auxiliaron los jóvenes oaxaqueños licenciado Manuel Dublán y don Ignacio Mariscal, lo presenté al señor presidente don Juan Álvarez que le dio su aprobación y mandó que se publicara como ley general sobre administración de justicia. Autorizada por mí se publicó el 23 de noviembre de 1855. Imperfecta como era esta ley, se recibió con grande entusiasmo por el Partido Progresista, fue la chispa que produjo el incendio de la Reforma que más adelante consumió el carcomido edificio de los abusos y preocupaciones; fue, en fin, el cartel de desafío que se arrojó a las clases privilegiadas y que el general Comonfort y todos los demás, que por falta de convicciones en los principios de la revolución, o por conveniencias personales, querían de tener el curso de aquélla transigiendo con las exigencias del pasado, fueron obligados a sostener arrastrados a su pesar por el brazo omnipotente de la opinión pública.”.

Pero la Segunda Transformación fue amenazada por los de siempre, veamos como lo narró Benito: “Sin embargo, los privilegiados redoblaron sus trabajos para separar del mando al general Álvarez, con la esperanza de que don Ignacio Comonfort los ampararía en sus pretensiones. Lograron atraerse a don Manuel Doblado que se pronunció en Guanajuato por el antiguo Plan de Religión y Fueros. Los moderados, en vez de unirse al gobierno para destruir al nuevo cabecilla de los retrógrados, le hicieron entender al señor Álvarez que él era la causa de aquel motín porque la opinión pública lo desechaba como gobernante, y como el Ministro de Guerra que debería haber sido su principal apoyo le hablaba también en este sentido, tomó la patriótica resolución de entregar el mando al citado don Ignacio Comonfort en clase de sustituto, no obstante de que contaba aún con una fuerte división con que sostenerse en el poder; pero el señor Álvarez es patriota sincero y desinteresado y no quiso que por su causa se encendiera otra vez la guerra en su patria”.

Fuentes:

Documentos:

Proclama de Juan Álvarez en la Hacienda de la Providencia, 27 de marzo de 1854.

Plan de Ayutla.

Plan de Ayutla reformado en Acapulco.

Proclama y renuncia a la presidencia de la República de Antonio López de Santa Anna.

Acta de Adhesión de la Guarnición de la Ciudad de México al Plan de Ayutla.

Alejandro Morales Quintana. Juárez: Exilio y Revolución. Soberanes Fernández, José Luis; García Olivo, Miguel Ángel, Rodríguez Baca, Manuel Peña, Aníbal; Ojeda Bravo, Sebastián Daniel. Derecho, Guerra de Reforma, intervención francesa y segundo imperio. A 160 años de las Leyes de Reforma. En:

Antonio López de Santa Anna. Mi Historia militar y política, 1810-1874: Memorias. México. Lindero Eds. 2001. Autobiografía de Antonio López de Santa Anna publicada por primera vez por Genaro García en 1905.

Anselmo de la Portilla. Historia de la Revolución de México contra la dictadura del general Santa-Anna. 1853-1855. México. Imprenta de Vicente García Torres. 1856.

Benito Juárez. Documentos, discursos y correspondencia, t. I y II. selección de Jorge L. Tamayo, México, Secretaría del Patrimonio Cultural. 1964.

Enrique Serna. El seductor de la patria. México. Planeta DeAgostini. 1999.

Enrique González Pedrero. País de un solo hombre: el México de Santa Anna, volúmenes I y II. México, Fondo de Cultura Económica, 1993.

Juan José Reyes. Los berrinches del caudillo. Letras Libres. 30 noviembre 1999.

Jaime Olveda. Gordiano Guzmán. Un cacique del siglo XIX. México. SEP-INAH. 1980.

Patricia Galeana. Juárez en la historia de México. México. Cámara de Diputados-Miguel

Ángel Porrúa. 2006.

Ralph Roeder. Juárez y su México. 2a. ed. México. Secretaría de Educación Pública. 1958, t. I y 2.

Juárez y México ante la invasión napoleónica-austriaca-belga

Las guerrillas chinacas

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