Entrar a Palacio


Hugo Rangel Vargas

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Si los sueños de la razón engendran monstruos, los sueños del poder producen verdaderas aberraciones. La historia da cuenta de verdaderas tragedias que han tenido su origen en la ilusión de acumular poder.


“Cuando llegamos a la vitrina donde (Carlos Salinas) conserva sus bandas presidenciales, Rosario le comentó que debía de ser un gran honor y un orgullo portar la banda presidencial. Salinas inmediatamente tomó una escalerita para poder subir a abrir la vitrina y sacó una de las bandas presidenciales. Yo creía que nos la quería mostrar, y en efecto así lo hizo, pero no fue sólo eso, sino que la tomó y se la puso a Rosario (Robles) cruzándole el pecho y le dijo: ‘Te luce muy bien’”. Así narra Carlos Ahumada la entronización ficticia de Robles Berlanga, misma que quizá fue el inicio de su extravío ideológico y político.


En Michoacán, el estrepitoso ascenso de la estrella política de Silvano Aureoles le llevó a soñar con colocarse la banda presidencial, sueño que ha dejado entrever, entre bromas y chascarrillos a periodistas y allegados, aun abraza con anhelo.


Apenas en 2002, el hoy gobernador ganaba su primera elección como alcalde de Zitácuaro y tan solo una década después era ya diputado federal, posición que le llevaría a tener de cerca el aroma de la investidura presidencial. Silvano Aureoles tuvo, en aquellos años del Pacto por México, una cercanía inusual para un legislador de oposición con el presidente Peña Nieto. El caracuarense entró a Palacio Nacional de la mano de un acuerdo que marcaría su carrera política y que quizá también le impondría la marcada obsesión de ser presidente.


Después de ganar la elección de gobernador de Michoacán y de recibir una entidad sumida en una crisis de inestabilidad política que le llevó a tener tres gobernadores formales y uno de facto en menos de cuatro años, Silvano se autodestapó como candidato presidencial apenas dos años después de su toma de protesta. Aureoles quería entrar a Palacio por la puerta delantera y confiaba en su buena ventura.


Los sueños de poder del michoacano le llevaron a tocar las puertas de Palacio hace apenas unos días de una manera poco ortodoxa. El marasmo de la estrepitosa derrota de su partido y de su candidato el pasado 6 de junio, ha hecho que Aureoles circunscriba su agenda a un litigio irracional en los medios de comunicación y a una estrategia de pataleo sin sentido, mismos que son botón de muestra de los engendros de los sueños de poder.


Silvano entró a Palacio con Enrique Peña Nieto como presidente y lo hizo protegido desde el poder de su franco aliado. Silvano quiso entrar a Palacio como Presidente, confiando en la suerte que le había hecho alcalde, secretario de estado, senador, diputado, líder de bancada y líder del congreso en apenas diez años y bajo el cobijo de acuerdos palaciegos. Silvano fue a tocar las puertas de Palacio, a querer llamar la atención del presidente jalándole del pantalón. Lo hizo no desde la investidura de gobernador, sino desde la disminuida estatura de operador faccioso de su candidato derrotado.


La relación de Silvano con Palacio parece estar marcada por esa clase de sueños fantasiosos y frenéticos que suelen terminar en pesadillas.

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