Camila

Por Leticia López Pérez

Portada fuente pixabay

Llanto sin fin sobre la cama que empieza como una alerta. Algo espera del entorno. Mamá no responde.

Llanto enojado que habla del derecho a expresar sentimientos, que todavía no tienen nombre. Mamá no está.

Llanto que habla de algo más fuerte que un cuerpecito de dos años, incapaz de dialogar y sufre. Papá no contesta.

Llanto que vacía contra el suelo toda el agua del cuerpo y arde la garganta, la piel caliente. Papá no está.

Llanto que no alcanza a saciar la rabia, el desconcierto, la nalgada picante sin motivo. Mamá no explica.

Llanto desesperado ante la ausencia que se hace más fuerte para convertirse en botella al mar con muchas ganas de ser encontrada. No hay respuesta.

Llanto angustiado que advierte la soledad, en la asunción del abandono, en la incomprensión de tanta ausencia. Nadie le habla.

Llanto aterrado. El vómito del miedo repulsivo y agotador, convencida de que no es amada, ignorante de las causas. Nadie le ayuda.

Llanto vencido. El dolor y la tristeza de saber que está sola, que sus sentimientos son rechazados, que esto que ha sucedido es inaceptable, y su culpa. No hay abrazos.

Llanto apagado. Camila se duerme entre mocos, lágrimas y vómito, recargada en la colcha de la cama, sentada en el piso, aprendiendo que ser aceptada tiene una cuota de dolor y sacrificio en sus sentimientos y necesidades. Para existir, hay que pagar el precio.

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