ARTEMIO

Por Leticia López Pérez

Atardecía cuando Artemio terminaba de trabajar en el banco que le habían pedido. A sus ochenta años, nunca había tomado un día festivo o de descanso para él, porque toda la vida le había sido urgente la necesidad de trabajar desde que era un niño de diez años.

Ese día, a pesar de ser 15 de septiembre, se levantó temprano como los demás días, preparó el agua de su baño, tomó café, desayunó, lavó sus trastes, y se fue a su taller a trabajar la madera, como había aprendido de su propio abuelo cuando era niño, como esperaba enseñar a sus nietos. Con ese oficio pudo casarse con Juanita, y formar una familia pequeña, que constaba de dos hijas a las cuales siempre cuidó y protegió porque fueron sus ojos, sus estrellas, y se fijó muy bien en los hombres con los que ambas tuvieron relación, hasta el día en que conoció a aquellos que mostraron respeto para ellas y para la familia, y con ellos les dio permiso de casarse.

Juanita, la mujer de su vida fue su vecina de la infancia. Una niña delgadita de trenzas que siempre estaba en la puerta de la casa de Artemio, viendo cómo él y su abuelo trabajaban sin parar la madera, cómo de sus manos salían muebles y accesorios, y siempre estaba atenta a la magia, cuando con un pedazo de madera sobrante, Artemio y su abuelo podían crear un auto de juguete, una cuchara, una muñeca.

Siempre que terminaban de tallar un detalle así, Artemio lo pintaba, y muchas veces, se lo mostraba a Juanita. Entonces ella sonreía porque le gustaba mucho la sorpresa, y se iba corriendo a su casa, para mostrarlo a su mamá.

Cuando crecieron, empezaron los paseos a la Iglesia, al mandado, a la plaza. Siempre con mucha plática, y Juanita antes de despedirse de Artemio, le acomodaba el cuello de la camisa, un gesto que nunca perdió, ni siquiera cuando enfermó de cáncer y se sentaba a recibir la quimioterapia. Así, con la venoclisis en el brazo, le acomodaba el cuello de la camisa a Artemio con mucha dulzura, luego le acariciaba la cara, y lo miraba con sus ojos de agua, ya cansada, ya muy mayor, con toda la vida caminada.

Una mañana, después del desayuno, un peso de cansancio más grande que la vida, pesó sobre Juanita tanto, que cayó al suelo, y el poco cabello que le quedaba quedó suelto, su cuerpo más delgado que siempre ya no podía incorporarse, pero Artemio esta vez tenía brazos de ochenta años, y no podían levantarla, aunque lo deseaba con todo su corazón, y gritó por ayuda.

Los yernos, siempre cerca, pudieron acudir para levantar a Juanita y acostarla en su cama. Pero al llegar los paramédicos, hicieron saber a la familia que Juanita no lo lograría ya, ni en el hospital, ni en la casa, que la vida se iría borrando de su cuerpo tan enfermo, y que era decisión familiar llevarla al hospital, o tenerla en casa hasta el final.

Artemio pidió que la dejaran en casa. Y mientras iban a la habitación familiares de todas partes, Artemio sostenía un silencio de toda la historia en la mano de su esposa entre las suyas, mirando sin parar cada instante de la vida que aún le quedaba a Juanita, como la flama final de una vela que ya sólo es un charco de parafina líquida, y un pequeño trozo de pabilo que no alcanza a terminar de consumirse, con su pequeña flama bailando sola un final más lento que el resto de su tiempo encendida, consumiendo rápidamente su fulgor.

Ni siquiera se levantó para ir al baño. Todas las funciones vitales de Artemio estaban suspendidas en el presente final de su esposa, y ella lo supo hasta que soltó la mano de su esposo.

El funeral fue pequeño, breve, sin más familia que Artemio, sus hijas, sus yernos y sus nietos. Y desde ese momento, Artemio usó menos palabras para comunicarse con la familia, como si se hubiera quedado mirando dentro de él el último día que estuvo acompañando a su esposa en el tramo final del camino, como si deseara seguir ahí para ella. Y así trabajó la carpintería. Pensando en ella.

Ese quince de septiembre, sus hijas prepararon entomatadas de pollo para celebrar la noche del grito de Independencia. Querían animar a su papá, y los nietos adornaron la casa con banderas, había música mexicana, y la mesa estaba puesta con la comida, agua de sabor, y mucho ambiente.

Pero a las hijas se les ocurrió agregar un detalle en la salsa. Uno que Juanita les había enseñado, y que a ella le había enseñado la mamá de Artemio: un poco de masa de tortilla para espesar la salsa, y un toque de epazote. Y mientras servían a todos y compartían una charla animada, al empezar a comer, Artemio tocó vivencias que creyó olvidadas.

Ese primer toque con su boca supo a juego de canicas en la tierra, a regresar corriendo de la primaria con su boleta de calificaciones, a la muñeca que le regaló a Juanita, al paseo por la plaza, a la noche en que la pidió, al olor de su abuela, al beso de casados, a las noches sin dormir arrullando a sus hijas, a la lija sobre la madera, a la sopa de tortilla, a las caminatas tomados de las manos aún en la vejez, a mirar el cielo con los cohetes de año nuevo por la noche, al insomnio, a las bodas de oro durante la pandemia, a las pisadas de sus nietos cuando empezaron a caminar.

En la mesa de la celebración, la familia platicaba animadamente, mientras Artemio, con lágrimas silenciosas, se servía otra tortilla con salsa, y la comía callado, cerrando los ojos, para no perder la imagen de su Juanita sonriente, con su poco cabello canoso, su piel floja y arrugada sobre un cuerpecito disminuido, cubierto con un chal. La Juanita que niña miraba atenta el trabajo sobre la madera de Artemio y su abuelo, la Juanita embarazada y feliz, besándolo. Cada mordida de tortilla con salsa era su vida amando a la misma mujer, y esa noche, mientras se escuchaba en todas partes el “¡Viva México!”, a Artemio le hacía falta la compañera que caminó junto a él todos los pasos, su Juanita.

Abrió los ojos, y a través del alboroto familiar, los ojos de su nieto más pequeño, idénticos a los de su Juanita, lo miraban con la misma atención y asombro que lo hacía su esposa cuando eran niños, y Artemio le sonrió con sus ojos de lágrimas. El pequeño le sonrió, y el tiempo cerró su círculo, llenando el corazón del viejo en ese gesto de su nieto.

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