Liz

Por Leticia López Pérez

Fotografía pixabay

Cerrar las cortinas. Aún de día, aún si afuera sucede el día continuo. Cerrar las enormes cortinas azules de la ventana gigantesca. Quedar a media luz, mirando dentro, frente a la ventana.

Cerrar los ojos. Aún si estás despierta, aún si afuera esperan tu mirada. Mantener los ojos cerrados para sólo sentir el descomunal grito interno que prefiere permanecer callado al exterior, frente a la ventana.

Cerrar la boca. Aún con palabras, aún si afuera quieren escucharte. Cerrar la boca carnosa y morderla para resistir voces internas que quieren llamar a quien ya no contestará, y nunca tocará la ventana.

Cerrar la puerta. Aún si hay visitas por entrar. Cerrar la puerta con llave, tapar el cerrojo, ocultar la mirilla, para no dejar salir un solo indicio de lo que hay dentro. Dentro del gran salón con mucho espacio, donde solo estás tú.

Cerrar los brazos. Aún si afuera unos a otros se sostienen y te quieren brindar su calor. Cerrar los brazos a la gente, al aire, al abrazo que ya no darás, más que a ti misma. Cerrarlos en el abdomen, en el vientre, en el pecho. Debajo, arriba, aun lado de ti, estás tú. Eres la voz que te responde.

Cerrar tu cuerpo. Aun cuando parezca que hay mucho por vivir. El que caminaba en tu vida ya no está, y un círculo de ti en el piso, sosteniéndote como solo tú lo hacías antes de la ausencia, como nadie puede hacerlo, para ir dejando escapar, en goteo lento, lo que hay de él aún en ti.

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